Que no nos quiten el derecho a reírnos del poder

Joel Aguirre · 25 de septiembre de 2026

Que no nos quiten el derecho a reírnos del poder

Por Elio Villaseñor*

“La risa es el tónico, el alivio, la pausa frente al dolor”: Charles Chaplin

En México, el humor ha sido una manera de acompañarnos en tiempos difíciles y también una forma de mirar críticamente al poder.

Una broma puede aligerar una preocupación cotidiana; una caricatura puede mostrar, en un instante, lo que un largo discurso intenta esconder.

Por eso, defender el humor es también defender la libertad de expresarnos como ciudadanos.

De las carpas a la sátira gráfica

Vale la pena recordar las antiguas carpas populares. Allí, Palillo, Cantinflas, Manuel Medel y otros artistas hacían reír mientras señalaban los abusos del poder y las desigualdades sociales.

Entre el doble sentido y la picardía, daban voz a lo que muchas personas pensaban, pero no siempre podían decir abiertamente.

Esa misma mirada crítica aparece en la obra de José Guadalupe Posada. Sus calaveras retrataron al pueblo y a las élites con una ironía capaz de atravesar las apariencias: ante la muerte, los privilegios y las jerarquías pierden toda solemnidad. José Clemente Orozco también utilizó la ironía y las imágenes grotescas para cuestionar las falsas grandezas, la violencia y el fanatismo.

Cada uno encontró su propio lenguaje, pero todos nos dejaron una lección: la risa y la sátira pueden ayudarnos a reconocer las contradicciones de nuestro tiempo. Cuando el poder se presenta como incuestionable, el humor nos invita a mirarlo de nuevo.

El derecho a reírnos del poder

Hoy esa invitación conserva toda su fuerza. Vivimos entre noticias que nos inquietan, discursos que buscan dividirnos y problemas que parecen no tener salida. El humor nos permite tomar aire, compartir lo que sentimos y recuperar ánimo para actuar.

También nos ayuda a discutir la vida pública. Un meme, una caricatura o una parodia pueden abrir una conversación sobre decisiones de gobierno que afectan a todos.

Su valor está en permitir que más personas participen, incluso desde lenguajes distintos a los de la política tradicional.

Por eso merece atención la iniciativa de reforma a la Ley Federal de Protección a la Propiedad Industrial que se discute en el Senado. Según informó Luis Carlos Rodríguez en El Universal el 23 de septiembre de 2026, la propuesta de artículo 403 Bis contempla penas de tres a siete años de prisión por utilizar o imitar, a escala comercial y con el propósito de inducir a error o engaño, la identidad gráfica o los signos oficiales de instituciones públicas. Estas condiciones forman parte del texto: la iniciativa no establece que compartir cualquier meme sea, por sí mismo, un delito.

Sin embargo, el senador Ricardo Anaya advirtió que la redacción podría alcanzar a quienes elaboran parodias con símbolos gubernamentales.

Por ello, pidió que la ley proteja expresamente la sátira y el trabajo periodístico. Es una preocupación que merece discutirse antes de aprobar una disposición con consecuencias penales.

Es razonable impedir que alguien se haga pasar por una institución para engañar a la población. Pero una parodia reconocible tiene otro propósito: cuestionar al poder y provocar una reflexión pública.

La ley debe distinguir con claridad entre ambas situaciones. Si quienes crean una caricatura o una sátira temen enfrentar una investigación penal, podrían optar por callar. Esa autocensura empobrecería la conversación democrática.

Posada nos mostró cuánto puede decir una imagen cuando se atreve a desafiar las apariencias. Su legado nos recuerda que la crítica, incluso cuando incomoda o hace reír, forma parte de una sociedad libre.

La risa que nos acerca

El humor tiene además un lugar en nuestra vida diaria. Reírnos de un tropiezo propio, contar una anécdota en familia o compartir una ocurrencia con los amigos puede ayudarnos a sobrellevar las preocupaciones.

En medio de las diferencias, una risa compartida también puede abrir espacio para volver a escucharnos.

Las nuevas tecnologías amplían las formas de crear y difundir humor. Incluso la inteligencia artificial puede generar bromas e imágenes.

Pero somos las personas quienes damos sentido a una parodia a partir de nuestra experiencia, nuestra memoria y lo que sucede en nuestras comunidades. Ahí nace su capacidad de conmovernos o de hacernos pensar.

Que el miedo no tenga la última palabra

Necesitamos un humor que cuestione al poder sin humillar a quienes sufren; que nos permita reconocer nuestros propios errores y, al mismo tiempo, señalar las injusticias.

Reír no significa ignorar el dolor ni restarle importancia a los problemas. A veces, es una manera de encontrar la fuerza para enfrentarlos.

En una democracia, los gobernantes deben poder ser criticados, caricaturizados y parodiados.

Y los ciudadanos debemos poder expresarnos sin miedo. Cuidar esa libertad es mantener abierto un espacio para la imaginación, el encuentro y la participación.

Que el miedo no tenga la última palabra. Que podamos seguir riendo juntos y, desde esa libertad, seguir construyendo una vida pública más digna y humana.♦ 

*Elio Villaseñor es director de Iniciativa Ciudadana para la Promoción del Diálogo, A. C. Redes: @Iniciativa_pcd