blogeditor · 29 de enero de 2013
Por fin se quitó la estatua de Heidar Aliyev de su lugar privilegiado en el pedazo de Chapultepec que Ebrard subastó a Azerbaiyán junto a Reforma, Gandhi y Mariano Escobedo. Vistosa operación con granaderos, grúas, vallas de plástico para que no se notara la maniobra que eventualmente depositó al esperpento –con todo y placa adulatoria, citada por el exjefe de gobierno durante la inauguración de ese espacio, cuando se refirió al Patriarca como ‘gran estadista’- en una bodega en Azcapotzalco y con futuro incierto. Quizá le esté haciendo compañía, en estos momentos, al Coloso del Bicentenario : una de las obras cimeras del calderonismo, junto a la Estela de Luz y otras monstruosidades.
Mal haríamos en dejar que la otra parte del proyecto de rescate urbano-propagandístico permaneciese en el Centro Histórico. La plaza Tlaxcoaque (lugar de indecible sufrimiento, sede de la policía política del Distrito Federal durante los peores años del PRIato), también fue intervenida por los dólares azeríes, y la infinita disposición de auspiciar obras ecocidas, ilegales y de dudosa utilidad, que exaltaran la vocación privatizadora –así fuera con asignaciones directas y fines electoreros- del posible candidato presidencial del neoizquierdismo tricolor.
La saga diaria de nuestros nueviejos próceres, propende a veces hacia la tragicomedia, el Teatro del Absurdo o el gore. Para el caso Aliyev y sus secuelas, quizá el mejor ejemplo tendría que ser la Opera Buffa, con ribetes de Realismo Socialista.


Remontémonos al lejano 1982, año en el que la Presidencia Imperial Mexicana vivía -según expertos- un ocaso que iba a durar tres largos sexenios más (quién sabe cuándo tiempo transcurra, después del regreso, pero ésa es otra historia). Un prominente mando de la KGB y Baba de la República Soviética de Azerbaiyán, encabeza la delegación que visita México y a su Primer Mandatario José López Portillo.

Para consagrar esa fecha, no se le ocurrió mejor idea al cachorro de la Revolución Marcelo Ebrard -ex PRI, ex Centro Democrático; hoy distinguido cuadro del PRD, futuro Jefe Supremo de sus Tribus internas, y candidato natural de la izquierda que no ha dejado de abrevar de sus fuentes priístas- que ceder dos espacios eblemáticos al hijo de Heydar Aliyev y su familia: Ilham, votado recientemente por organismos especializados como el dictador más corrupto del mundo.
El culebrón empieza cuando la embajada azerí cabildea en las dos Cámaras, resoluciones condenando a la República de Armenia en un conflicto del que muy poco se conoce, pero que justifica viajes: mejor dicho, junkets legislativos a Bakú.
Después llegaron las alertas previas y los conflictos; las ceremonias protocolarias, protestas en medios y redes sociales, y una noticia que no debió haberle dado la vuelta al mundo. La farsa de las estatuas y las placas. La inmersión total en un conflicto en curso, en donde en apariencia el DF favorecía a la peor parte.
‘El gobierno de Aliyevstán se compromete a rescatar, como ningún otro, nuestros espacios públicos’. Poco importa su historial, o el compromiso retórico de los políticos y otros tomadores de decisión locales con los Derechos Humanos en la Ciudad de México. En el ocaso de su propio gobierno, Ebrard aprovecha la oportunidad para exaltar al Gran Líder, atestiguar la inauguración de la estatua y la Plaza en donde se encontraban los separos de la policía política del DF. Inmueble que se vino abajo por el temblor, y en donde se encontraron cadáveres encajuelados y en mazmorras, con huellas evidentes de tortura. Un infierno que se ha descrito en otros lugares, con suma elocuencia.
Hay que recordar que cuando despuntaba la década de los ochenta, el jefe de la policía del DF era el doctor honoris causa y delincuente Arturo Durazo Moreno, usuario de las facilidades que proporcionaba el tétrico edificio de Tlaxcoaque.







Perdón si parezco disco rayado, pero no está de más seguir repitiéndolo. Ahora se inicia un nuevo ciclo que se creía superado con la derrota del PRI a nivel federal en el año 2000. No se sabe aún cuál será el rumbo que tomen las instituciones bajo la tutela de una presidencia de ese partido, pero los indicios no son buenos (espero sinceramente estar equivocado, pero ahí está mi aporte a la duda metódica que nos inculcaron a los escépticos). La Ciudad de México podría fungir como un único contrapeso real a posibles tentaciones autoritarias, pero para consolidarse como tal, tendrían que asumirse mecanismos de participación ciudadana hasta ahora inexistentes en el DF.
Antes de que Aliyev pase a ser una anécdota más, extraviada en el vórtice u Hoyo Negro informativo, tenemos la obligación de resolver el destino de un sitio que debe ser rescatado por la verdadera izquierda mexicana, y la sociedad en su conjunto. Que se someta a concurso –de preferencia, bajo el auspicio del Museo de la Memoria y Tolerancia- para que en Tlaxcoaque se honre a las víctimas de represión policiaca en México. Que también se aborde de inmediato, ante la Asamblea, el tema de la nomenclatura de calles, avenidas, plazas, jardines con una metodología incluyente y con aportes de la sociedad civil.
El actual gobierno de Miguel Ángel Mancera en el Distrito Federal ha tenido un mal comienzo; aún hay tiempo de rectificar. Algunos tropiezos como el del tótem Aliyev: su hijo, familia y demás camarilla en México, pueden todavía corregirse. Sólo se requiere decisión, voluntad y una mayor participación de nuestra parte.
Finalmente: que la pedagogía ciudadana incluya vacunas contra la desmemoria.