Redacción Animal Político · 2 de noviembre de 2024
Me sorprende que después de más de treinta años de trabajar con la muerte, aún sienta tal fascinación por el 1 y 2 de noviembre. En estas fechas del Día de Muertos tan señaladas en los países de la región, donde trabajamos como parte del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), no recuerdo desde cuándo espero poder sumarme a esta celebración, así sea de lejos, como turista, o como un “otro” curioso. Al fin y al cabo, estoy en México, un país donde los múltiples símbolos de la muerte se entrelazan con la vida cotidiana.
Pero es también un día de sentimientos encontrados. El Día de Muertos es un momento para honrar y recordar a quienes se fueron, ofrecerles sus viandas favoritas y marcarles el camino para que puedan lograr una comunión con nosotros. Los pensamos siempre, pero ese día, lo pasamos juntos. Ello es posible en la medida en que sabemos que nuestro ser querido dejó de estar, murió.
Me pregunto, sin embargo, qué ocurre con todos aquellos que dejaron de estar, pero cuya suerte no ha sido confirmada y para sus seres queridos sigue siendo una incertidumbre si están vivos o muertos. Desaparecidos, solemos llamarlos. En México y América Central un número desconocido de personas fallecidas permanece sin identificar, ya sea en los servicios médicos forenses o en fosas comunes. Muchas de ellas están siendo buscadas por sus allegados y se cuentan entre los desaparecidos. ¿Cómo pasarán este día las familias de las más de 100,000 personas desaparecidas en México, las más de 40,000 en Guatemala? ¿Qué camino se les puede señalar a quienes se mantienen en el limbo de la ambigüedad? No darles una respuesta es un fracaso y una deuda que nos toca a todos como comunidad.
Liz y Carmen, como otras familias, buscan a su padre, Gersaín Cardona, desaparecido en Piedras Negras, Coahuila, México, en 2009. Ellas han decidido abrazar la tradición y dedicarle un altar como una forma de enfrentar su ausencia: un memorial para no olvidar, con un camino de flores y velas que lo guíe de regreso a casa.
Indefectiblemente, esta conmemoración y testimonios como los de estas jovencitas, conocidas por el equipo del CICR, me llevan a evocar con sentimientos encontrados dos historias paralelas que ocurrieron hace algún tiempo en mi andar como forense en diversas instituciones, en otra geografía —en los Balcanes—, pero que se repiten todos los días y en todas partes.
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Hoy, frente a la distancia de los hechos, debo admitir que en su momento prometí a Olgica que haría lo imposible por encontrar a sus familiares. El encuentro en esa primera reunión fue tan doloroso como inexplicable. Acababa de llegar. No entendía nada, pero sabía que el dolor acumulado y vertido en esos pedidos desesperados era real. Olgica y su familia recuperaron parte de sus familiares, incluso algunos de los que estaban en la “fosa de los 13”. Cumplí en gran parte. Me sentí aliviado.
Sin embargo, hubo una promesa que no pude cumplir. El marido de Zhora, médico, estaba desaparecido desde que tratara de cruzar las montañas hacia Montenegro. No estaba solo. Lo acompañaban otros profesionales que decidieron huir cuando la situación se complejizaba.
—¿Quién podría matar un médico?— preguntaba.
La persona a la que pagaron para cruzar juraba haber cumplido su parte del trato. El hecho es que el grupo cayó en una emboscada y justamente era el guía el único que conocía el itinerario.
—Hable con él. Le ofrecí dinero. Lo amenacé. Le rogué llorando— contaba Zhora en una sucesión interminable de cigarrillos—. Repetía la misma historia: que los emboscaron, que se escapó, que no sabía nada.
—Yo sé que miente, pero no puedo hacer más— me dijo.
Siempre me llamó la atención la fuerza de Zhora. Se quedó con los hijos pequeños y salió adelante pese a la tragedia. Se sabía víctima, pero no se dejaría llevar por las llamas incombustibles de la desgracia y la tristeza.
