Redacción Animal Político · 8 de agosto de 2025
La reciente conversación entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, resultó en una prórroga de 90 días antes de aplicar aranceles generales del 30 % a México. Pero más allá de eso, abre una oportunidad para reflexionar sobre el futuro de la relación comercial bilateral.
Tras la llamada, Trump afirmó que México se comprometió a eliminar las denominadas “barreras no arancelarias”. Se trata de medidas regulatorias o administrativas que dificultan el acceso de productos extranjeros e inciden en el intercambio de bienes y servicios. Este compromiso —que sin duda pone una presión adicional a México— podría ser la base para definitivamente modernizar y armonizar regulaciones. Esto fortalecería la integración productiva de América del Norte.
Sólo como contexto, no sobra recordar que México es el principal socio comercial de Estados Unidos. En junio de 2025 se registraron transacciones entre ambos países que equivalen a más del 16 % del comercio total estadounidense.
En marzo de 2025, el Departamento de Comercio de EE.UU. publicó un documento que señala áreas de la economía mexicana donde es posible optimizar el comercio y la inversión bilateral. Todas son barreras no arancelarias que han generado quejas de empresas estadounidenses por considerar que contravienen disposiciones del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Se pueden agrupar en cuatro bloques temáticos:
Sobre el aspecto energético, es relevante destacar que el gobierno federal mexicano anunció esta semana la inclusión de contratos mixtos en el Plan Estratégico 2025‑2030 de Pemex. Esta decisión refleja una señal de apertura, alineada con el contexto actual de la relación con Estados Unidos y las recientes conversaciones con el presidente Trump, orientadas a facilitar la participación privada en proyectos productivos mediante contratos o esquemas mixtos.
Sin embargo, desde la perspectiva estadounidense, las medidas que otorgan prioridad a la CFE y a Pemex sobre empresas privadas complican el ambiente. Desde julio de 2022 ambas paraestatales están exentas —incluso a nivel constitucional— del cumplimiento de la Ley Federal de Competencia Económica al considerarlas “no monopolios” (artículo 28). Esto ha sido motivo de consultas y preocupación en el marco del T-MEC.
Además, un conjunto de leyes asegura dicha prevalencia de las empresas públicas. La Ley del Sector Hidrocarburos, la Ley de Petróleos Mexicanos y los Lineamientos para Contratos Mixtos, todos aprobados este año, otorgan a Pemex prioridad en todos los procesos exploratorios y extractivos. La participación privada sólo es posible mediante contratos mixtos, en los que Pemex debe mantener al menos el 40 % de participación. Pemex no arriesga capital y el socio de Pemex cede a la estatal el derecho a comercializar toda la producción que derive del contrato. Además, al asignar nuevas áreas de exploración y producción, la empresa estatal tiene derecho preferente, pudiendo optar por un desarrollo mixto sin licitación previa.
Este esquema consolida una posición predominante similar a la que la ley del sector eléctrico otorga a la CFE, que está obligada a mantener al menos el 54 % de la generación de electricidad que ingresa a la red nacional. Ambas disposiciones podrían ser objeto de cuestionamientos en el marco de una renegociación del T-MEC, el cual establece igualdad de condiciones para competir y prohíbe subsidios estatales que otorguen ventajas a ciertos participantes sobre otros.
La coyuntura hace relevante encontrar coincidencias y reducir fricciones rumbo a la posible renegociación del T-MEC en 2026. En especial para aprovechar el interés en reubicar cadenas de suministro más cerca de los consumidores norteamericanos.
Es cierto que la eliminación de algunas barreras no arancelarias podría implicar la revisión de políticas en las que México ha buscado preservar su soberanía. Algunas de ellas son incluso recientes reformas constitucionales.
Así, nuestro Gobierno podría verse orillado a reformar de nuevo la Constitución, o al menos adecuar la normatividad para acotar la prevalencia otorgada a Pemex y CFE. Otra opción es que, en el marco de la renegociación, plantee a EE. UU. y Canadá —según el artículo 34.3 (Enmiendas) del T-MEC—, una modificación respecto del sector energético alineada con las reformas recientes. Sin embargo, ello requeriría el acuerdo de las tres partes y un proceso formal bajo el riesgo de activar controversias, posibles sanciones y perder las inversiones extranjeras directas, que tanto necesita el país.
Hay que recordar que si bien el Capítulo 8 del T‑MEC reconoce el dominio directo y propiedad inalienable e imprescriptible de los hidrocarburos por parte del Estado mexicano, esto en el amplio marco del Tratado, no autoriza medidas discriminatorias que pongan en desventaja competitiva a las empresas de los socios comerciales. Exceder esas reservas podría considerarse una barrera no arancelaria, precisamente el tipo de medida que Trump condiciona eliminar, so pena de imponer a México aranceles generales, incluso más altos del 30 %, antes del cierre de 2025.
Por otro lado, hay cuestiones de orden administrativo que implicarán poder trabajar en soluciones de beneficio mutuo, como la digitalización de trámites, ventanillas únicas para cumplimiento regulatorio o aduaneros; y esquemas de cooperación en materia de seguridad y migración.
México y Estados Unidos comparten un interés común: que América del Norte siga siendo una región competitiva, segura, atractiva para la inversión y generadora de empleos de calidad. Recordemos que el producto interno bruto (PIB) de Norteamérica abarca casi un tercio de la producción mundial. De aquí que, acordar mejoras en las áreas señaladas y cumplir los compromisos permitiría reconstruir la confianza mutua. El reto, y también la oportunidad, es que este proceso se conduzca desde la colaboración y una visión estratégica de largo plazo.
* Ana Lilia Moreno (@analiliamoreno) es coordinadora del Programa de Regulación y Competencia Económica en México Evalúa.