blogeditor · 5 de junio de 2020
El lunes 25 de mayo del 2020, a las 8:01 de la noche, la policía de Minneapolis recibió una llamada de un empleado de la tienda Cup Foods, quien alegaba que alguien acababa de cometer fraude comprando cigarros.
“Vino a nuestra tienda y nos dio billetes falsos y cuando salimos a perseguirlo vimos que estaba sentado afuera en su automóvil”, acusó aquel trabajador. “Le pedimos que nos devolviera los cigarros, pero se halla terriblemente borracho”, decía la voz. A las 8:33, la policía hizo su aparición en la escena del “crimen” y se dirigieron a la camioneta azul marino dónde, efectivamente, se encontraba Floyd con dos acompañantes: un hombre al asiento del copiloto y una mujer atrás.
Tres minutos después los dos acompañantes estaban recargados en la pared respondiendo las preguntas de los oficiales. Enseguida George Floyd igualmente bajó con muchos esfuerzos debido a sus casi dos metros de estatura, a que ya estaba esposado y a que, efectivamente, parecía estar bajo el efecto de alguna sustancia. Parecía muy manso a pesar de su constitución e incluso, como se lo indicó el oficial que lo atendía, se sentó en la misma pared donde estaban sus amigos. Vestía pantalones negros y playera sin mangas del mismo color.
A las 20:36 llegó otra patrulla y se estacionó detrás de la de Floyd. Uno de los policías que arribaron antes interrogó primero a los acompañantes y el otro al ahora célebre difunto. Mientras parecía regañarlo, entregó a uno de sus colegas una libreta donde había anotado el nombre del detenido para, supuestamente, investigarlo. El otro se retiró a la patrulla.
Dos minutos después, los policías dejaron a los acompañantes y se concentraron en Floyd. Entre dos lo ayudaron a pararse y luego se lo llevaron cruzando la calle hasta donde se hallaba la primera patrulla que atendió el llamado. ¿Por qué no lo subieron a la segunda que estaba ahí mismo, acción que habría evitado lo que siguió después? El detenido no parecía oponer resistencia, aunque si parecía alegar o clamar comprensión a sus captores, dada su anterior encomienda como guardia de seguridad antrera. Sin embargo, algo sucedió al otro lado de la calle pues los cuatro policías decidieron tirarlo al piso junto a la llanta delantera en el lado del piloto.
Ahí es donde se ve al oficial con casi 20 años de trayectoria, Derek Chauvin, poniendo la rodilla sobre la parte trasera del cuello de Floyd. En el video que le dio la vuelta al mundo no se mira cómo otros dos policías igualmente se hallan encima del grandote sometido. Un cuarto oficial simplemente observa el “trabajo” de sus compañeros y luego mantiene a raya a los ciudadanos que reclaman por el acto de rudeza innecesaria. Todos ellos, por cierto, ya fueron despedidos. “Si Floyd hubiera sido blanco, seguiría vivo”, dijo el indignado alcalde de Minneapolis, Jacob Frey.
Chauvin, quien ya fue detenido la tarde del viernes y que, al igual que sus compañeros podría enfrentar cargos de asesinato en tercer grado, mantuvo su rodilla sobre el cuello de Floyd más de cinco minutos, dos de ellos después de que el sometido había dejado de repetir los “no puedo respirar”, que ahora son el lema de la resistencia, pero que en ese instante llevó a ese que grababa el video a reclamar al policía que los fulminaba con su mirada.
Cuando notaron que Chauvin se había excedido, llamaron a los paramédicos que levantaron en camilla a Floyd, al que durante algunos minutos trataron, sin éxito, de revivir. Una muerte más por brutalidad policíaca se acababa de concretar en Minneapolis, Minnesota, estado que hace frontera con Canadá y al que apenas baña uno de los tres lagos en esa zona donde hace vecindad Wisconsin, no muy lejos de Chicago.
Lo peor estaba por venir.
