Redacción Animal Político · 18 de julio de 2024
“La educación es el gran motor del desarrollo personal. Es el arma más poderosa para cambiar el mundo“. Esta es una de las frases célebres dichas por el emblemático Nelson Mandela, líder sudafricano que combatió el racismo y la discriminación en su país, y probablemente una de las frases que ha motivado a muchas personas e instituciones a generar cambios positivos en sus vidas.
Es innegable la importancia de la educación en las sociedades, más aún al entenderla como aquel proceso de enseñanza-aprendizaje permanente que está presente en prácticamente todo momento de la vida de las personas de forma individual y colectiva; en cuestiones que tienen que ver con cosas tan cotidianas como platicar con alguien, ver un video o una película, escuchar la música de determinado contexto, seguir o dar indicaciones, ir a la escuela, convivir con la familia y amistades, trabajar, etcétera; desde el nacimiento hasta la muerte.
El proceso educativo que tiene una persona a lo largo de su vida de manera formal (académica), no formal (con un objetivo y metodología fuera del sistema formal) e informal (en la calle, con amistades o familiares), es decir todo lo que una persona aprende a través de la experiencia, es pilar para la construcción de identidad y entendimiento de la realidad. Por lo que el contexto en el que se desarrolla una persona, llámese familia, comunidad, colonia, escuela, trabajo, medios de comunicación, sistema económico, político y cultural, es vital para su educación: para su habitar, significado y acción en el mundo.
En ese orden de ideas, parece afirmarse que la educación es el gran motor de desarrollo personal (y puede agregarse) y colectivo, sin embargo, ¿es el arma más poderosa para cambiar el mundo o el contexto en el que vive una persona?
En el mundo capitalista, colonialista y patriarcal actual, la educación predominante que se ha aprendido y enseñado ha sido la que funciona bajo los preceptos de estas megaestructuras, por lo menos al pensarla desde lo occidental y poniendo como ejemplo a México. Cuestión que revela un fondo de implicaciones para la vida de las personas y el papel de la educación como transformadora del mundo.
Considerando el peso que se le da a la educación académica, un primer punto de inflexión puede ser la pregunta ¿quienes acceden a la educación formal? Desde el Estado Mexicano y la constitución que lo rige, se menciona desde su Artículo 3 el derecho a la educación que tiene toda persona -desde la Constitución Política de la Ciudad de México es el Artículo 8- sin embargo, la realidad va en otro sentido, pues dando respuesta a la pregunta es que no todas las personas tienen acceso a la educación.
De acuerdo al Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), 6.4 millones (de un total de 34.8 millones) de niñeces, adolescencias y juventudes no van a la escuela, las cuales en su mayoría pertenecen a algún grupo históricamente discriminado, como personas indígenas, afrodescendientes, con alguna discapacidad o de alguna población rural, mismos que se enfrentan a obstáculos de comunicación (como puede ser el habla de una lengua indígena en un país que discrimina lo indígena), de accesibilidad (al espacio físico o a la información por alguna discapacidad), de clase (por la condición socioeconómica) o raciales (por características fenotípicas que se traducen en discriminación racial).
Primer punto que ejemplifica que no todas las personas tienen el mismo punto de partida para ejercer su derecho a la educación formal: las bases materiales como la clase, las discapacidades o las características étnico raciales (lengua, tono de piel, origen étnico, etcétera) representan desventajas desde el acceso.
Por otro lado, la población con acceso tiene otros obstáculos, como la falta de calidad educativa (falta de infraestructura, de suficiencia de docentes, de docentes capacitados, de recursos didácticos, etcétera), las brechas digitales (como acceso a computadoras o dispositivos móviles como un celular), aunado a los antes mencionados que pueden resultar en deserción escolar. De nuevo el acceso a condiciones materiales pone en evidencia la diferencia en el acceso a la educación formal.
La última prueba del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA 2022) que se hizo en México, muestra que el estudiantado que pertenece al 20 % de los hogares con ingresos más altos superó en matemáticas por 59 puntos a aquel estudiantado del 20 % con menos ingresos, diferencia que equivale a tres grados de escolaridad (IMCO, 2024).
Aún dentro del sistema educativo formal se muestra que no sólo importa el acceso sino las condiciones en las que se encuentra una persona en su contexto, y aunque otra realidad de muchas partes del país es que el contar con acceso a educación formal no se traduce necesariamente en mejores oportunidades, como puede ser a un mejor trabajo o a una vivienda, el que ésta sea de calidad aporta más herramientas para hacer frente al mundo actual.
Al respecto, mucho se ha mencionado que la educación es la respuesta para reducir las brechas de desigualdad, sin embargo, México invierte en promedio un 3 % del Producto Interno Bruto (PIB) en educación, cuando la recomendación de la UNESCO para contar con un mejor sistema educativo que abone a mitigar la pobreza y la desigualdad social y económica es entre el 4 % y 7 % del PIB. Idealmente puede pensarse que la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo, pero ¿cómo cambiar un mundo desigual con la educación si la base para su desarrollo no es justa ni igualitaria?
La educación por sí misma no es suficiente, requiere de condiciones materiales y humanas para que exista y sea digna para todas las personas: espacios o instalaciones adecuadas, accesibilidad a la información, a la comunicación y al material compartido, herramientas o insumos de acuerdo al área de conocimiento abordado, una docencia capacitada en su materia y en el trato que implica relacionarse con otras personas; por mencionar algunas.
En ese sentido, primero es necesario hacer ajustes a la maquinaria del sistema del mundo actual, reorganizar y pensar otras formas de administrar y distribuir los recursos (como el PIB por ejemplo); la educación y las causas que impiden el acceso a ésta (educación formal) deben de ser prioridad si se quiere una sociedad más igualitaria. Las personas, ya sean niñeces, jóvenes, adultas, aprenden mejor sin hambre.
En ese orden de ideas aparece entonces la problematización con otros derechos como el derecho a la alimentación, al agua, a la salud, a la vivienda, al trabajo, al descanso y a una vida libre de violencia (por nombrar algunos), los cuales tienen una influencia directa en el acceso a la educación de muchas personas y grupos poblacionales enteros.
La falta de cambios que apunten a la atención de problemas estructurales en temas educativos cuestiona la perspectiva con la que se mira a la educación; podría pensarse entonces que en el mundo actual ésta tiene otros objetivos, por lo que vale la pena hacerse la pregunta: ¿educación para qué? ¿Para seguir manteniendo la desigualdad? ¿Para mantener el status quo y seguir reproduciendo el mundo capitalista, colonial y patriarcal actual?
No hay respuesta(s) sencilla a dicha pregunta; sin embargo, con este planteamiento se invita a pensar en las violencias estructurales que generan desigualdad estructural, donde probablemente la perspectiva que se tiene de la educación también sea parte del problema.
Siguiendo esa idea y afirmando la frase de Nelson Mandela: sí, la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo, pero una educación crítica al mundo actual, una que pueda funcionar como base para visibilizar la diversidad, pero sobre todo la desigualdad, una que sea colectiva (y no individualista), colaborativa (y no competitiva), comunitaria e inclusiva (y no segregacionista), contextual (y no universalista), de cuidado y ecológica (y no extractivista), justa e igualitaria (y no discriminatoria).
* Ricardo Portilla es asesor educativo en la Subdirección de Educación del COPRED.