blogeditor · 23 de enero de 2017
Esta historia comenzó el sábado 12 de febrero del 2006. “Miriam” (no es su verdadero nombre) en ese entonces vivía en la colonia Pensil, un barrio muy peligroso de la Ciudad de México. Su carácter era explosivo: podía ser la mujer más dulce del mundo y en un instante explotar con tanta intensidad como la planta de Chernóbil, aunque el que estuviera cerca de ella hubiera preferido estar en la planta mencionada.
A Miriam la conocí hace ya dos años, prestaba su servicio de limpieza en el negocio que yo tenía hace poco aquí en la Condesa. Siempre me había parecido una persona extrovertida y simpática, Miriam tuvo una infancia difícil: nació en el seno de una familia de bajos recursos.
Su madre se encargaba de mantener a cuatro vástagos: dos hombres y dos mujeres, siendo Miriam la menor de los cuatro. A temprana edad, el hijo mayor abandonó la casa, mientras su madre trabajaba arduamente para sacar a flote a su familia. Eran épocas en que el dinero solo alcanzaba para que cenaran un poco de leche con canela y a veces la leche no alcanzaba para todos, de modo que la hija mayor y la madre tenían que tomar agua con canela. Con el paso de los años, Miriam fue curtiendo su carácter, aprendiendo siempre de sus errores y siguiendo adelante a pesar de las adversidades.
Estudió algún curso de impartición de aerobics y comenzó a dar clases en centros comunitarios; terminó embarazada del carnicero de su colonia; él estaba casado y cuando Miriam se enteró de su embarazo lo ocultó, lo ocultó hasta los 8 meses. La rutina diaria de Miriam consistía en vendar su estómago bien apretado para que nadie notara su embarazo, ella era delgada y como acostumbraba a usar pants holgados pudo hacerlo hasta que finalmente su madre la descubrió. Después de impartirle una golpiza y de una serie de insultos, Miriam nunca imaginó que este era solo el principio.
Nació Carlos, un niño que pesó tan solo 2 kg. y que por su bajo peso tuvo que quedarse unos días en la clínica donde Miriam se atendió. Debido a que presentaba anemia a la hora de parir a su hijo le fue imposible amamantarlo; al poco tiempo fue dado de alta y su madre regresó a su casa. Ya más dispuesta a ayudar a su hija, la abuela hizo lo posible para que Miriam no la pasara tan mal.
Siendo solo un bebé, Carlos era diferente. Miriam me cuenta que teniéndolo en la cuna, el bebé miraba el techo como si siguiera una mosca, su ojos abiertos seguían una línea y luego volteaba la cabeza, esbozaba una mueca y continuaba el camino visual hacia el otro lado del techo, este hecho causaba mucha gracia a su mamá. Cuando Carlos tenía tres años y empezar a emitir sus primeras palabras, se refería a cosas que nadie veía, como: guau, pata, chochu. Y señalaba hacia donde estaban esos objetos que nadie veía.
Miriam pensaba que esa imaginación desmedida podría ser solo el reflejo de una gran inteligencia, que a los 5 años se vio convertida en un problema en el kínder, pues Carlos además de no poner nada de atención en el Jardín de niños, empezó a comportarse agresivo, su humor era cambiante y pocas veces podía contener sus ideas o movimientos.
Me cuenta Miriam que empezó a llevarlo a infinidad de clínicas en donde siempre concluían que era la edad, que necesitaba límites, que tenía autismo, que si ella se metía drogas, que no tomó vitaminas en el embarazo y esa era la causa, etc.
Un ir y venir de doctores que nunca le diagnosticaron lo que finalmente sería.
En la primaria le permitieron seguir estudiando solo si su madre estaba presente en el salón, porque el niño era muy agresivo. Finalmente solo pudo llegar hasta cuarto año después de que se le fue a patadas a la maestra por decirle que se sentara, uno de esos días en los que su madre no pudo acompañarlo.
Desde entonces Miriam lo trató de enseñar en casa, compraba los libros de texto y como podía le explicaba.
En la colonia lo agredían y corrían si en algún momento lograba escaparse de la vista de su madre. Un día un vecino le aventó agua y lo pateó para que se alejara de su portón, Carlos tenía 16 años.
Ese mismo día Carlos se metió a la casa del vecino que dejaba a su hijo “Toño”, de 8 años, viendo la tele mientras sus padres iban a vender verduras al mercado.
Carlos asesinó a Toño de la forma más brutal como se puede asesinar, no solo lo desmembró con un cuchillo, sino que le abrió la cabeza para, según él, ver como era su cerebro.
Eso pasó el 12 de febrero del 2006.
Carlos era una persona con esquizofrenia, que jamás fue diagnosticada.
Lo tremendo de esta historia además del horrible asesinato, fue la forma en que las autoridades asumieron su responsabilidad, ya que al ser menor de edad y con dicha enfermedad no pudo ser recluido en ninguna cárcel y tampoco lo fue en ningún sanatorio psiquiátrico, ya que no existe un tratamiento que cure la esquizofrenia. El menor quedó en manos de su madre, haciéndola firmar un documento en donde la comprometían a que si volvía a suceder algo similar, ella sería la responsable de sus actos.
Miriam y sus familiares salieron escondidos de la colonia para evitar venganzas. Pasaron dos años y la enfermedad de Carlos empeoró, terminó recluido en una clínica de esas “patito” para esquizofrénicos y en una terapia de shock, como les llaman, murió asfixiado por los encargados de la clínica. Los responsables de ese acto fueron a prisión.
-Eso fue horrible, le dije a Miriam.
-Sí, me contestó.
–¿Por qué nadie fue capaz de diagnosticar la enfermedad de tu hijo?
–No lo sé, siempre he pensado que fue mi culpa por tratar de esconderlo, por no tomar vitaminas, porque nunca dejé de fumar, no lo sé. Mi familia decía que era un monstruo, que se merecía la forma como murió.
–No lo creo, creo que el sistema de salud falló, el sistema de educación falló… ¿Qué hubieras cambiado para que tu hijo no tuviera esa enfermedad?
–Nada, nada porque fue hasta mucho después que supe que estaba enfermo…
La esquizofrenia infantil es una enfermedad que requiere atención médica constante. El niño que la padece puede requerir hospitalización temporal cuando los síntomas lo ameritan, para que las dosis de los medicamentos puedan ser reguladas adecuadamente y también evitar que se dañe a sí mismo o a los demás.
En la actualidad no existe un tratamiento que cure la esquizofrenia en niños, pero algunos de los síntomas se controlan mediante una combinación de medicamentos (administrados por especialistas) con terapias individuales y familiares, así como programas especializados en las escuelas.
Es importante consultar a su médico para que oriente sobre las posibilidades de modificar o estabilizar la esquizofrenia en niños. Esto puede lograrse mediante una participación activa y coordinada por parte del paciente, familia y el equipo médico responsable. Después de todo, estos pequeños poseen una “mente brillante” y como sociedad tenemos la responsabilidad de ayudar a integrar a quién por azar del destino posee esa enfermedad.
A mi modo de ver los seres extraordinarios se ocupan de los detalles que nadie ve. ¿Por qué? Porque están atentos. Si pudieras vivir tu día en plena conciencia, si cada uno de nosotros pudiera atender cada sencillo acto, nuestra existencia sería mucho más grata.
Aquí les dejo este corto, para reflexionar, de mis favoritos.