La tradición de la brutalidad
Pese a que Minnesota no es, ni de lejos, el estado con más crímenes de violencia en los Estados Unidos, entre 2015 y 2016 se registraron ahí 28 muertos por tal causa, según un ejercicio que realizó el diario The Guardian. Aunque refleja una sólida y arraigada brutalidad policíaca en contra de las comunidades afroamericanas, latinas y /o pobres, la cifra, ciertamente se halla bastante alejada de los 205 de Texas o de los 372 de California, que fueron los estados que más sumaron a los 2 mil 139 crímenes con brutalidad policíaca realizados, nada más , en los 24 meses citados.
Sin importar lo moderado de sus cifras, en Minnesota se creó en el año 2000 la organización no gubernamental Comunidades Unidas contra la Brutalidad Policiaca (CUBP), que se encarga de brindar apoyo a los sobrevivientes y familiares de esa pandemia. “Trabajamos abusos cotidianos y casos extremos”, dicen sus creadores que viven exclusivamente de donaciones ciudadanas. “Nuestro objetivo es crear un clima de resistencia al abuso de autoridad y capacitar a las personas para enfrentar y poner fin a dicha brutalidad”, refieren.
CUBP nació luego de que la policía de Minneapolis disparó 33 rondas de municiones —dando en el blanco al menos 16—, contra un indefenso Charles “Abuka” Sanders. Antes de él un hecho similar sucedió con Barbara Schneider, quien tenía una enfermedad mental, y que fue denunciada por vecinos de tener el volumen del radio muy elevado: los polis aplicaron el muy villista “primero dispara después virigüa”, pues sabían que nada pasaría tras ese acto. Artis Graham, afroamericano de 35 años, fue detenido por una infracción de tránsito, pero murió a los seis días producto de los golpes con linternas y macanas propinados por agentes de policía que antes ya le habían esposado las manos a la espalda. Fong Lee, con 18 años recién cumplidos, recibió ocho disparos en la espalda del arma del oficial de policía de Minneapolis Jason Andersen que previamente embistió con su patrulla la bicicleta de la víctima. La autoridad dijo en su alegato que Fong estaba armado y era miembro de una pandilla, pero los testigos y la familia del joven demostraron que no iba armado y que la pistola hallada en la escena del crimen había estado bajo custodia policial antes del incidente, o sea que, como se dice en el argot, se la habían “sembrado”.
Se puede redactar una enciclopedia con las historias donde los policías presumen negligencia, clasismo, abuso de autoridad y violación de los derechos humanos para acabar con la vida de alguien a quien juzgan como “sospechoso”. Y aunque a nivel nacional los muertos de raza blanca superan a negros e hispanos, en Minneapolis el 60 por ciento de las personas que contactan a los amigos del CUBP son afroamericanos, como George Floyd. Asimismo, un porcentaje mayor de quienes marcan a sus líneas son ciudadanos en situación de calle o de bajos ingresos.
El mismo oficial Derek Chauvin en sus dos décadas de servicio ya sumaba 10 denuncias por abuso que no trascendieron del escritorio; incluso la única vez que había sido suspendido fue por haber participado, junto a otros cinco uniformados, en el asesinato a tiros de Wayne Reyes, sospechoso de haber apuñalado a su novia, según registros de CUBP. Como nunca se comprobó quien disparó primero, la investigación terminó y con ella la suspensión que envió a Chauvin de vuelta a las calles.
Con tan mal tino que su última llamada a la acción del 25 de mayo del 2020 en la que “involuntariamente” asesinó a un ciudadano indefenso, desató cuatro días de protestas anti-raciales en al menos 15 ciudades de Estados Unidos, incluida por supuesto Minneapolis, donde los manifestantes saquearon y quemaron tiendas, casas y una estación de policía. La indignación nacional unió a deportistas famosos, artistas, políticos, intelectuales y gente común indignada por este nuevo acto de injusticia que, como apuntamos, se sumará a los miles que suceden cada año a causa de la brutalidad policíaca. ¿Así los entrenan?
El tema Floyd Chauvin no termina aquí. Falta que el oficial reciba el beneficio de un juicio como se lo permite la ley. Y, en una de esas, podrá salir libre sin cargos merced a la deslumbrante habilidad de un abogado en busca de reflectores, un fiscal sin mucha motivación para procesarlo, y un jurado ciudadano conmovido porque el policía lloró en el juicio declarándose “genuinamente arrepentido”, y jurando ante Dios y el juez que él sólo estaba cumpliendo con su deber.