Desmontar la normalidad: una mirada desde el cinismo antiguo

blogeditor · 11 de agosto de 2021

Desmontar la normalidad: una mirada desde el cinismo antiguo

Durante el confinamiento por la pandemia, probablemente era inevitable sentir un cierto deseo de que todo regresara a la normalidad. Acaso lo siga siendo incluso en este momento, casi dos años después, cuando pareciera que comienza a verse la luz al final del túnel. Pero tal vez valdría la pena preguntarnos por eso a lo que llamamos “normalidad”. El confinamiento, en muchos sentidos, actuó como una lupa que aumentó la imagen de una serie de problemas culturales que siempre estuvieron ahí, pero que no habíamos visibilizado. Sin duda alguna, hemos resentido los problemas sanitarios que son resultado directo de la pandemia, pero hubo otras dificultades que salieron a la luz y que nos obligan a pensar si de verdad queremos regresar a la “normalidad”.

Una de ellas fue la manera como la violencia de género se incrementó, al igual que la violencia hacia los hijos, el acoso y otras situaciones de violencia en el hogar. Si bien es cierto que el encierro es un factor relevante para provocar o detonar ciertos desordenes emocionales, la violencia doméstica no es un problema que haya iniciado en la pandemia, sino que esta última aumentó una situación ya existente. Por otro lado, hay que recordar que la posibilidad de mantenerse confinados ya era de por sí un privilegio que buena parte de la población no podía sostener, lo que evidenció aún más —por si a alguien le quedaban dudas— las marcadas desigualdades económicas y sociales de nuestro país. Otro problema fue la educación a distancia, que provocó un estrés considerable en profesores y estudiantes; eso cuando tenían el equipo necesario para conectarse, ya que, a pesar de las buenas intenciones, no en todos los territorios hay accesibilidad a internet o computadoras, o siquiera energía eléctrica.

¿Es que no existían estos problemas antes de la pandemia? En realidad, siempre estuvieron ahí. Por lo tanto, regresar a la antigua normalidad no suena a tan buena idea después de todo, ya que, si lo pensamos con cuidado, adquiere un matiz profundamente problemático.

Si bien es cierto que a veces la Filosofía es tomada como un ejercicio académico hiperespecializado, en su experiencia originaria (con Sócrates como referencia más representativa, aunque dicha experiencia no se agota en él) tiene que ver con una toma de distancia de todos los saberes, prácticas, y modos de entender la vida que damos por verdaderos. Tal vez uno de los ejemplos más radicales de movimientos filosóficos que tomaron el cuestionamiento de los modos de vida como problema de la Filosofía es el cinismo.

A pesar del sentido peyorativo que esta palabra ha adquirido, para el cinismo filosófico las formas de vida o bíos de la sociedad humana tienen cierta tendencia a organizarse en lugares jerárquicos aceptados por la costumbre. Diógenes de Sinope, uno de los miembros más representativos de este movimiento, fue de los primeros en poner en cuestión las jerarquías socialmente aceptadas entre ricos y pobres, hombres y mujeres, e incluso humanos y animales. Sin duda, los filósofos perrunos —la palabra cínico viene del griego Kynos, que significa “perro”— no han sido los únicos en la Historia de Occidente en cuestionar las formas de vivir, pero sí son de los que han comprendido con mayor claridad que nuestra manera de entender el mundo radica en la corporeidad y la costumbre, y que la única operación posible para modificar la vida colectiva está en una transformación crítica de las prácticas y de la sensibilidad con las que nos relacionamos.

La eticidad del cinismo filosófico radica en desaprender nuestras maneras más arraigadas de entender el mundo, comenzando por poner en cuestión las jerarquías que damos por verdaderas y las relaciones de poder que resultan de ellas. El punto de vista cínico nos hace cuestionar todas las instituciones que intervienen en el tejido social y, sobre todo, las dinámicas violentas que las atraviesan. Si durante la pandemia quienes han llevado la peor parte son las poblaciones vulnerables —no sólo por condición económica, sino también por género o incluso por edad— es en parte porque no hemos repensado estas instituciones y la forma cultural en la que operan. El hecho de que los hogares hayan estado entre los escenarios más violentos durante el confinamiento nos muestra lo arraigadas que están nuestras prácticas violentas.

El discurso sobre el “regreso a la normalidad”, aunque se llame “nueva”, debería generarnos dudas sobre sus implicaciones sociales y éticas. Por un lado, están las desigualdades estructurales del sistema político y económico, como señala David Herrerías Guerra en su artículo “Volver a la normalidad. ¿A cuál?”; pero por otro -y este es el territorio que nos convoca necesariamente, ya que todos estamos inmersos en él- tenemos las prácticas violentas y excluyentes que son normalizadas en nuestra cotidianidad.

El cosmopolitismo cínico, que apelaba a una comunidad de lo viviente, humano y no humano, más allá de las ideologías políticas, nos pone ante la mirada el hecho de que el individuo no puede vivirse aisladamente desatendiendo su inherente relacionalidad, y que el cuidado de sí está permanentemente conectado con el cuidado de los otros; aún más en este momento, en el que la vulnerabilidad nos atraviesa a todos a nivel vital. En otras palabras, la eticidad cínica, en su apertura a la alteridad y en su crítica a la normalización de diversas formas de poder, implica no sólo dejar de participar en estas últimas, sino también dejar de ser indiferentes ante las injusticias que generan.

⃰ Jonathan Caudillo Lozano es maestro en saberes sobre subjetividad y violencia por parte del Colegio de Saberes y doctor en Filosofía en la Universidad Iberoamericana. Realiza investigación sobre temas centrados en la relación entre el cuerpo y la animalidad en la Filosofía y las artes escénicas. Ha publicado diversos artículos en revistas especializadas de Filosofía, y es autor del libro Cuerpo, crueldad y diferencia en la danza butoh, una mirada filosófica, editado por Plaza y Valdez. Actualmente realiza una estancia posdoctoral en el Programa Universitario de Bioética.

 

 

 

Referencias

Diógenes Laercio, (2007). Vidas de los filósofos más ilustres, Madrid: Alianza.

García Gual, Carlos. (2008). La filosofía helenística. España: Síntesis.