blogeditor · 13 de junio de 2016
Tierra a la vista. Si algo demostraron los comicios del 5 de junio, es que el PRI perdió la percepción generalizada de ser un partido invencible. La misión opositora (de asumirse como tal) sería entonces quebrar la relación incestuosa entre el tricolor con sus rémoras verdes y panales. ¿Cómo? Procurando restarle votos en los importantísimos comicios de 2017: Coahuila y el estado de México.
Este último será escenario de una crucial batalla por corazones y mentes electorales. Se jugarán casi todas las canicas de reserva que aún tiene el presidente y sus vasallos, para intentar una réplica de las cifras que lo llevaron a Los Pinos: más de diecinueve millones de votos, equivalentes al 38% de los sufragios contados entonces. Abusando del cliché: con más de doce millones de votantes potenciales, que podrían inclinar la balanza en 2018 a favor del candidato aún desconocido del PRI, la de Edomex será la Madre de todas las Batallas venideras. Y Coahuila un cerrojazo, demoledor, al Moreirismo caciquil.
¿Unirán fuerzas en Edomex el PAN y el PRD, a efecto de desbancar a Alfredito del Mazo Maza (hijo de exgobernador, primo de EPN; hoy diputado federal y casi seguro candidato mirrey, heredero del clan atlacomulca que ya produjo -para desventura nuestra- a Enrique Peña Nieto?

Por las buenas o las malas, el PRI frenó ya las aspiraciones de sus verdaderos enemigos: las huestes lopezobradoristas en las estatales de Zacatecas y Veracruz (en esta última entidad, con el sorprendente ascenso de un candidato neófito que estuvo a punto de quedarse con la gubernatura: el académico Cuitláhuac García Jiménez; frenando a la casta de los Monreal, en el primer caso). ¿Qué papel jugará Morena en el señorío eruvielista?

El proceso comicial en dos años podría asemejarse al de 1997: el del vacío relativo poder del PRI, representado en el tramo final del sexenio de Ernesto Zedillo tras haber perdido éste la mayoría legislativa en las intermedias de 1997.
Se vale soñar.
De acuerdo al INE, ésta fue la cifra de electores registrados para el proceso del 7 de junio de 2015, en el Estado de México:
Hombres: 5,255,341
Mujeres: 5,768,295
Total: 11,023,636
La principal prioridad de los partidos pactistas, si va en serio su nueva tarea de disputar al PRI el poder en 2018, es pulverizar el control priísta en ambas entidades reduciendo su número de electores cautivos. Quien salga favorecido por el dedo presidencial de Peña (que ahora parece inclinarse en dirección del incompetente apparatchik hidalguense Miguel Ángel Osorio Chong, cuyo delfín acaba de prevalecer en el proceso electoral de esa entidad, habiendo dividido con éxito la votación opositora que unida hubiese obtenido la victoria –sumando los sufragios panoperredistas- de manera holgada), contará con esta reserva mexiquense para llegar a la cima de los 29 o 30% que podrían hacer la diferencia, nuevamente, en un proceso al que le urge una segunda vuelta.
Morena por lo pronto sigue siendo una incógnita. ¿Votarán en 2018 las mayorías por AMLO y un partido que carece de estructura nacional, cuando en el norte se ha vuelto a imponer el panismo?
En 2015, la lista nominal fue de ochenta y tres millones quinientos mil votantes. Los resultados de la elección intermedia fueron los siguientes:


Si el partido en el poder pierde las plazas de Coahuila (actualmente feudo de los Moreira) y el multicitado Edomex (con su impresionante caudal de votos: trece millones de votantes potenciales de acuerdo a cifras de 2015, aumentables ¿en qué porcentaje?), hacia 2018 se verían reducidas (al menos, en el papel) las posibilidades reales que tiene aún ahora, en el ocaso del sexenio, de operar a sus enteras anchas.
Su reserva disminuiría, en terminos relativos, a las siguientes entidades bajo su gobierno: Campeche, Chiapas (por interpósito ‘partido’, el nefasto ‘Verde’), Colima, Guerrero, Hidalgo, Jalisco, Nayarit, Oaxaca, SLP, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala, Yucatán y Zacatecas. Quince entidades por mérito corruptor propio, y un satélite concedido a sus esbirros y parientes del PVEM.
¿Cuántos votos representa este reducido núcleo para el PRI, en 2018?
De creerse a pie juntillas su incesante publicidad pagada, con cargo a la población del estado que mal gobierna, Eruviel Ávila Villegas asume que tiene merecimientos suficientes para disputar La Grande con los miembros del gabinete peñanietista.



