Joel Aguirre · 22 de mayo de 2026
Por Maricela Hernández Martínez
En la periferia de la Ciudad de México las condiciones de marginación urbana se entrelazan con dinámicas de discriminación laboral que afectan de manera sistemática a sus habitantes. La falta de infraestructura adecuada, los largos tiempos de traslado hacia los centros económicos y la estigmatización territorial generan un círculo de exclusión que se traduce en menores oportunidades de empleo formal y en la precarización de quienes logran insertarse en el mercado laboral.
En una postura crítica sobre la ciudad, la existencia de las periferias son el resultado de los procesos de expulsión de las ciudades en el sistema capitalista, que hace que la lógica financiera y de mercado transforme a las ciudades, creando dinámicas de expulsión de la población y el crecimiento de las periferias (Sassen, 2015; Rojo, 2015).
Ante este contexto, es fundamental abrir la conversación sobre la discriminación a este sector en las empresas de la Ciudad de México, la cual se manifiesta tanto en la desvalorización de los perfiles provenientes de la periferia como en la reproducción de prejuicios clasistas y racistas que limitan el acceso, permanencia y ascenso en el empleo, reforzando así una desigualdad estructural que coloca a las personas de estas zonas en una posición de vulnerabilidad frente al mundo corporativo. Todo esto, como resultado de la puesta en marcha de los sistemas de opresión que se conjuntan con las dinámicas de exclusión de la ciudad, en la que cada vez es más costoso vivir.
Las políticas corporativas de contratación suelen presentarse como instrumentos de igualdad y no discriminación; sin embargo, en la práctica revelan sesgos que perpetúan exclusiones históricas. Una cláusula recurrente en los procesos de revisión es la exigencia de “no vivir a más de una hora del espacio laboral”. Es importante destacar que detrás de esta exigencia se esconde un criterio empresarial que convierte la distancia geográfica en un filtro de acceso, lo que refuerza prejuicios hacia quienes habitan las periferias urbanas.
Bajo esta narrativa se normaliza la idea de que las personas de la periferia “siempre llegan tarde” o “siempre llegan cansadas y no son productivas”, lo que reproduce estigmas clasistas que invisibilizan las condiciones estructurales de movilidad y marginación, y que terminan por consolidar una discriminación laboral disfrazada de cuidado organizacional.
Se parte de la idea de que en esos espacios no existen personas preparadas, capaces o con estudios más allá de los técnicos. Este prejuicio alimenta un estigma persistente hacia quienes habitan las periferias, reduciéndose a la categoría de “menos preparadas”. La centralización de la vida económica y académica refuerza esa percepción, pues convierte a la ciudad en la meta, en el sueño que parece necesario lograr el imaginario de éxito.
A las personas de las periferias se les niega la posibilidad de aspirar a esos grandes sueños, y sobre ellas se impone un imaginario social que dicta un deber ser: la ciudad como destino inevitable. Así, la urbe se erige no solo como espacio físico, sino como símbolo de éxito y pertenencia, mientras que las periferias quedan marcadas por la exclusión y el silenciamiento de sus propias aspiraciones.
Ante esta realidad, es necesario recordar que las personas no habitan donde quieren, sino donde pueden. La dificultad de acceso a vivienda en la ciudad obliga a miles a desplazarse a las periferias, y nadie elige de manera deliberada pasar seis horas de su vida diaria en el transporte público. Ese tiempo perdido es un recordatorio doloroso de cómo la ciudad expulsa y condiciona.
Por ello, resulta urgente reconocer que las empresas tienen un papel fundamental en cerrar estas brechas de desigualdad. No se trata solo de contratar talento, sino de comprender las trayectorias de vida que hay detrás: el cansancio acumulado, las horas arrebatadas a la familia y al descanso, la resiliencia de quienes, pese a todo, llegan cada día a cumplir con su trabajo. Incorporar esta mirada humana es indispensable para construir un mundo corporativo más justo, que no reproduzca las mismas dinámicas de exclusión.
Para quienes trabajamos en temas de inclusión laboral en la Ciudad de México, visibilizar la exclusión hacia las personas de la periferia no es solo un ejercicio académico, sino un acto de congruencia con los principios de diversidad, equidad e inclusión. Reconocer estas realidades implica aceptar que detrás de cada perfil laboral hay trayectorias marcadas por desigualdades estructurales. Cerrar los ojos ante estas dinámicas sería perpetuar la injusticia; abrirlos, en cambio, nos permite transformar el mundo corporativo en un espacio que no reproduzca las mismas barreras que ya pesan sobre la ciudad.
La inclusión laboral, entonces, no puede limitarse a políticas internas o discursos bienintencionados: debe convertirse en una práctica cotidiana que abrace la pluralidad de experiencias y que otorgue a las personas de la periferia el lugar que merecen en la construcción de una ciudad más justa.
Por ello, trabajar por la inclusión laboral en la Ciudad de México significa asumir la responsabilidad de romper con los imaginarios que niegan sueños y oportunidades, y apostar por un modelo empresarial que reconozca la dignidad y el talento de todas las personas, sin importar el código postal desde el que llegan. ♦
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Maricela Hernández Martínez es responsable de la vinculación con el sector privado del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED).