ernestoramos · 4 de octubre de 2011
Como pude metí los documentos a la bolsa del saco. Apuré la peinada atragantándome media dona y después me lavé los dientes y la lengua y casi guacareo picándome la garganta. Estuve de rodillas en el retrete escupiendo. Eché una meada larga y espumosa y después me hurgué la nariz y me volví a lavar la jeta, creyendo que me apestaba a mierda. Soplando hacia arriba olía a mierda y a Colgate. Raspé con los dientes la lengua y quedó en ellos una capa de nata, no tenía que fingir como si estuviera con alguien, ningún ojo ajeno me condicionaba, podía echarme un cague largo y oloroso, y después abrir la ventana, palpar el clima dando un vistazo a las mojadas calles, en la fresca mañana de cielo claro.
Era el primer día de mi nuevo trabajo. De cualquier forma, me lancé entusiasta a la calle, y caminé a los subterráneos a rodearme de las gabardinas. Ahí, otras cosas, intenté revisar documentos en la espera del vagón, obviamente sin lograrlo, distraído por la música guitarrera del otro lado del andén, una música primero estridente, pero que después comenzó a sorprender por lo realmente buena, digamos que solidaria, procedente de una región más libre, aguda, queda, de una región boscosa, exquisita, de raíces musgosos, que se esfumó, mierda, con la llegada de los trenes, como en el peor de los filmes. Ahora viajaba sostenido del tubo metálico del vagón, ahora perseguía las formas lineales de las torres gemelas desde la plazoleta, ni hablar, olvidar y cumplir al pie de la letra como buen mozo las indicaciones del documento de directrices que establecía las reglas del trabajo para el primer día:
1. Locker asignado No. 573: (en un mapa anexo señalaba ubicación y todos los rincones del sitio de monitores: dónde estaba el extinguidor, área de fotocopiado, de sistemas, impresoras, baños, guardarropa, etc.) Saliendo del elevador, a la izquierda, por un breve pasillo y nuevamente a la izquierda -era lo que yo debía hacer, según el mapa. El locker el segundo de la fila de la izquierda -otra vez siguiendo el mapa.
Mientras lo buscaba, tropecé con alguien que casi tira sus papeles, y en murmuros me dijo “compermiso”. Lo vi de espaldas marchándose y cargando algunas vainas.
2. Combinación asignada para el primer día y pasos a seguir para su personalización: tantas vueltas a la izquierda, y a la derecha, como buen idiota tratando de abrir el candado. En el documento, un pequeño paréntesis: “hemos considerado conveniente no utilizar tarjetas de acceso para la apertura del locker” “favor de personalizar la combinación a conveniencia en el primer día de trabajo a efecto de garantizar privacidad”, tantos a la izquierda, y a la derecha, y ahora gire la perilla, crac, se abrió.
3. Mecanismo para personalizar la combinación del locker: abra el candado y etc., etc., “recuerde optar por números familiares a efecto de poder recordarlos con facilidad”; vaya –pensé—este instructivo de directrices lo hizo un genio.
Pero cambié la maldita combinación y no hubo lío, y continué leyendo esa hoja doblada para ver que seguía.
4. Contenido del locker personal: Tarjeta de asignación, laptop personal, etc., el botecito con plumas, algunos cuadernos. “En caso de requerir papelería adicional favor de acudir a las áreas de suministro que se detallan en el mapa que se acompaña al presente documento como Anexo A”, y etc., y etc.
El caso es que abrí el maldito locker, que sería de unos 50 cm de largo por 20 o 30 de ancho. Tenía dos entrepaños bastante amplios y allí atiborre la mierda.
5. Asignación de módulo: Y una pequeña explicación, ya me habían explicado pero deseo transcribirlo, porque decía algo así: “Encuestas recientes señalan que la causa principal de distracción en el entorno laboral es el … dicha causa fue elegida como razón principal por el –% de los encuestados… La política de la empresa es minimizar en su totalidad dichas interrupciones, y para ello hemos implementado un esquema rotativo de estaciones de trabajo. Con ello, se garantiza no solamente el lograr sacar lo mejor de los empleados, sino que nos permite laborar en condiciones óptimas de productividad, comodidad y silencio”.
Tan pronto terminé de leer esas líneas vi a mi alrededor. Había no menos de treinta, o cuarenta personas en silencio sacando de los lockers sus cosas. Saque las mías.
“Los centros de asignación están colocados a los extremos de las áreas de lockers” –decía el documento. “Como Anexo B, se acompaña un dibujo con la ubicación de uno de esos aparatos”. Eran como los que dan los precios en los supermercados, donde pasas el código de barras y dice que cuesta doce noventa y nueve, o veinticuatro noventa y nueve, y al deslizar la tarjeta el monitor mostraba no solo el #343, sino el breve diagrama que ubicaba mi módulo para el día de hoy dentro de las instalaciones. Fenomenal. El 343 me correspondía. Era justo al fondo del pasillo, junto a la ventana. Se podrá ubicar con claridad consultando el mapa del Anexo A del mamotreto. Allí fui, y con suerte distinguí los ríos y sus barcazas, y los diminutos hombres corriendo en las callejuelas.
6. Mecánica de instalación del equipo, encendido del mismo y contraseñas: Vaya (pensé) este puto documento sí que era básico. Menos mal no se me había olvidado –pensaba aliviado, aunque con la certidumbre de que, si se me hubiera olvidado, no habría pasado nada, nada es el fin del mundo. Ya entonces hubiera pensado que hacer, jugándola de oídas. Seguramente hubiera ido con los de recursos humanos, como buen inocente, a preguntar qué hago, etc, etc., aquí estoy, y seguramente me hubieran impreso de nuevo mi PERSONAL documento de directrices, y no hay problema, con algunas sonrisas, pensando seguramente más de uno que no lo había leído, y etc. Tendrían ya desde ahora la idea de mí, de desordenado olvidadizo…ese tipo de imágenes que cuesta la sangre borrar, y por ello ahora me creía el amo del orden, con ese memo doblado en cuatro, allí todo arrugado, pero haciendo las cosas, bastante productivo, ordenado, enfocado, sin dirigirme a nadie y de manera autónoma instalándome en el sitio, con la quijada trabada y los ojos como concentrados solamente en lo que hacía, aunque en mi interior traía el torbellino cotidiano. Ahí yo, viendo a las que comenzaban a instalarse en los módulos vecinos, o las caras de los tipos que pasaban con paso firme de mirada al frente, portafolio firmemente sujetado, y casi tropezando con el borde de una alfombra intentaba disimular mi sonrisa, o me apersonaba con alguien, ya saben “mi nombre es tal y es mi primer día” con la cara de estúpido tatuada en la frente, y también allí el “lo que se te ofrezca, mi nombre es tal” y algunas otras sonrisas, ya saben, puro bullshit oscuro, encendiendo los aparatos e instalando las contraseñas.
7. Software de comunicación interna: Tuve que cuidadosamente seguir los instructivos y downlodear unas madres y meter otras contraseñas e instalar no sé qué madres. ¡Puta! bastante complicados los muchachos. Hasta pensé llamar al de sistemas, pero no hubo necesidad. Al final de cuentas apareció la interfase y en el aplicativo pude moverme a intuición, y por allí había algunas carpetas creadas a mi nombre, donde oprimiendo el botón de correo nuevo me salieron como veinte mensajes, carajo, pensé, quién tendrá mi correo, o cual será, pero ya todo estaba listo, y un tipo que no tenía cara me decía a través de letras: “haz esto”, “haz lo otro”, “te anexo algunos documentos”, “me gustaría ver tus comentarios a más tardar hoy por la noche”.
El caso es que ya en ese primer día, en esas primeras horas, me apareció en el buzón el mensaje de uno de los jefes. Tan pronto le eché una ojeada, me di cuenta de que podía hacerlo, no cabía duda. Sin embargo, necesitaba me clarificara uno que otro punto.
Ese muchacho sí que se había emocionado –pensé; debería relajarse más.
Busqué su teléfono en el listado de extensiones y contestó como apurado, a la vez que apesadumbrado, como si quisiera colgarme, y no perder tiempo, seguir facturando. Le comenté que me gustaría conocerlo personalmente y hablar de la asignatura que había recibido hoy por la mañana. Le pregunté su número de módulo “tengo una oficina permanente”. Con voz ronca me dijo que no tenía tiempo y que solo hiciera lo que indicaba en su mensaje, agradeciéndome a brevedad mis comentarios, a más tardar el día de hoy, y que me agradecería, en un futuro, sólo comunicarnos vía mensaje electrónico, y que únicamente, en caso de existir necesidad, él me llamaría para reunirnos personalmente, y etc. etc.
