Diálogo frente al espejo

Redacción Animal Político · 9 de junio de 2023

Hay un espejo de cuerpo completo en la puerta de mi recámara que, por cierto, acaba de romper Nicolás. No le mencioné nada sobre la mala suerte, porque su mala suerte sería mi mala suerte y mejor cancelé el hechizo.

Hay otro espejo, de medio cuerpo, en mi baño. Frente a él están acomodados todos los productos de belleza que me ayudan a sentir que me trato lo mejor que puedo. Hay días que, mientras me observo, descubro algo nuevo: una peca, menos cejas, la cara más redonda, los párpados distintos.

En el baño de mi mamá hay un espejo igualito, pero a ese baño no entro: supongo que ese es el límite de nuestra intimidad, aunque dudo que a ella le importe si uso su baño. A mí no me gusta compartir el mío, salvo con Nicolás (hasta que pueda mandarlo al suyo). ¿Será una secuela de ser hija única?

El baño de arriba también tiene un espejo. A ese baño solo entro a lavarme las manos antes de comer, es raro que me vea detenidamente ahí. Cuando uno quiere comer, se lava las manos y come, no ve su vida pasar frente al espejo.

En la pared frente a la sala hay otro espejo de cuerpo completo que, a diferencia del que está en mi recámara, este se encuentra colgado de manera horizontal y a una altura que cualquier cosa en vertical (como una persona) no puede ser el reflejo principal. Mis plantas son protagonistas en ese enorme reflejo que atraviesa la estancia del departamento.

Mis plantas son excelentes reveladoras del descuido: cuando me descuido a mí, las descuido a ellas también, solo que ellas se saben expresar mejor que yo y me animan a regarlas y reanimarlas.

Hay un espejo más —casi el último— en la pared que está detrás de la sala. Tiene forma de sol y de luna, pero está en una esquina de difícil acceso: debajo de él hay un futón que impide el paso. Pero, si te paras de puntitas, apenas alcanzarás a ver el reflejo de la mitad de tu cabeza. Eso si eres una mujer de estatura promedio, como yo.

Por último (menos mal), hay un pequeño espejo en la pared de un pasillo, que refleja un helecho: pareciera que ese espejo nació así, no me lo imagino reflejando otra cosa. Pero tengo un problema: mientras que el helecho ha hallado su sitio, el espejo no está en su lugar definitivo. A veces yo también me siento así.

Son muchos espejos para lo poco que me gustan, son muchas oportunidades para decirme algo, de frente, cada vez que paso por ahí. La mayoría de las veces no tengo palabras cálidas y gentiles, sino reclamos que no me atrevo a decir en voz alta: que tengo 37 años, que mi piel lo nota, que mi pelo lo nota; que tengo kilos de más; que debería de hacer más ejercicio, que tengo cicatrices, que pasé por un embarazo, una cesárea, una lactancia.

Me miro y me imagino de vieja. Siento miedo y sigo mi camino. Hasta que me encuentro con el siguiente espejo. No entiendo de dónde vienen estos pensamientos, si lo único que he hecho los últimos dos años ha sido recuperarme, volver a sentir que mi cuerpo es mío y valorarlo.

No me malentiendan, todos los días agradezco cada parte de mi cuerpo: su funcionalidad y generosidad se encuentran en un lugar que honro en mi mente. Mis reclamos parecen superficiales, tal vez por eso me molestan más. Esas “nimiedades”, que crecen entre reflejo y reflejo, se traducen en un diálogo permanente conmigo en el que me cuestiono mi tono, mi agresión, mis expectativas, mis temores, mi inseguridad, mis defectos, mis fallas, mis excesos y mis omisiones.

Hasta que llego, de nuevo, ciclo tras ciclo, al espejo de mi baño y, mientras me unto la crema hidratante con ácido hialurónico y me enchino las pestañas, también me recuerdo que me trato lo mejor que puedo y que no me puedo reclamar, además, reclamarme tanto.

Ilustración del blog de Bárbara Hoyo

@barbarahoyo