¿Derecho a la sexualidad? Diversidades funcionales y estigmas sociales

Redacción Animal Político · 16 de diciembre de 2023

En la actualidad, hablar de “discapacidades” resulta controversial. Mucho se ha dicho sobre las formas “correctas e incorrectas” para enunciarlas; si debe hablarse de “discapacidades” o “capacidades diferentes”, por ello, lo aquí reflexionado se situará bajo la idea de personas con diversidades funcionales, la cual permite reconocer desde una perspectiva integradora las diferentes realidades al respecto. Todo esto, sin apuntar de manera negativa aspectos motrices, sensoriales o intelectuales.

Bajo los estigmas sociales, las personas con diversidades funcionales se han enfrentado históricamente a prejuicios que las colocan bajo una mirada capacitista, que divide a los cuerpos humanos en normales y anormales, segregando, minimizando e invalidando a los cuerpos que no encajan en el molde “funcional” a favor del sistema capitalista del que hacemos parte. Por otro lado, encontramos temas importantes como la discriminación y las dificultades a las que a diario se enfrenta esta población: la falta de inclusión en inmuebles, oportunidades laborales, etc. Abonando a lo anterior, poco se habla de un aspecto importante inherente a cualquier persona: el desarrollo libre de la sexualidad.

La sexualidad, según el Instituto Para el Futuro de la Educación, es entendida como una parte fundamental en la vida de las personas, la cual nos permite relacionarnos con otras y otros a partir del conocimiento del cuerpo y nuestra relación con éste. Incluye la creación de lazos afectivos, el género, la identidad de género, la orientación sexual, la intimidad, el placer y la reproducción. Forma parte de cada uno de nosotros y nosotras, pues desde un inicio al nacer con genitales masculinos o femeninos  se establece  la primera diferencia que nos atravesará el resto de nuestra existencia.

A lo largo de la vida, desde temprana edad experimentamos diferentes formas de expresiones sexuales; al sentir curiosidad por conocer nuestros cuerpos o durante la niñez donde creamos grupos de amigos o amigas en función del género. Qué decir de la adolescencia, cuando vivimos los primeros destellos del enamoramiento o la frecuencia con que tenemos prácticas de exploración sexual. Es durante esta etapa donde surge el interés por las relaciones sexuales y en la adultez suele tenerse una vida sexual activa, pero ¿las personas con diversidades funcionales tienen la oportunidad de vivir estas experiencias con la misma libertad que otros y otras?

Es necesario hablar de la visión que se tiene sobre este sector de la población en las sociedades contemporáneas, donde los discursos apuntan a una narrativa incluyente y equitativa, pero que -al mismo tiempo- legitiman discursos violentos que infantilizan, revictimizan, vulneran e invalidan a estas personas. Claro que bajo una perspectiva capacitista que fomenta la discriminación y exclusión al calificar sus cuerpos y diversidades funcionales desde una mirada capitalista, la cual prioriza la productividad y la fuerza de trabajo.

Uno de los estigmas que recaen sobre las personas con diversidades funcionales apunta que la necesidad de cuidados permanentes para realizar acciones diarias es una razón para suponer, erróneamente, que no presentaran un desarrollo mental, físico e intelectual a lo largo de su vida. Verlas como los “eternos niños o eternas niñas” invalida sus necesidades, deseos, decisiones. El uso de adjetivos como “angelitos” o  “seres inocentes”, que con frecuencia se usan para nombrar a las infancias, solo abonan a los discursos discriminatorios y excluyentes al suponer que estas personas son incapaces de cometer acciones moralmente cuestionables o reprobables. Dicho discurso, además de perpetuar el capacitismo, las coloca en una posición compleja respecto a sus funcionalidades y el derecho a ejercer una sexualidad libre y digna.

Entonces, colocar a las personas con capacidades funcionales diversas bajo este estereotipo, resulta problemático porque les quita libertad de elección en torno a temas sexuales. El estigma social produce que sean personas a las que no se les permite tener deseos sexuales de ningún tipo; esto, bajo el supuesto de que las capacidades que presentan les impiden desarrollarse en los diferentes ámbitos de la vida, sobre todo uno que implica un nivel de consciencia en la toma de decisiones sobre su propio cuerpo.

Por supuesto, para esta población se vuelve difícil explorar con dignidad y libertad lo referente a estos temas, debido a que se enfrentan a cargas morales que imposibilitan un desarrollo sano al respecto. Esta suerte de “tabú” implica que, además, rara vez se brinde información personalizada sobre los derechos sexuales de los cuales gozan o de las múltiples formas en que pueden llevar a cabo prácticas sexuales sin poner en riesgo su integridad.

Es de suma importancia cambiar la visión sesgada, llena de prejuicios y estigmas sociales que aún existe y fomenta las desigualdades en torno a las personas con diversidades funcionales. Dar apertura y fomento a los derechos sexuales, desde una perspectiva incluyente, equitativa e integral, les brindará herramientas que les permitan conocer formas de relacionarse sexo-afectivamente, así como acceder a un panorama de sentires y experiencias que les fueron limitados por su “condición”.

Por último, enfatizar que las personas con diversidades funcionales no necesitan el permiso de sus cuidadores, tutores o de la misma sociedad para poder ejercer su sexualidad de manera libre, sana e informada.

* Katya Michel Maestro Huerta es colaboradora del Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria A. C. (@CDHVitoria).