Diario de la Frontera Sur (parte 2): Oiga, ¿ya estoy en Estados Unidos?

Manu Ureste · 22 de agosto de 2014

Diario de la Frontera Sur (parte 2): Oiga, ¿ya estoy en Estados Unidos?
Migrantes descansan en el albergue de Arriaga, estado de Chiapas, en una imagen de archivo. //Foto: Manu Ureste
Migrantes descansan en la Casa del Migrante de Arriaga, en el estado de Chiapas. //Foto: Manu Ureste

 

El pasado mes de julio, Animal Político publicó de manera conjunta con la ONG Round Earth Media una investigación sobre la pesadilla que viven menores migrantes a su paso por México. Ahora, en una serie de cuatro posts (esta es la segunda parte de cuatro) contaremos en primera persona -mochila y cámara de fotos al hombro- las anécdotas y experiencias que dejó el recorrido por una de las zonas más complejas y también peligrosas del Planeta: la frontera sur entre México y Guatemala. 

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[contextly_sidebar id=”CRqoTRmPyexuiCFPYngqgyDZfSbjgtHG”]10.05 am, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

Hace unos veinte minutos que las ruedas del avión tocaron tierra en la pista del aeropuerto y el taxi en el que ahora viajo con mi compañera reportera de Estados Unidos se abre paso por una amplia carretera solitaria.

Hasta ahora, dos aspectos me llaman la atención: uno, la densa vegetación que pasa ante la ventanilla del carro; y otro, que antes de que el coche alcance la velocidad necesaria para pedir la quinta velocidad, ya he visto al menos tres veces la imagen de Manuel Velasco, el joven gobernador más televisivo del momento –con permiso del presidente Peña Nieto y su mujer, la actriz Angélica Rivera-, en espectaculares: abrazado a una indígena en el cartelón que acabamos de dejar atrás; sonriendo junto a un niño en ese otro espectacular de ahí adelante; o anunciando un poco más allá los ejes de acción para gobernar un estado que, a pesar de ser de los más pobres de México, gasta millonadas en publicidad institucional.

El coche avanza rápido.

En unos kilómetros más, informa el taxista con desgana, llegaremos a la central camionera. Allí buscaremos la línea de autobús que nos deje en Arriaga, un municipio marcado en rojo en la agenda del reportaje, ya que desde el 2005, cuando el huracán Stan destrozó las vías del tren de Tapachula, se convirtió en el punto de partida para ese ferrocarril al que en miles de reportajes, documentales y películas, llaman La Bestia.

 

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-Oiga señor, ¿ya estoy en Estados Unidos?

De inmediato, las carcajadas se escuchan en toda la calle.

El guatemalteco se rasca la coronilla, avergonzado, y con los bolsillos vacíos.

N’hombre no, usted está en Arriaga, en Chiapas. Apenas y acaba de entrar a México.

-Es que el coyote me dejó ahí un poco más adelante –balbucea el centroamericano, todavía confundido y extrañado porque ese largo viaje del que tanto hablan lo hizo en apenas unas horas después de cruzar la frontera de Guatemala a través del Río Suchiate-. Me cobró el dinero y me dijo que aquí se acaba el viaje, que esto es Estados Unidos.

-Mire, lo han estafado –le informan sin rodeos-. Mejor vaya para allá, a la casa del migrante. Tal vez allí lo puedan ayudar…

Mientras toman un descanso para continuar con el camino, los migrantes dejan las mochilas y el calzado deportivo en estanterías, en la Casa del Migrante de Arriaga. //Foto: Manu Ureste
Mientras toman un descanso para continuar con el camino, los migrantes dejan las mochilas y el calzado deportivo en estanterías, en la Casa del Migrante de Arriaga. //Foto: Manu Ureste

 

Dos graffits con las imágenes de la Virgen de Guadalupe y un Cristo del Sagrado Corazón reciben a los migrantes en el albergue de Arriaga. //Foto: Manu Ureste (@ManuVpC)
Dos graffits con las imágenes de la Virgen de Guadalupe y un Cristo del Sagrado Corazón reciben a los migrantes en el albergue de Arriaga. //Foto: Manu Ureste (@ManuVpC)