En el afán de hallar a su marido decidió agotar todas las pistas que pudiesen ayudar a encontrarlo. Así la conocí. En el medio de montañas con leves ondulaciones y pinos por doquier; un bosque ralo. Según la información, algunos metros por delante de uno de esos pinos habría una fosa común. Al ver el sitio pensé que la información era decididamente incorrecta. Las raíces de los enormes árboles eran lo suficientemente profundas para impedir cualquier excavación. La fiscal insistía en que la información era correcta. Pese a mi escepticismo, procedimos a excavar hasta, poco después, llegar a las dichosas raíces que formaban una malla compacta. La fiscal observó el lugar con cierta decepción. Nos dijo que en ese lugar un grupo de hombres intentaba cruzar las montañas para dirigirse a Montenegro y que habrían sido emboscados por grupos armados.
—No dudo que hayan sido emboscados, pero no parece que hubieran enterrado a nadie.
Al ver la cara de decepción de la fiscal, que resumía más bien su desesperación, le dije que observaríamos las anomalías en el terreno para excavar lo que nos pareciese sospechoso. Y eso hicimos. Cuales topos, realizamos pequeñas excavaciones en cuanta depresión encontramos. No recuerdo cuántas fueron, pero llegó el momento en que dije que se podía afirmar que no estábamos en el lugar correcto.
La fiscal nos agradeció con su sonrisa triste y regresamos a Pristina.
Poco tiempo después, alguien me explicó que ella utilizaba cuanta información llegara a sus manos. Algunos la tildaban de loca. Es tan fácil juzgar a los demás cuando no somos capaces de acercarnos siquiera al dolor que los consume. Un día de esos, no recuerdo exactamente cuándo fue, se lo prometí: haría todo lo que estuviese en mis manos para encontrar a su marido y seguiría cada pista que ella me proporcionase. No se lo prometí como se hace con los ancianos o los niños, sino con la conciencia de que mi determinación sería suficiente. Siendo fiscal, Zhora tenía acceso a gente con información dispuesta a canjearla por una reducción de pena o la propia libertad.
Acompañé a Zhora por valles, montañas, cementerios donde podrían haber escondido los restos de su esposo. A estas alturas, ella sabía (sin saber) que estaba muerto, y si así era, solo quería poder enterrarlo. Pasó el tiempo y todas las pistas resultaron infructuosas. Un domingo me invitó a su casa, quería presentarme a sus hijos, adultos y profesionales. De manera solemne les dijo que mister José era el hombre que creyó en ella y buscaba al padre desaparecido. Todos me agradecieron. Sentía que mi responsabilidad no hacía más que multiplicarse. No había hecho nada especial. La promesa que le hice era la misma promesa tácita hecha a todas las demás familias, sin enunciarlo de manera tan elocuente.
Cuando me fui de Kosovo, Zhora se despidió de mí. No podría cumplir mi promesa y ella lo sabía. No hubo recriminaciones. Me abrazó dulcemente. Tiempo después me enteré de que murió de cáncer. Se fue sin encontrar a su esposo.
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Hoy pienso en quienes, como Olgica, recuperaron a sus familiares asesinados, que pasaron de “desaparecidos” a fallecidos, que pudieron ser enterrados y honrados en cada oportunidad.
A la muerte podemos nombrarla, describirla, podemos tocarla y olerla. Sus imágenes indelebles permanecen en nuestra retina y nos visitan como sendos recordatorios del lugar en el que no hay que terminar. Pero hoy pienso también en Zhora y en todos aquellos que esperan en la misma ambigüedad. ¿Cuál es el camino que debemos marcar para que el desaparecido vuelva a nosotros, si justamente su condición incluye, pero no necesariamente prescribe, la muerte?
Hablar de desaparición lleva en sí misma la crueldad de la ambigüedad, de lo innombrable y etéreo. Cada noviembre quisiera marcar el camino para que quienes no están a mi lado –muertos o buscando su lugar entre vivos o muertos– lo compartan conmigo; para que quienes están lejos pronto puedan regresar con sus seres queridos. Hoy recordamos no solo a quienes han partido, también a quienes seguimos buscando con la esperanza de que vuelvan a casa.
* José Pablo Baraybar es el coordinador regional forense del Comité Internacional de la Cruz Roja para México y América Central (@CICR_DRMX).