Maricela Rosales · 21 de noviembre de 2011
“Hay que haber empezado a perder la memoria,
aunque sea solo a retazos para darse cuenta de
que esta memoria es lo que constituye toda nuestra
vida. Una vida sin memoria no seria vida (…)
nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra
razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin
ella, no somos nada…“
Luis Buñuel
-¿Como te sientes?
-Como me siento –repitió y se rasco la cabeza. No puedo decir que me sienta mal. Pero no puedo decir que me sienta bien. No puedo decir que me sienta de ninguna manera.
-¿No eres feliz? –continué
-No puedo decir que lo sea.
-¿Disfrutas de la vida?
-No puedo decir que disfrute…
Vacilé con miedo de estar yendo demasiado lejos, Rebeca era una amiga de mi infancia que recientemente había sufrido una decepción amorosa que le había causado un shock de memoria, no se exactamente el término médico, pero la cosa es que se había quedado sin memoria, bloqueo o como le quieran llamar. Esa tarde la visite en el hospital en donde la tenían recluida para terapia.
-¿Disfrutas de la vida?
-No puedo decir que sienta nada.
-Pero… ¿qué pasa con sentirte viva?
-¿Que si me siento viva? En realidad no. Hace mucho tiempo que no me siento viva.
La expresión en su rostro era de una resignación y una tristeza infinita. Su madre decía que jamás se quejaba de la soledad pero parecía muy sola y nunca expresaba tristeza, pero parecía tan triste.
Me pregunto ¿como es posible que, por abstraerse de una pena, neurológicamente un ser humano sea capaz de bloquear los recuerdos?
En la edad adulta, la vida, la vida superior, puede terminar prematuramente por ataques de senilidad, en otros casos quizá por heridas o accidentes, pero suele conservarse la conciencia de la vida vivida, del propio pasado. Esto suele considerarse como una compensación: “al menos viví plenamente, saboreando la vida en su plenitud, antes de llegar a viejo”.
La amnesia de la que habla Buñuel, puede llegar, quizá, de forma romántica para despertar el valor de nuestra propia vida. Cuántos de nosotros en muchas ocasiones nos sentimos fosilizados en el pasado y es ahí en donde radica nuestra comodidad.
Los humanos tenemos miedo a la soledad, decía Krishnamurti, “Hay dos formas de soledad: Una que es la soledad del aislamiento, con su desesperación, tristeza y separación de todo y de todos y la otra, que es la soledad madura del hombre libre, que al no depender de nada ni de nadie, está relacionado con todo”.
No te ha pasado que un buen día, te levantas escuchando tu propia voz, llamas a todos tus seres mas queridos sin respuesta, y te preocupas un poco, (es parte del precio de la distancia que hay que pagar) un buen día preguntas, dudas, dialogas, también sin respuesta, e irremediablemente llega el momento en que te das cuenta que necesitas, pero no solo como un simple verbo, o como una frase hecha para quedar bien o hacer sentir importante a alguien…de verdad necesitas desesperadamente de alguien… a alguien que te haga sentir de que en realidad te escucha y le importas.
Un buen día te das cuenta que tu coraza cae, y de repente te encuentras allí…mirándote solo, con cierta rabia por mostrar debilidad preguntándote en que momento se fue el control de tus manos. Así pues, solo la diaria y conocida imagen del espejo ante ti es tu oído y boca, y es quien te aportará respuestas y soluciones.
Entonces y solo entonces, te das cuenta de que si quieres seguir, tienes y debes de volver a levantar la coraza del suelo y empezar nuevamente el repetitivo ritual de ser fuerte… solo.
Aunque en cuestiones del amor, esta soledad no se encuentre permitida ante los ojos de los demás. Rebeca bloqueó su vida completa por el hecho de perder a su gran amor. El amor dificulta la aceptación de la soledad, y muchos preferimos ser parte de esos desmemoriados que intentan una y otra vez obtener el preciado tesoro de estar enamorados.
Todo inicia en un “Te quiero” meditado, o sorpresivo… el espacio y el silencio posteriores se llena de conceptos como los que he puesto antes, se llena de ideas, de dolores del pasado, de conceptos filosóficos, científicos, metafísicos, psicológicos…pero no se puede estudiar científicamente lo que pasa solo al mirarse el uno al otro fijamente, ya sea en casa, en un parque o tomando la mano del ser amado, en la cama de un hospital o simplemente al escucharse el uno al otro por teléfono y de repente… sentir la necesidad imperante de decir: “Yo también”, solo cuatro palabras y un silencio, marcan la diferencia en la vida.
El concepto de amor depende de la experiencia de cada uno de nosotros. Tantos millones de letras escritos en su nombre a lo largo de la historia y a final de cuentas cada uno tiene su verdad sobre el amor. Hay una frase de una amiga que dice “Mas vale sola que despersonalizada”…y tengo que aceptar que también tiene razón.
Nuestras historias de amor, son parte de nuestra memoria, aquella que muchos atesoramos y muchos simplemente no queremos recordar.