Una victoria de la alianza PAN-PRD le quitaría al otrora invencible partidazo tricolor su fuente principal de sufragios, a un año casi exacto de las presidenciales de 2018.
Si pierde el PRI las estatales en Edomex, será un adiós a las aspiraciones presidenciales de Eruviel y a los resultados cuasi soviéticos que lo empujaron a la gubernatura (casi sesenta y dos por ciento, como en los viejos tiempos que buscan revivir Peña Nieto y camarilla). Una alianza coyuntural daría al traste, así fuese de forma parcial, con la voluntad restauradora del ex ‘imbatible’.
Está en manos de esta oposición –oportunista y servil, cuando firmó el Pacto por México al inicio del sexenio, pero mínimamente consciente de lo que se juega en dos años- el nivelar la cancha de juego el año próximo, cuando tengan lugar los procesos estatales de referencia.
Llegaría entonces en peores condiciones el candidato del PRI a las federales: un personaje que si opta Peña por clones o ‘continuadores’ a ultranza –piénsese, por ejemplo, en Osorio Chong, Meade o Nuño- tendería a Trumpificarse; que tendría por fuerza, las mismas posibilidades –de pocas a nulas- que el republicano posee hoy en la carrera presidencial en contra de la demócrata Hillary Rodham Clinton.

Algo nos dice que viviremos una especie de reversión a la media, con resultados semejantes a los de 2006. Un proceso muy cerrado, con probables candidatos adicionales que dispersarán el voto hacia otras fórmulas que –en otras circunstancias- mantendrían el voto duro del PRI.

Si Coahuila y el estado de México son arrebatadas al PRI, las reglas mapachiles se resquebrajarían. Ante una dilución del control de virreyes incondicionales del priísmo, se abre la rendija de oportunidad: una chance de que no se repitan las trapacerías que derivaron en la actual restauración peñista.
En todo caso, y como planteaba uno antes: se vale, como mínimo, soñar.
A medio camino entre la férrea disciplina en entidades clave, como en 2012 (el tope, difícilmente alcanzable por más acceso tenga este partido a tarjetas Soriana: 19,158,592) y la deriva madracista de 2006 (donde el PRI obtuvo casi diez millones de votos menos), la votación en 2018 –a treinta años del fraude de Salinas, y a medio siglo de Tlatelolco- se antoja demasiado reñida como para que Peña, Osorio, Nuño y compañía se erijan vencedores, con un triunfo inobjetable.
Con mapaches ex priístas en administraciones clave las de Veracruz y Puebla entre otros estados que ya no pertenecen a la órbita del ex partido invencible, su porcentaje se irá a la baja. Paradójicamente, y por deleznable que parezca, contribuiría esta correlación de fuerzas, en condiciones idóneas y con un poco de suerte, a una posible derrota priísta.
Revisando los números redondos de la última elección presidencial:
Campeche 149 mil
Chiapas 933
Colima 123
Guerrero 530
Hidalgo 517
Jalisco 1,362
Nayarit 221
Oaxaca 555
SLP 428
Sinaloa 551
Sonora 430
Tlaxcala 184
Yucatán 440
Zacatecas 338
La suma equivale a un techo aproximado de casi siete millones de votos.

Con las entidades en juego el año próximo: Coahuila [464 mil sufragios por EPN en 2012] y el Estado de México [y los casi tres millones de votos a su favor] en manos de no priístas, acaso se reducirían en ambas los descarados agandalles; como mínimo se redireccionarían hacia otras opciones.
Por eso, los trece millones de votos barajables en esos dos estados son tan importantes.
Las condiciones objetivas del tablero siguen favoreciendo al peñismo, pero los momios ya no son los mismos de la víspera. Es factible, con un poco de voluntad y esfuerzo colectivo, que termine de nueva cuenta la noche del PRI. El tiempo y la pericia de las partes que parecen haber cedido a sus tentaciones iniciales, junto a la emergencia de candidaturas con arrastre propio (López Obrador en Morena; algún externo que encabece una imaginable coalición panrredista) y la sociedad activa, capaz de sacudirse su actual letargo, tendrán la última palabra.