Joel Aguirre · 10 de agosto de 2026
Por Marco Cancino*
Imaginemos a un policía municipal al terminar su turno. Lleva muchas horas trabajando. Patrulló, atendió una riña, respondió llamadas que no llegaron a nada y otras que pudieron terminar muy mal. Durante todo ese tiempo cargó un chaleco, un arma, un radio y algo que difícilmente aparece en las estadísticas: la tensión de saber que cualquier llamada aparentemente rutinaria puede cambiar en segundos.
Finalmente entrega la patrulla, guarda parte del equipo y piensa en llegar a casa, comer algo, ver a su familia y dormir. Entonces le avisan que no puede irse todavía. Tiene capacitación. Durante las siguientes horas deberá sentarse en un salón para aprender (o recordar) cómo preservar una escena, llenar correctamente un Informe Policial Homologado, utilizar proporcionalmente la fuerza, atender a una víctima o tomar alguna de esas decisiones que después, en la calle, tendrá que resolver en segundos.
La pregunta parece demasiado sencilla para todo lo que implica: ¿cuánto puede aprender alguien cuando lo que su cuerpo le está pidiendo es dormir?
No es una escena construida solo para dramatizar el problema. La capacitación durante periodos de descanso ha sido documentada en México. La Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México (CDHCDMX) señaló, por ejemplo, que policías de investigación eran recurrentemente capacitados durante sus días de descanso ante las dificultades para hacerlo dentro de la jornada laboral.
Detrás de esa decisión existe un dilema institucional mucho más complejo: si un jefe policial retira elementos del servicio para capacitarlos, reduce temporalmente su capacidad operativa; si los capacita cuando terminan de trabajar, mantiene policías en la calle, pero utiliza para enseñarles las horas que deberían servir para recuperarse; y si reduce la duración, la práctica o la profundidad de la capacitación para resolver ambas cosas, conserva cobertura y descanso, posiblemente a costa del aprendizaje. No hay una solución gratuita.
Durante años hemos repetido que México necesita policías mejor capacitados. Es cierto, pero quizá la frase se nos quedó corta. Nuestro país no carece de documentos que expliquen qué debería aprender un policía. El Programa Rector de Profesionalización del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) habla de competencias, conocimientos, habilidades prácticas, aprendizaje para adultos, evaluación y certificación.
Tampoco sería justo afirmar que toda la capacitación policial consiste en sentar elementos frente a una presentación de PowerPoint. Hay academias que realizan ejercicios prácticos de tiro, conducción, detención, primer respondiente, uso de la fuerza y procesamiento de lugares de intervención. El problema comienza cuando dejamos de preguntar qué curso tomó un policía y hacemos una pregunta bastante más incómoda: ¿qué sabe hacer después de haberlo tomado?
Porque tomar un curso no significa necesariamente aprender. Aprender algo tampoco significa desarrollar una habilidad. Desarrollarla no garantiza poder utilizarla correctamente bajo presión y, todavía más importante, haber sabido hacer algo alguna vez no significa conservar esa capacidad durante toda una carrera policial. Entre una constancia y una competencia profesional existe una distancia enorme que administrativamente resulta muy fácil perder de vista. Podemos contar cursos, horas, asistentes, evaluaciones y certificados. Mucho más difícil es saber si seis meses después el policía sigue haciendo correctamente aquello que supuestamente aprendió.
Pensemos en primeros auxilios. Un policía puede aprender reanimación cardiopulmonar y pasar meses, afortunadamente, sin necesitarla. Pero el día que una persona deje de respirar frente a él no tendrá tiempo para consultar un manual ni para reconstruir lentamente aquella clase. Sus manos tendrán que recordar qué hacer. Algo semejante sucede con técnicas de control físico, conducción de emergencia, manejo de armas, preservación de indicios o uso de la fuerza. La evidencia internacional sobre aprendizaje procedimental ha documentado algo que debería resultarnos intuitivo: muchas habilidades son perecederas. Si no se utilizan ni se practican, se deterioran. Por eso la pregunta relevante no debería ser únicamente cuándo tomó un policía su último curso, sino cuándo fue la última vez que alguien comprobó que todavía podía hacer correctamente aquello para lo que fue capacitado.
También importa quién está sentado en ese salón. Según el Censo Nacional de Gobiernos Municipales y Demarcaciones Territoriales 2025 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el INEGI, 57.8 por ciento del personal de las instituciones municipales de seguridad pública tenía preparatoria como nivel educativo en 2024 y sólo 10.9 por ciento contaba con licenciatura o posgrado. Esto no significa, por supuesto, que alguien con menor escolaridad sea peor policía. Nos dice algo bastante más útil: estamos intentando formar a una población adulta heterogénea, con trayectorias escolares, edades, experiencias profesionales y hábitos de estudio diferentes. Pretender que todos aprendan de la misma manera, mediante largas exposiciones y exámenes escritos, puede convertirse en una forma muy eficiente de cumplir administrativamente con la capacitación sin asegurarnos de que ocurra el aprendizaje.
