El desafío histórico del Estado Mexicano

blogeditor · 17 de enero de 2017

México vive uno de los momentos más importantes en su historia reciente. En particular, el gobierno federal está enfrentándose al mismo tiempo a una peligrosa situación interna —que de no atenderse puede generar un conflicto de proporciones mayores— y a una continua provocación del próximo presidente del país más poderoso del mundo, para bien o para mal, nuestro vecino del norte.

Por una parte, el pésimo manejo que se ha dado al tema del aumento en los hidrocarburos podría ser el catalizador que terminara por lograr, por la vía del enfado y el hartazgo, que finalmente el México profundo —aquél, por cierto, que sabe que no tiene nada qué perder—, la tímida clase media y el México de primer mundo —o al menos una parte de él—, coincidieran en la única realidad que nos es común a todas y todos: el creciente desencanto que desde hace mucho tiempo invade a unos y otros, aún si por distintas razones, en torno al desempeño de la clase gobernante, de su cínica corrupción, de su incapacidad para hacer gobierno, para armonizar una política de seguridad y justicia que no viole derechos humanos y para generar un mínimo de gobernanza.

La clase gobernante en general le ha faltado el respeto a la sociedad mexicana de muchas formas y en múltiples ocasiones; lo ha hecho con los absurdos nombramientos en los que se ha privilegiado a los amigos y aliados; lo ha hecho al burlarse una y otra vez de las víctimas; lo ha hecho al no reparar en gastos y dispendios; lo ha hecho el propio presidente Peña al preguntarnos a las y los ciudadanos que habríamos hecho nosotros frente al aumento de la gasolina y, nuevamente, al intentar lavarse las manos sobre el tema petrolero.

Por la otra, ahora se suma la pasividad con la que la cancillería y el gobierno del que forma parte han permitido que el presidente electo Donald Trump agreda, amenace y se burle del país continuamente con sus declaraciones, las que, seguramente, concretará con sus próximas acciones.

En lo personal, no me considero un nacionalista, y aunque no concuerdo con quienes opinan que México debería mantener una política tolerante ante la beligerancia del gobierno estadounidense, tampoco comparto las estridencias. Pienso más bien que es justo ahora, cuando este gobierno está por entrar en su recta final, el momento en el que debe demostrarnos que está a la altura de los tiempos en los que le tocó asumir el poder: erradicando de una vez por todas los problemas que él mismo ha prohijado —la corrupción y los conflictos de interés—, resolviendo los que están en sus principales áreas de responsabilidad —la economía, la seguridad, la educación, la justicia, la desigualdad y la inclusión— y emprendiendo un camino de reparación de la confianza ciudadana con base en hechos que nos hagan saber que, en serio, hay una voluntad real de hacer su trabajo a favor del bien público, lejos de particularismos políticos y de las conveniencias electoreras.

Para ello tendrá que romper con los pactos mafiosos, con las prácticas corruptas y estar resuelto a hacer lo único que contribuiría a hacer todo lo demás creíble: rendir cuentas, pedir disculpas sinceras al país entero y estar en disposición de entregar el poder prístinamente en su momento a quienes sí sepan qué hacer, a los que no vengan a aprender, pero sobre todo, a quienes nos respeten y hagan que los otros, dentro y fuera de México, nos respeten también.

Si bien es cierto que, a costa de muchos de sus hombres y de muchas de sus mujeres, México es una de las economías más fuertes del mundo, la fuerza moral que necesita el Estado Mexicano para exigirle al señor Trump que nos trate con respeto radica en el respeto que sea capaz de demostrarle a su gente aquí, en nuestra propia casa.

 

@LGlzPlacencia