Dexter: entre Rowling y Tolkien

blogeditor · 25 de septiembre de 2013

Dexter: entre Rowling y Tolkien

Hace varios años, justo cuando terminé de leer la saga de Harry Potter, publiqué un artículo en el que lamentaba el desenlace que J. K. Rowling había elegido para su historia y, sobre todo, para su protagonista. Decía entonces que el final feliz de Harry me resultaba no sólo demasiado simple sino inverosímil y hasta injusto. Después de todo, Rowling había descrito durante siete libros una batalla entre un joven mago inexperto y otro que era, sin duda, la encarnación misma del mal, tanto así que su mismo nombre era impronunciable. El triunfo mismo de Harry me resultaba improbable: el David mágico enfrentando a un Goliat casi invencible y astuto.

Lo que le reclamé a Rowling entonces como uno de sus muchos lectores fue que no fuera lo suficientemente valiente como para asignarle secuelas a Harry tras la batalla. Me parecía inadmisible que, tras un encuentro de ese calibre, Potter emergiera victorioso, impoluto, listo para tener hijos con toda normalidad y alegría. Comparaba yo aquello con el destino mucho más justo y sabio que Tolkien le dio a su propio héroe. Como Harry, Frodo también se impone al mal. Pero su vida nunca vuelve a ser la misma. No hay vuelta atrás. Las batallas siempre tienen consecuencias, mucho más cuando se ha atravesado el infierno. La principal diferencia entre Rowling y Tolkien es una virtud pocas veces vista en la narrativa popular contemporánea: la voluntad del autor de condenar a su protagonista a un destino triste. En otras palabras: la incapacidad para hacerle daño al héroe que han creado…casi criado.

[contextly_sidebar id=”8aa94e080a3f2c551abcec3254bc04b0″]Pensé en todo esto mientras veía el final de una de mis series favoritas de televisión: Dexter (si el lector no ha visto la conclusión de la serie, le ruego se detenga aquí). En pocas palabras, Dexter contó la historia de un prolífico asesino en serie cuyo única regla real de conducta es ejecutar únicamente a aquellos que  “merecen morir”, aquellos que han escapado a la justicia o amenazan con seguir haciendo daño aprovechando la impunidad del azar o la incapacidad policial. A lo largo de siete años, los televidentes vimos a Dexter matar a (o supimos de la muerte de) 134 personas. La cifra convertiría al ficticio Dexter en el asesino serial más sanguinario de la historia de Estados Unidos (al menos cuarenta víctimas por encima de Gary Ridgway, el homicida más prolífico de la historia – real – estadounidense).

A pesar de ese dato escalofriante, la actuación de Michael C. Hall – y el “código moral” de Dexter – consiguieron que la audiencia se mantuviera fiel, deseando el triunfo final del asesino. Lo cierto, sin embargo, es que la simpatía del público no tenía por qué implicar una carta blanca de redención para el personaje. Durante los primeros tres años, los creadores de Dexter se apegaron al “modelo Tolkien”: sometieron a su personaje a dolores indecibles, merecido purgatorio para sus múltiples pecados. La muerte de Rita, pareja de Dexter y madre de su único hijo, fue una sorpresa que escondía algo de (terrible, durísima, bíblica) justicia. Como espectador, preferí esa conmoción a lo que la serie nos ofreció desde entonces y hasta su final: un largo y ambiguo viaje que dejó la puerta abierta a una redención inmerecida. Al final, como Rowling, los creadores de Dexter no se permitieron la osadía de recurrir al desenlace más verosímil y valiente: la muerte del protagonista o, al menos, su encuentro final con la justicia (que no es lo mismo que la ley, vale la pena aclararlo).

Apuesto doble contra sencillo a que Breaking Bad no se otorgará las mismas concesiones cuando termine este domingo. Ya veremos.