Y después están las condiciones en las que trabajan. La última Encuesta Nacional de Estándares y Capacitación Profesional Policial, la ENECAP de 2017, encontró que 24.8 por ciento de los policías municipales con funciones de patrullaje declaraba realizar esa actividad durante más de 20 horas seguidas. Sería irresponsable presentar ese dato, casi una década después, como una fotografía de las policías municipales de 2026. Pero justamente ahí aparece otro problema: México no ha vuelto a levantar una ENECAP nacional comparable. La encuesta que diseñamos específicamente para conocer la formación, capacidades, actividades y condiciones laborales de nuestros policías tiene periodicidad no determinada. Queremos profesionalizarlos, pero llevamos casi diez años sin volver a preguntarles sistemáticamente cómo trabajan, cómo se capacitan y en qué condiciones pretendemos que aprendan.
Detrás de esas jornadas existe además un problema que ninguna técnica pedagógica puede resolver por sí sola: faltan policías. INEGI reportó para 2024 un promedio nacional de un policía estatal por cada 1,000 habitantes y el propio Consejo Nacional de Seguridad Pública (CNSP) acordó en 2025 incrementar en 25 por ciento el estado de fuerza de las policías estatales y de investigación hacia 2029. No es menor que ese acuerdo vincule explícitamente estado de fuerza y profesionalización. Una corporación que opera permanentemente al límite difícilmente puede retirar a una parte de sus elementos durante varias horas para entrenarlos. Y cuando no puede liberar policías para aprender, termina buscando esas horas en algún lugar. A veces ese lugar es el descanso. El problema, entonces, deja de ser exclusivamente pedagógico: profesionalizar policías también consume estado de fuerza.
Tal vez por eso necesitamos pensar la capacitación de otra manera. No solo como cursos de 40 horas que ocurren cada determinado número de meses o años, sino como un proceso permanente de mantenimiento profesional. Una reforma legal, la actualización de un protocolo o determinados conocimientos administrativos pueden apoyarse parcialmente en herramientas a distancia. El tiempo presencial, escaso y costoso, debería reservarse especialmente para aquello que solo se aprende haciendo: decidir, practicar, equivocarse, recibir retroalimentación y volver a intentarlo. Un escenario bien diseñado de violencia familiar, por ejemplo, puede obligar a practicar simultáneamente comunicación, desescalamiento, detención, uso proporcional de la fuerza, primeros auxilios, preservación de indicios y elaboración del informe. Porque la calle, a diferencia de nuestros programas de capacitación, no presenta los problemas ordenados por materias.
Esto permitiría también pensar en sesiones más cortas y frecuentes, con pequeños grupos que roten sin vaciar sectores completos. Dos o cuatro horas periódicas pueden resultar más útiles para mantener determinadas habilidades que un curso intensivo cada varios años. Pero hacerlo exige reconocer algo que solemos esconder cuando hablamos de profesionalización: aprender consume tiempo operativo.
Si una corporación necesita cien policías disponibles para cumplir adecuadamente sus funciones, no puede diseñar su plantilla suponiendo que los cien estarán patrullando todo el tiempo. Algunos estarán de vacaciones, incapacitados, compareciendo ante una autoridad, descansando o capacitándose. Las horas destinadas a mantener competencias deberían formar parte del cálculo del estado de fuerza, igual que aceptamos que una patrulla debe salir periódicamente de circulación para recibir mantenimiento. Curiosamente, entendemos perfectamente que una máquina necesita dejar de operar algunas horas para seguir funcionando bien, pero nos cuesta mucho más aceptarlo cuando hablamos de personas.
Hay todavía otra dificultad. Una academia puede pasar 40 horas enseñándole a un policía a comunicarse, contener una situación, utilizar gradualmente la fuerza o respetar un procedimiento. Después llegará a su unidad y un compañero con 15 años de experiencia o su jefe de turno podrá decirle: “Aquí las cosas se hacen de otra manera”. La evidencia internacional ha mostrado que algunos aprendizajes y actitudes adquiridos durante la formación pueden erosionarse cuando entran en contacto con la cultura cotidiana de las organizaciones. Por eso profesionalizar implica también formar supervisores y conseguir que aquello que enseña la academia sea consistente con aquello que la institución premia, tolera o sanciona. Probablemente el profesor más influyente de un policía no sea quien le impartió un curso, sino quien patrulla a su lado todos los días.
México ha avanzado mucho en definir qué debería saber un policía. Tenemos programas rectores, competencias básicas, evaluaciones, certificaciones y un nuevo esfuerzo por homologar las capacidades de las academias. El reto que sigue es bastante más difícil: construir instituciones donde las y los policías tengan condiciones reales para aprender, practicar y conservar lo aprendido. Eso exige instructores, instalaciones, materiales y presupuesto, pero también algo menos visible: tiempo. Tiempo para aprender, practicar, equivocarse donde equivocarse no cueste una vida, recibir retroalimentación, volver a intentarlo y, también, descansar.
Porque profesionalizar una policía no consiste en llenar de cursos las horas disponibles de sus integrantes. Consiste en conseguir que una persona pueda tomar una buena decisión cuando tenga apenas segundos para hacerlo. Para eso necesita conocimientos, pero también práctica; evaluación, pero también repetición; supervisión, pero también una organización que refuerce lo aprendido. Y necesita estar en condiciones físicas y mentales para aprender todo eso. Si realmente queremos policías profesionales, tendremos que dejar de considerar la capacitación como algo que debe acomodarse en los huecos que deja el trabajo. Aprender, practicar y mantenerse preparado también es trabajar.♦
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*Marco Cancino es director general de Inteligencia Pública.