Redacción Animal Político · 12 de mayo de 2025
El domingo marcharon las madres buscadoras. Era 10 de mayo, como cada año los últimos 13 años. Marchan porque “el 10 de mayo no es de fiesta, es de lucha y de protesta”. Marchan apretando con las manos sus pancartas, unas manos agotadas que pasan de sostener las fotos de quienes les faltan, a cargar palas y picos, a limpiar lágrimas, a apretar puños hasta caer desplomadas.
Marcharon, como siempre, solas. Casi solas. Solas de otras madres ocupadas en celebrar con quienes no les han sido arrebatados, pensando que nadie les podrá ser arrebatado. Solas de otros hijos que acompañan en festejos a sus madres que no tienen que buscar a nadie. Solas de un gobierno que no solo niega su necesidad de búsqueda, sino que las incrimina por buscar. De un gobierno que no las cuida, que no las ve, que finge oírlas, que les pide que revisen leyes y propongan cosas que, ojalá me equivoque, no serán escuchadas ni incorporadas a las agotadoras propuestas de ley.
Entre las mantas de desaparecidos había una larga muy larga con las fotos de quienes se han muerto buscando. Se han muerto víctimas también de la violencia, esa violencia directa que va a sacarlas de su casa para matarlas a tiros. Se han muerto de esa violencia indirecta de tener que ser ellas quienes suspendan la vida para hurgar la tierra con picos que se han vuelto ya demasiado pesados. Se han muerto porque nadie las cuida y su salud se escurre mientras arrastran los pies marchando, esperando a veces encontrar una certeza para poder dejar de buscarles y esperando otras no encontrar a nadie para no tener que perder también la esperanza de encontrarles.
¿En qué momento deja el mal de ser banal? ¿En qué momento tener otros datos, negar la realidad -e inventar una historia que la sustituya- como en Teuchitlán y decenas de casos y lugares en el país o aludir que son casos aislados deja de ser banal para convertirse en una responsabilidad inescapable? ¿En qué momento se atraviesa la frontera de la banalidad hacia la culpa?
El terreno de la banalidad en México parece abarcar casi todo el territorio nacional, los distintos niveles de gobierno, los sectores y actores corresponsables. Abarca desde la indiferencia imperante hasta el cinismo rampante, el “no es conmigo”, el “sí, pero ellos son peores”, el “no sabía”, el “ahorita se les olvida”, el “solo buscan desprestigiarnos”. Y llega hasta al “eso les pasa por buscar a sus desaparecidos”, “les agarró un fuego cruzado”, “seguro andaban en malos pasos”, “la violencia va a parar cuando el narco decida detenerla”.
En la década de los sesenta, Hannah Arendt publicó su libro “Eichmann en Jerusalén”. Para sorpresa y disgusto de muchos, entre ellos varios de sus mejores amigos, Arendt dibujaba a un Eichmann mediocre, insulso, incapaz de ejercer ni mostrar un ápice de conciencia o racionalidad. Un Eichmann que asesinó a miles de judíos bajo la consigna de “yo solo cumplía órdenes” o “¿en realidad matar matar, lo que se llama matar? Yo no maté a nadie”. A esa renuncia a la conciencia, Arendt la llamó la banalidad del mal.
Pensar que el mal es banal en un país en el que la violencia estructural, la corrupción y la impunidad alcanzan niveles indignantes, adquiere un carácter especialmente perturbador. No, no es banal un país donde la injusticia se perpetúa no tanto por la acción directa del mal, sino por la omisión sistemática, la indiferencia y la complicidad pasiva (aunque en el caso de muchos gobiernos está lejos de ser omisa, pasiva e indirecta).
El mal deja de ser banal cuando pasa de ser un ejercicio de obediencia irreflexiva a convertirse en una estructura sostenida por decisiones conscientes, aunque despersonalizadas. Como señala Bauman en “Modernidad y Holocausto”, la burocracia moderna permite que el mal se disperse, se diluya en funciones, y que nadie se sienta verdaderamente responsable.
No me resigno a excusar al Estado mexicano de complicidades, negligencias, negaciones o a los distintos sectores de la sociedad de indiferencias profundas ante el dolor y la injusticia que padecen tantos en el país.
Más de 125,000 desaparecidos suman en los últimos 19 años de gobiernos de todos los colores, incluido el que está en curso. Más de 500,000 homicidios, aunque las cifras se traten de maquillar. Si cada muerto, cada desaparecido afecta a un mínimo inmediato de 5 familiares, tenemos a más de tres millones de personas atravesadas de manera directa por la violencia en México. Si a eso sumamos los desplazamientos forzados, la violencia estructural, la falta de acceso a medicamentos, la negligencia corrupta de quien ocupa un puesto para el que carece de credenciales, no acabamos nunca.
Frente a esta realidad, la banalidad del mal se queda corta y deja de ser una explicación suficiente. Esta ceguera que nos blinda de la interpelación del otro, del otro que sufre y exige justicia, esta sordera que nos deja en los festejos, en las prisas de la vida, a años luz de ser tocados y, sobre todo, movidos por la indignación moral. Esta impavidez que nos impide levantarnos del asiento, tomar las calles y no dejarlas hasta no haber exigido al gobierno una paz con justicia, memoria y verdad.
* Ana Paula Hernández Romano (@ensusmarcas) es coordinadora del Diálogo Nacional por la Paz.