blogeditor · 11 de marzo de 2022
Cuando hablamos de disparidad entre hombres y mujeres hay que visibilizar las grandes desigualdades que sufrimos nosotras en términos de salarios -las mujeres siguen ganando menos que los hombres-, de vulnerabilidad -la pobreza se ensaña con las mujeres y es más difícil para ellas superarla-, de menor posibilidad de acceder a puestos de dirección en las empresas y menos mujeres en altos cargos políticos -actualmente, de 190 países sólo 22 tienen presidentas-.
Sin embargo, hay que hablar también de otro tipo de desigualdades, unas que son más pequeñas pero que merman la confianza de las mujeres desde la niñez y tienen un impacto en la poca presencia pública que afrontamos las mujeres en espacios cotidianos.
Es un fenómeno que empieza muchas veces en la escuela, las niñas desde sus primeros años empiezan a recibir una serie de mensajes que las van relegando y crecen sintiendo que son menos importantes o que su voz no vale:
a) Cuando en la dinámica del aula las niñas participan menos que los niños, muchas veces las y los docentes privilegian dar la palabra a los varones del salón, les permiten contestar más preguntas y favorecen sus intervenciones; para cuando terminan la primaria las niñas tienden a no levantar la mano y no dar su opinión.
b) Cuando las y los docentes tienen la creencia que las niñas no son buenas para matemáticas ni ciencias, existe una falsa idea que las habilidades de las mujeres son más pertinentes en las áreas de lenguaje y esto tiene un efecto que perdura en el tiempo cuando hay menos mujeres científicas o matemáticas, solo 3% de los premios Nobel en ciencias han sido para mujeres y actualmente solamente el 29.3% de las investigadoras a nivel mundial son mujeres.
c) Cuando el espacio de recreo, fundamental para la socialización es acaparado por hombres, especialmente por aquellos que prefieren jugar al futbol y relegan a las niñas a espacios periféricos; no significa que sea negativo practicar un deporte, significa que los patios de recreo deben pensarse de manera incluyente con actividades para todas y todos sin priorizar los equipos tradicionalmente masculinos.
d) Cuando las niñas reciben burlas por menstruar debido a la falta de educación sexual para niñas y niños y esto genera muchas veces una visión errónea de los procesos fisiológicos por los que atravesamos las mujeres. También hay un estigma negativo para las adolescentes con embarazos tempranos, muchas de ellas dejan la escuela por vergüenza y poco se habla del hombre que por un abuso sexual dejó embarazada a una niña.
e) Y cuando esas niñas crecen y comienzan su vida laboral o deciden ser madres su participación disminuye. Laboran más si contamos las horas de trabajo remunerado y no remunerado, pero ganan menos.
c) Y en un empleo remunerado, por ejemplo, vuelven a ser relegadas en la participación. No las incluyen en una junta, no participan en la presentación de un tema importante o no son incluidas en decisiones trascendentes. A la hora de buscar una promoción son, en muchos casos, ellas mismas quienes no se atreven a buscarlo, porque desde muy pequeñas aprendieron que no lo merecen.
Los problemas que enfrentaron siendo niñas persisten, se multiplican, las mujeres no se atreven a alzar la voz, no son escuchadas, las que deciden quedarse en el hogar o se ven obligadas a hacerlo, no reciben remuneración en la mayoría de los casos y las que laboran fuera, generalmente deben combinar su trabajo con la maternidad, el hogar, la comida y los quehaceres domésticos. Y si toman decisiones de vida como no vivir en pareja o no tener hijos, siempre serán criticadas.
En los empleos, no sólo la desigualdad salarial es un problema. El desempleo para ellas también lo es. De acuerdo con datos de INEGI existe un mayor porcentaje de mujeres desempleadas que hombres y siguen siendo pocas las mujeres directoras en una empresa. Alzar la voz puede ocasionar ser objeto de agresiones muy comunes como “ya le bajó”, “está hormonal”, “seguro no tiene sexo”, “loca”, “histérica”, “tóxica”, “dramática”, por decir lo menos.
Alzar la voz le da valía a una mujer, las niñas deben saber desde sus primeros años de vida que su voz cuenta, que sus decisiones deben ser respetadas, que su punto de vista es importante, para que cuando sean adultas no tengan miedo al rechazo, lo hagan con naturalidad y seguras de que sus opiniones son importantes.
Debemos crear una cultura no solo de reconocimiento de la mujer sino de igualdad de género, de igualdad de elección, de pensamiento y opinión. Que desde el hogar las niñas sean tan tomadas en cuenta como los niños y se termine con las inseguridades que se generan al ser relegadas.
Y en la edad adulta, promovamos la libre elección profesional. Si quiere ser ingeniera, piloto, científica o matemática es igual de valioso que elegir ser maestra, enfermera o mercadóloga. Dejemos que cada mujer decida lo que quiere ser sin miedo al error y quitémonos de la cabeza que una mujer que brilla opacará a un hombre.
Promovamos el liderazgo femenino desde la primera vez que levanta la mano en clase, desde el hogar, cuando busca contar sus ideas mientras come en familia, y acompañémoslas en todo su desarrollo para que logren ser la mejor versión de ellas mismas. Así, todos y todas, estaremos dando pasos para terminar con la desigualdad.