 

La bandera de México comparte espacio con las de Guatemala, Honduras y El Salvador, en la casa del migrante de Arriaga. //Foto: Manu Ureste
La bandera de México comparte espacio con las de Guatemala, Honduras y El Salvador, en la casa del migrante de Arriaga. //Foto: Manu Ureste

Quien narra la escena es Carlos Bartolo Solís, el coordinador de la Casa del Migrante de Arriaga, que está sentado en una silla en el patio del albergue donde un grupo de centroamericanos descansa tirado sobre colchonetas, mientras otros –los más jóvenes- pasan el tiempo jugando a los naipes, o mirando la pantalla de televisión que hay junto a una estantería donde guardan lo más sagrado para cualquier migrante: el calzado y la mochila.

“El que vayas con un coyote aquí no es garantía de que no te vaya a pasar nada”, me dice el activista tras contar la historia de migrantes estafados, con la mirada puesta en la pequeña cámara de video que lo pone a cuadro, acompañado por las banderas de El Salvador, Honduras y México, que se mecen ligeramente con el escaso viento que corre de vez en cuando.

“Incluso, hay coyotes que han abandonado a su gente, o que como dije, los traen de Guatemala, los pasan aquí un poco más delante de Arriaga y les dicen, ‘ya llegamos’, ya estamos en Estados Unidos. Desgraciadamente, esto pasa porque el migrante nunca se va a quejar”, lamenta Solís, que además cuenta que recientemente una mujer migrante les ha dicho que los coyotes están difundiendo la idea de que si entran a Estados Unidos con un niño, inmediatamente el gobierno de aquel país da asilo y documentos. Algo completamente falso, o que como mucho es una verdad a medias. Ya que lo que está sucediendo es que cuando a un migrante menor de edad no mexicano lo detiene la patrulla fronteriza, en el caso de que tenga familiares en Estados Unidos, es enviado con ellos mientras un juez decide si es expulsado inmediatamente del país, o si se le concede el asilo.

Durante la entrevista, anotaré horas después en la habitación de un hotel en Tonalá, nuestro próximo destino para esta investigación, Carlos me dio la impresión de ser un tipo tremendamente claro, directo, sin miedo a denunciar la corrupción y las agresiones a migrantes por parte de criminales y autoridades. Pero también me pareció estar hablando con alguien realista y algo cansado; con alguien consciente de que las cosas, lejos de estar mejorando, están cada vez más complicadas.

Por eso, cuando le comento que en varias entrevistas que hice unos días antes en el Distrito Federal varios migrantes me sorprendieron asegurando que buscan quedarse en este país para alcanzar “el sueño mexicano” y no el americano, Carlos Bartolo sonríe un poco con desgana y asegura que eso sólo sería posible si Estados Unidos y México, principalmente, cambiaran su enfoque del problema y vieran la migración como un asunto de desarrollo, y no de seguridad, tal y como demuestran esos incontables retenes de policías y militares que hoy proliferan por toda la frontera sur de México.

“¿Por qué no podemos ofertar aquí el sueño chiapaneco a todos estos migrantes? –se hace la pregunta observando a un par de jóvenes que están sentados en un sofá, bajo la bandera de Guatemala-. Para conseguir eso primero necesitaríamos ver la migración en México desde el desarrollo. Esta es una oportunidad que deberíamos aprovechar y que Estados Unidos tendría que promover. En cambio –el tono se vuelve de nuevo algo sombrío-, lo que se está haciendo es aplicar una política más represiva aún: se gastan millones de dólares en detener y en transportar a los migrantes que son deportados y no en detonar el desarrollo en Centroamérica”, lamenta el activista, mientras uno de esos jóvenes que está en el sofá lo escucha, y asiente de vez en cuando con la cabeza.

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Un joven migrante salvadoreño posa para la cámara en el albergue de Arriaga. //Foto: Manu Ureste
Un joven migrante salvadoreño posa para la cámara en el albergue de Arriaga. //Foto: Manu Ureste

Plac, plac.

