Centro de Análisis de Políticas Públicas · 2 de diciembre de 2010
Por: Edna Jaime
Hay una cita de profesor Ralf Dahrendorf que es oportuna traerla al México de hoy. Decía ,y no transcribo textualmente sino sólo recupero el concepto, que construir una democracia electoral puede tomar algunos años, pero que crear una sociedad democrática es cuestión de varias generaciones, si acaso esto se logra, añadiría. No todo abandono de regímenes totalitarios y autoritarios da por resultado una primavera democrática. Hay y ha habido países que se quedan atrapados en medio de la transición…y vaya que es costoso no poder saltar a la otra orilla del río.
Los primeros diez años de la democracia mexicana generan desasosiego, no optimismo. En el décimo aniversario de la alternancia de partidos en el poder, el Estado mexicano se percibe terriblemente débil, sin capacidad para lidiar con los retos que la Nación tiene frente a sí, que son enormes. Esto es evidente en cualquiera de los temas que son críticos para el país, pero es en el de la seguridad pública en el que esto se presenta de manera inclemente.
El creciente poder del crimen organizado tiene un correlato directo con la debilidad y disfuncionalidad de las instituciones del estado mexicano. Es en este ámbito en el que se encuera la inoperancia de nuestro federalismo; la confusión (ausencia) de responsabilidades entre los distintos niveles de gobierno; el desarreglo fiscal que incentiva conductas irresponsables por parte de autoridades estatales y locales, en fin, la total ausencia de un modelo federal eficaz en la provisión de bienes públicos y condiciones básicas de seguridad y desarrollo, así como una adecuada representación política del ciudadano.
Igual de grave es la incapacidad del Estado para procurar y proveer justicia, esa función primordial que da razón de ser a la organización política y a la existencia misma del Estado. Nuestras instituciones de justicia penal generan impunidad, no justicia. La impunidad da pie al delito y también a la crisis de confianza ciudadana hacia las instituciones de seguridad, en particular, y las del Estado en lo general. Este círculo vicioso escala alimentando la crisis de legitimidad que la “transición” no ha podido resolver.
Hace diez años pocos anticipamos que el país estaría tan emproblemado como lo está hoy. Nos equivocamos al leer la realidad de entonces y, por tanto, no pudimos aquilatar las decisiones que eran necesario asumir y la agenda que se debió articular. No tuvimos políticos con visión.
Hoy es desafortunado que el décimo aniversario de nuestra democracia lo celebremos con una copia de vino en una mano y con el parte de ejecutados en la otra. Estas son las paradojas de transiciones inconclusas que carecen de agendas y liderazgos.