blogeditor · 3 de junio de 2022
¿A quién no le gustan las películas de Johnny Depp? A lo largo de su prolífica carrera en Hollywood, el actor estadounidense ha representado a una serie de personajes muy variados, algunos coloridos y divertidos, otros sombríos y profundos; entrañables muchos de ellos. Su talento, combinado con su imagen excéntrica y desenfadada, le ha granjeado la admiración y el cariño de una gran parte del público al que la industria norteamericana del entretenimiento alcanza a nivel global.
Pero afrontémoslo, Johnny Depp ha sido, también, un hombre violento. No me resulta muy difícil creerlo: Depp es hombre y, hasta hoy, la triste realidad es que la mayoría de nosotros hemos “aprendido” que la violencia es intrínseca a nuestro “ser hombre”. Si ese no fuera argumento suficiente, como parte del juicio que interpuso contra la también actriz Amber Heard por difamación, ella hizo públicas una serie de interacciones en las que Depp habría violentado a quien fuera su esposa, no solo físicamente, sino también verbal, emocional y sexualmente. Además de los dichos de Heard, a lo largo de las más de seis semanas en las que transcurrió el juicio se presentaron evidencias en audio y video que acreditaron varios de esos incidentes. Con todo esto, hoy me parece cuando menos ocioso, si no obstinado, intentar negarlo.
Según la apreciación del jurado convocado para el caso, Heard, en efecto, habría incurrido en difamación contra Depp. Esto, al escribir en una columna de opinión que ella había sido víctima de violencia sexual y sugerir (sin nombrarlo abiertamente) que Depp había sido su agresor sin haber sido capaz de probarlo. Eso es, en estricto sentido, lo que el juicio ha alcanzado a determinar, junto con el hecho de que el propio Depp hizo también una declaración difamatoria en contra de Heard. Pero las implicaciones de lo ocurrido en el híper mediático juicio van mucho más allá de los millones de dólares que tanto Heard como Depp han sido mandatadas a pagar en reparaciones.
Por un lado, el veredicto se ha interpretado como una especie de sentencia absolutoria para Depp, que certificaría que no es un abusador. Ello a pesar de que, hace apenas un par de años, una corte en el Reino Unido fallara en contra de Depp en un juicio que el actor interpuso contra el periódico The Sun por referirse a él en un artículo como “golpeador de (su) esposa”. La corte consideró que había elementos suficientes para fundamentar los dichos de la publicación británica y desestimó la queja del actor. Amén de que aquel juicio no tuvo la repercusión mediática del recientemente concluido en Estados Unidos, la sensación más aparente entre las audiencias no era la de que se había hecho justicia, sino una de sospecha en contra de Heard por haber mantenido un perfil bajo durante su realización.
Quienes no conciben a Depp en el papel del monstruo abusador que violenta a su pareja, al estilo del esposo de Julia Roberts en la cinta noventera “Durmiendo con el enemigo”, no se equivocan del todo. Aunque lastimosamente existen muchísimos, esos no son necesariamente la mayoría de los casos de violencia ejercida cotidianamente por hombres contra mujeres. Una gran cantidad de esas violencias son veladas, inadvertidas, “menores”. Abonando a su invisibilidad, dichas violencias son ejercidas por hombres multidimensionales, que en muchos otros momentos pueden actuar de manera genuinamente afable, cordial, incluso “encantadora”; acaso hombres “normales”, como Depp. Pero, al final, hombres construidos en un entorno de género que valida —y en muchos casos incentiva— la violencia como una forma masculina de expresión de las emociones y de resolución de conflictos. Un entorno que nos ha conducido a naturalizar conductas como las exhibidas por Depp quien, para ventilar su frustración con Heard, lo mismo podía golpear los muebles, lanzar objetos al aire, o espetar insultos a su pareja en un momento de crisis y bajo la influencia de sustancias, que escribir un mensaje de texto a su amigo “bromeando” que quiere matar a su esposa y violar su cadáver para asegurarse de que está muerta.
Por otra parte, los incidentes “viralizados” a través del seguimiento obsesivo del juicio en los medios involucran a Heard también ejerciendo violencia contra Depp, es claro. Si bien esas conductas pueden ser en sí mismas reprochables, están lejos de exculpar las violencias de Depp. En todo caso, nos permiten colocarlas en su justa dimensión: en una relación dada, donde las personas involucradas ejercen violencia mutuamente, el peso estructural en la configuración de los hechos de violencia tenderá a favorecer a quien mejor posicionado esté en la jerarquía que ordena esas interacciones. En este caso, Depp es más acaudalado y goza de mayor popularidad que Heard. Pero de manera más importante, Depp es un hombre que en muchos sentidos encarna lo que la literatura sobre masculinidades llama masculinidad hegemónica. Es un varón, blanco, cisgénero y heterosexual. Asimismo, tiene una imagen pública sensible, pero suficientemente firme; suave, pero seguramente varonil. Todo esto en una sociedad que, en general, valora altamente a ese tipo de sujeto y es mucho más indulgente con él. En correspondencia, el público tiende a someter a un mayor escrutinio las acciones de las mujeres y otras personas feminizadas, a cuestionar más intensamente sus motivos y desconfiar más tenazmente de sus dichos, desde una posición de autoridad sobre ellas que la teoría feminista ha descrito como patriarcal. Así lo evidencia la imagen que la defensa de Depp cultivó sobre Heard —insumisa, arribista, promiscua y ventajosa— que una buena parte del público abrazó sin muchos cuestionamientos.
Aunque la noción que priva es la de que el otrora intérprete del Capitán Jack Sparrow es el ganador, el saldo del caso Depp vs Heard parece ser más bien una larga lista de perdedoras. La primera y más obvia es Amber Heard. Además del escarnio y el encono en su contra manifestados durante el juicio de manera mucho más abrumadora que contra Depp, el veredicto parece legitimar el estigma colocado sobre ella, magnificando su violencia y minimizando una vez más la violencia que demostradamente vivió. Con todo, Heard ocupa una posición de privilegio frente a la mayoría de las mujeres que han seguido el juicio en las pantallas de sus dispositivos electrónicos y, más aún, de la gran mayoría de aquellas que permanecen ajenas a la realidad de las celebridades y enfrentan opresión no solo por ser mujeres, sino también por su condición de clase, “raza”, etc.
Con el llamado #metoo, Hollywood parecía haber dado un envión a la causa de las mujeres víctimas de violencia, quienes -en sociedades como la nuestra- llevan todo el peso de probar que han sido violentadas, y cuyas denuncias son constantemente desatendidas o desestimadas a la menor provocación. Ellas también pierden con el resultado de este juicio que, como espectáculo mediático global, aviva las posturas en varias partes del mundo de quienes pregonan que la igualdad para las mujeres es un hecho y que las causas feministas son innecesarias y una excusa para cometer otro tipo de injusticias. Y, finalmente, perdemos todas las personas al reafirmar una masculinidad patriarcal, que inculca a los hombres que un cierto grado de violencia es tolerable, que las consecuencias negativas de sus actos violentos (ilegales o no) son responsabilidad de otras personas (generalmente mujeres) que les provocan o lastiman, y que, parafraseando el dicho popular, ellos nunca pierden, y que cuando pierden, está bien arrebatar.
* Alí Siles (@AliSilesB) es investigador en el Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la UNAM (@CIEGUNAM) y especialista en masculinidades.