Jorge Avila · 8 de abril de 2026
Hay flores que sólo se abren cuando la luz se ha ido. La reina de la noche, es una flor silenciosa y efímera, despliega su belleza en la oscuridad más profunda. Su aroma invade el aire por unas horas, apenas lo suficiente para recordarnos que incluso en la penumbra existe la posibilidad de lo extraordinario.
Así fue la transición democrática mexicana.
Durante años, la democracia en México no fue una certeza, sino una aparición. Un destello improbable en medio de un régimen acostumbrado a la concentración del poder. Como esa flor nocturna, floreció en condiciones adversas, casi contra la lógica de su tiempo.
A principios de los noventa, cuando José Woldenberg y Luis Salazar publicaron Principios y valores de la democracia, el país comenzaba a experimentar algo inédito: el pluralismo político dejaba de ser una anomalía y comenzaba a convertirse en regla. Las oposiciones encontraban espacios reales de representación, los medios ampliaban sus voces, y el poder ejecutivo transitaba —no sin resistencias— hacia una lógica de poder compartido, como bien lo describió Alonso Lujambio.
Para una ciudadanía formada bajo los rituales del autoritarismo —el dedazo, el fraude electoral, el besamanos, la oposición simbólica— aquello no era simplemente un cambio institucional. Era un cambio cultural. Una ruptura con la idea de que el poder no se cuestiona.
Había que aprender a ser ciudadanos.
Desde el entonces Instituto Federal Electoral se impulsó un proceso deliberado de educación cívica. No se trataba solo de organizar elecciones, sino de formar demócratas. De enseñar que la democracia no es un acto, sino una práctica cotidiana. Que el voto no es el final de la participación, sino su inicio.
La tesis de Woldenberg y Salazar sigue siendo tan vigente como incómoda: sin valores democráticos, las instituciones pierden sentido.
Y sin embargo, esa es la confusión que hoy vuelve a instalarse.
Se ha vuelto común reducir la democracia al acto de votar. Como si la existencia de elecciones bastara para garantizar la libertad. Como si depositar una boleta fuera suficiente para construir legitimidad. Pero la democracia no vive solo en las urnas. Vive en lo que las rodea.
Vive en la equidad de la contienda.
En la libertad de disentir.
En la existencia de contrapesos.
En la posibilidad real de alternancia.
Cuando esos elementos se erosionan, la democracia no desaparece de inmediato. Se transforma. Permanece su forma, pero se vacía su contenido. Se convierte en un ritual sin sustancia.
Ese es el verdadero riesgo.
No el golpe abrupto, sino la lenta disolución. No la cancelación de las elecciones, sino su degradación progresiva. El momento en que dejan de ser competencia y comienzan a ser confirmación.
A este proceso contribuyen no solo decisiones institucionales, sino también una cultura política que se aleja de los valores democráticos. Porque la democracia no se sostiene únicamente en reglas; se sostiene en conductas.
Y hoy, desde el poder, se promueven prácticas que la contradicen.
La concentración del poder como norma.
El discurso de descalificación hacia lo distinto.
La erosión de los espacios colegiados.
La imposición de un pensamiento único disfrazado de voluntad popular.
Estos no son excesos aislados. Son señales. Son los anti valores que, cuando se normalizan, terminan redefiniendo lo aceptable.
Una sociedad no se vuelve permisiva a los autoritarios de un día para otro. Se acostumbra.
Se acostumbra a que el disenso sea sospechoso.
A que la crítica sea traición.
A que el poder no rinda cuentas.
Y en ese proceso, la democracia pierde su sustancia antes de perder su nombre.
Defenderla, entonces, no es un acto retórico. No es una consigna vacía. Es una tarea concreta: preservar las condiciones que hacen posible que el voto sea libre, que la competencia sea justa y que el poder tenga límites.
Porque la historia es clara en una cosa: las democracias no suelen caer de golpe. Se erosionan. Se desgastan. Se diluyen, decisión tras decisión, hasta que un día descubrimos que lo que creíamos sólido ya no lo es.
Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿cuándo ocurrió?
Quizá ocurre ahora.
Quizá esta es una de esas noches largas en la historia democrática de México. Una noche en la que las certezas parecen desvanecerse y los valores que sostenían el pacto común comienzan a debilitarse.
Pero incluso en la noche más oscura, hay flores que esperan su momento.
La democracia mexicana no está muerta. Está en disputa. Y como toda construcción humana, depende de quienes decidan sostenerla. No con discursos, sino con prácticas. No con nostalgia, sino con exigencia.
Volver a formar demócratas no es una tarea del pasado. Es la tarea urgente del presente.
Porque cuando la democracia se queda sin contenido, lo que permanece no es su forma, sino su ausencia.
Y sin embargo, como la reina de la noche, basta una sola flor para recordarnos que la oscuridad no es destino. Es apenas el contexto en el que se decide, otra vez, si queremos florecer.