Ignoro si sentí molestia o incredulidad. Mi vale-madrismo a ultranza me impide normalmente distinguir sentimientos. Pero me quedé quieto. Tan pronto colgué el teléfono me quedé quieto, girando el bolígrafo en mis dedos. Después seguí con mis cosas. ¿Al fin y al cabo a quien le importaba? No quiero su amor, es claro, solo su billete. Con tal de que ese tipo me afloje la nómina, puede irse de puntitas a chingar a su madre. Y aunque no soy aficionado de tragar mierda, debía de tragarla entonces más regularmente, hasta que se aproximaran las nóminas, tragar mierda a buches sin hacer caras. Además, en su mensaje había una falta de ortografía, la muy bestia, que había utilizado “precición” como adjetivo de lo que requiere. Y entre esas cosas me puse a leer y a teclear, allí, durante el transcurso de la mañana, escuchando el rumor de los murmullos de las líneas telefónicas.
9. Comedor: Menú. Hora de comida de 12 a 12:45 horas. Para que nos fuera permitido tragar era necesario esperar el estridente timbre que inundaba las oficinas del sitio de monitores y teclados.
La sirena emitía un sonido largo y agudo al mediodía, los dedos se paralizaban sobre los teclados, todos levantábamos la mirada al unísono y caminábamos despabilando los cuerpos que en fila iban a las escaleras. De acuerdo con el mapa, el comedor era en el piso de abajo. Seguí a los otros por paredes tapizadas de azul marino y con cuadros de flores, je.
Allí íbamos todos los rostros respirando al mismo ritmo: horarios controlados, videocámaras, silencio perturbado únicamente por un replicar esporádico de teléfonos, hombro con hombro y empaquetados 30 rostros frente a puertas de aluminio, entre un hueco sonido de máquinas y cables.
Ese primer día me embutí un caldillo con prisas, debo decir, porque aún me faltaban cosas por leer y horas para darle mis comentarios a ese tipo, pero por allí me formé, con mi charolita, y pedí un caldo de pollo, algo de arroz. Me senté con algunos desconocidos que me preguntaron cosas, hablando nostálgicos de sus respectivos primeros días, después de una dieta y después hablaron de golf. Me atraganté la comida y de nuevo casi vomito. Allí sorbiendo el caldillo con la servilleta en la boca frente a varios tipos y tipas de carcajadas de dientes abiertos. Quise hacerme el apurado “compromiso, compromiso, buen provecho” y regresé a mi módulo.
10. Mecánica de salida: “No olvide limpiar su módulo a totalidad y guardar sus pertenencias en el locker asignado”, y una pequeña nota, al final, resaltada en negrillas y con un breve asterisco “Los pasos detallados en el presente documento de directrices deben llevarse a cabo diariamente, sin excepción alguna”
Sin duda, el tipo que le había dado forma al documento era un verdadero genio; un puto retrasado mental de cabeza cuadrada que deseaba poner de su cosecha. Pero no debía adelantarme, ni siquiera despotricar, porque antes de seguir los pasos de salida debía terminar las labores, mandar el mensaje.
Me sumí de nuevo al reporte sin opción, lo habían pedido para hoy y debía ser hoy, carajo. Nada más a mí me ocurre tener esta suerte de perros desde el primer día. Allí me quedé. Vi irse a la mayoría. Mecánicamente, desconectando las máquinas poniéndose el saco, metiendo las pertenecías a sus lockers y desapareciendo cabizbajos. Los veía, uno detrás del otro, blindarse del elevador, cubriéndose la cara lentamente al marcharse mientras se cerraban las puertas.
Por mi lado continué abriendo algunos archivos y leyendo los documentos. Un candil tembloroso que expedía olor a quemado plástico. Lápices rotos y mordidos. Y el suave escobeo de aquellos que limpian los pasillos durante la noche, los baños y las ventanas, siempre de un lado a otro por los corredores con su ritmo de fantasmas, invisibles a todo. En la pantalla se reflejaba mi cara entre negras letras temblorosas a ritmo cafetalero.
Por fin más tarde logré presionar el send, después de múltiples revisiones, guardando en silencio las cosas y, después de bajar el elevador, que en la mañana me había ensardinado, en ese hall principal del edificio, antes de salir a la calle, me surgió una duda, carajo, así ocurre, y regresar a las alturas al locker y conectar el amasijo de cables allí donde fuera, y los passwords que eran tres, revisar el mail enviado y verificar si estaba correcto ese dato y si había anexado el documento, y además si le había copiado a ese camarada como me lo habían indicado.
De nuevo guardé el amasijo y esperé los elevadores. Me dirigí hacia los vacíos andenes y de allí a mi casa en los vagones. Las luces súbitas reflejaban chasquidos en la oscuridad de los túneles y al fondo había una gran luz que todavía permanecía borrosa. Llegué a casa y tiré la ropa por ningún lado. Mierda. Aún mi profundo dormir no me hacía recordar ningún sueño.