Joel Aguirre · 1 de julio de 2026
Por Silvia Elvira Esquivel*
En estos tiempos, cuando el respeto a los derechos humanos parece más una opción que una obligación, cuando la inestabilidad política se vive en todo momento y la discusión social está llena de opiniones, guardar silencio no es una posición neutral. Sobre todo cuando quien calla tiene el poder y el alcance para influir en la conversación social.
En los últimos días, con el inicio de la temporada de premios del mundo del entretenimiento, se ha vuelto recurrente ver a cantantes, modelos y actrices usar esos espacios para posicionarse sobre diferentes temas, ya sea Bad Bunny contra la actuación de ICE en Estados Unidos, Bella Hadid y su apoyo constante a Palestina o Trevor Noah, quien no perdió la oportunidad de hacer bromas, refiriéndose a la relación entre Donald Trump y Jeffrey Epstein, durante su conducción en los Emmys.
Esto ha causado un fuerte debate donde muchas personas opinan que su papel como “artistas” debería limitarse únicamente a entretener mientras que otras consideran que su posición en el foco público es el ideal para poder expresar posturas políticas. Incluso hay quienes consideran que tienen la obligación ética de pronunciarse sobre los conflictos actuales.
Aunque es claro que el derecho a la libre expresión implica la libertad de reservarse opiniones, también es importante destacar que la indiferencia y el silencio ante cuestiones universalmente condenables, como lo es la violación de derechos humanos o genocidios, puede generar muchas dudas sobre las motivaciones y pensamientos de quien calla, sobre todo si se trata de personas que dedican su vida al arte, el cual, y a pesar de lo que opinen algunas figuras públicas, es inherentemente político.
El arte, en cualquiera de sus formas, es una manifestación de los pensamientos de quien lo crea y un reflejo social y cultural de la sociedad (Iglesias, 2018), por lo que resulta difícil pensar en ejemplos de arte completamente ajenos a lo político. Basta con ver obras ampliamente reconocidas como el libro “El invencible verano de Liliana”, de Cristina Rivera Garza, por la cual ganó el Premio Pulitzer en 2024; las últimas tres fotografías ganadoras del premio World Press Photo of the Year, que documentan el dolor en contextos de guerra, o incluso producciones de la cultura popular, como la película de Avatar, atravesada por fuertes mensajes ambientalistas y anticapitalistas. Podríamos seguir con la lista de ejemplos, pero el punto es claro: el arte siempre tiene un mensaje.
De ahí que no se trate de obligar a nadie a tomar una postura específica, pero sí de ser conscientes de que, por la naturaleza misma de ser “artista” y los privilegios que muchas veces trae consigo, la expectativa de pronunciarse sobre temas políticos siempre estará presente. No porque sus opiniones deban considerarse como conocimiento especializado, sino porque reflejan el impulso ético que les motiva para crear su arte y porque su voz tiene la capacidad de mantener vivas discusiones que, de otro modo, serían olvidadas en cuestión de semanas.
Tras los Emmy, muchos titulares se enfocaron más en cómo Billie Eillish inició su discurso con la frase “nadie es inmigrante en tierra robada” que en la propia premiación, y muchas personas solo vieron el Super Bowl por el espectáculo de medio tiempo encabezado por Bad Bunny, cargado de referencias a la cultura latinoamericana y un fuerte mensaje decolonial de identidad y unión.
El Mundial de Futbol ofrece un ejemplo similar. Cada cuatro años, millones de personas siguen no solo los partidos, sino también cada gesto de las figuras que ocupan el centro del escenario. Desde jugadores que aprovechan la atención mediática para pronunciarse sobre temas sociales hasta quienes optan por guardar silencio frente a conflictos internacionales, cualquier decisión termina siendo interpretada como un mensaje. En eventos de esta magnitud, donde el entretenimiento y la política inevitablemente se cruzan, incluso la ausencia de una postura puede convertirse en parte de la conversación pública.
Para bien o para mal, estar en el ojo público de la manera en la que están los y las cantantes, actrices, modelos y todos aquellos que gozan del título de “figura pública”, les da un lugar privilegiado para expresarse e incidir en el cambio social, por lo que su silencio puede resultar indignante, no porque sus opiniones sean necesariamente información veraz o confiable, sino porque aun teniendo la capacidad de influir, deciden no hacerlo.
Al final del día, siguen siendo personas que, como tú y como yo, hablan desde sus capacidades. La diferencia es que ellas y ellos cuentan con plataformas poderosas para hacerse escuchar. En ese contexto, optar por el silencio frente a la injusticia nunca es neutral: es una postura que, muchas veces, nos causa más ruido e indignación que cualquier declaración dicha en voz alta.
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*Silvia Elvira Esquivel es abogada y creyente de que la indiferencia nunca es neutral. Le gustan los datos en contexto, las preguntas que incomodan y la cultura pop. Escribe sobre derechos humanos de la misma manera que analiza una película: buscando quién dirige la historia, quién está fuera de la trama y quién paga el precio del final “feliz”. Actualmente colabora como investigadora del Centro de Investigación Aplicada en Derechos Humanos “Digna Ochoa y Plácido» de la CODHEY. Ig: @silviaesquivel.zip