Ante cada disparo de la cámara de fotos, el salvadoreño posa con naturalidad. Incluso, cambia de pose y se muestra paciente cuando le pido que se mueva hacia la izquierda o la derecha para que junto a él también salga la bandera de su país y un enorme crucifijo. Parece un Rap Star, bromeo con él tras el último golpe del obturador. El muchacho sonríe con naturalidad, me choca el puño, y vuelve a sentarse con unos compañeros. Me dice que “todo está bien”, que no ha tenido problemas con nada ni con nadie. Y que tan solo está esperando que caiga la noche para encontrarse con ‘La Bestia’ y comenzar el verdadero camino hacia el norte.

Son las dos de la tarde, marca el reloj. Sigo buscando a quien entrevistar y Carlos Bartolo me sugiere que hable con un guatemalteco de gesto serio, y tan solo dieciséis años. Pero el muchacho se niega en cuanto me identifico como periodista. Sonríe tímidamente pero no quiere hablar, ni que le tome fotos. “Prefiero que no, prefiero que no”, es su última respuesta, misma que repiten otros jóvenes que por desconfianza ante una persona que desconocen, o simplemente por pereza, no quieren contar su historia.

Damos entonces por concluida la primera ronda de entrevistas y decidimos continuar con el camino. Nos despedimos y una de las personas que ayuda a Carlos Bartolo con las tareas del albergue nos desaconseja ir caminando por las vías del tren hasta la vieja estación –asegura que aunque está todo en calma en apariencia, en los alrededores de las vías no faltan asaltantes y criminales que se dedican a robar el dinero y sus pertenencias a los migrantes-, por lo que mejor llama a un taxi que llega en menos de cinco minutos.

Un migrante en la vieja estación del tren de Arriaga, Chiapas. //Foto: Manu Ureste
Un migrante en la vieja estación del tren de Arriaga, Chiapas. //Foto: Manu Ureste

Ya en el coche, el chofer, un tipo joven y bastante parlanchín, nos hace las veces de guía. Al llegar a los alrededores de la estación -que yo imaginaba a las afueras del municipio pero está en pleno centro-, el taxista aminora la marcha y comienza a explicar todo cuanto sale a nuestro encuentro.

“Miren, ahí están los hotelitos donde se quedan los migrantes”, dice haciendo un gesto con la cabeza, apuntando a unas casas donde una gran cantidad de personas espera con la mochila al hombro ya lista.

“Y ahí más adelante está la locomotora, esa mentada Bestia de la que tanto hablan en las noticias”, agrega.

Bajamos del coche y caminamos bajo el azote de los rayos del sol, ante la mirada de un vendedor cuyo changarro –una sombrilla de colores, de esas de playa, una silla, una carretilla con ajos, y unas perchas con ropa colgadas de los fierros de un vagón solitario- está en mitad de un crucero que atraviesa la vía del tren. Tomamos fotos y videos de la zona. El ambiente está en una calma tensa, me digo. Parece que no hay movimiento, pero por todos lados se ven personas merodeando. Algunos los identifico rápido como migrantes, por las mochilas, y otros simplemente nos observan en silencio –tal vez por curiosidad- para luego perderse por entre las calles que hay alrededor de las vías.

Ya son más de las cuatro de la tarde, y a pocos kilómetros de aquí, en Tonalá, nos esperan más entrevistas como parte de la investigación sobre niños migrantes. Hacemos un gesto al taxista, que platica con el señor que usa el vagón como parte de su changarro, y de inmediato nos dirigimos a la calle de donde salen unas combis.

“Qué mala suerte tuvieron”, comenta el joven ruletero, al percatarse por el espejo retrovisor de nuestro rostro de frustración por no poder tomar fotos del tren en marcha.

“Apenas esta madrugada salió con más de mil personas”, asegura encogiendo los hombros y con ambas manos puestas en el volante. “Pero es que ahora sí, ese pinche tren no tiene hora salir, oigan. Lo mismo sale en media hora, que tarda dos días en volver a partir”.

No ha habido suerte esta vez. La “mentada Bestia” –como la llama el joven taxista- no avisa a nadie. Sólo ruge y todos corren. 

 

@ManuVPC

 

 

Aquí puedes leer la primera parte de ‘Diario de la Frontera Sur’.