Redacción Animal Político · 17 de mayo de 2024
Durante casi toda mi vida pensé que poner límites implicaba expulsar de mi territorio a quien fuese necesario en ese mismo instante. A contraluz, poner límites exponía mi necesidad de desaparecer del mapa ajeno. Desde mi diminuta perspectiva debía de haber, sí o sí, un desdibujamiento. Mío o de los otros. A veces de ambos.
Los límites siempre me sonaron radicales, impositivos, severos. Se requería mucho camino recorrido en sentido contrario para que tuviera sentido establecerlos. Es solo que cuando los límites se tocan, todo lo que ocurre después es terreno desconocido y da mucho miedo. ¿Quién soy después de un límite?
En el camino a convertirme en la adulta de treinta y ocho años que soy, me he percatado (por fortuna) de que mi manera de establecer límites no ha sido la más inteligente, pero sí la más obtusa porque siempre estoy dispuesta a irme, a retirarme antes de tiempo.
Es un poco vergonzoso aceptar que con tal de no buscar una forma de ser un poco más asertiva y cuidadosa con los límites que pretendo establecer, desaparezco. Desaparecer, como respuesta a -casi- todo, habla de una nula habilidad que me ha limitado por completo.
¿Es cuestión de voluntad ser distinta a lo que soy? ¿O es mi naturaleza solitaria a la que no puedo contradecir? Confío en que incluso bajo mis propias limitaciones, todavía soy capaz de aprender a delimitarme sin borrarme. (Vaya negligencia emocional la mía: ni establezco un límite ni disfruto del territorio inhóspito).
A Nicolás, mi hijo de seis años, debo ponerle limites todo el tiempo, pero me asusta limitarle. Me ayuda más pensar que le enseño a delimitarse. Porque (de)limitarse parece ser el único camino para conseguir un poquito de felicidad y seguir existiendo en los mapas ajenos. Delimitarse es marcar la frontera de lo nuestro con lo ajeno y cohabitar un lado y el otro.
Auto(de)limitarse en las reacciones, en el deseo. (De)limitarse, porque a veces se puede y a veces no se puede. (De)limitarse en la rabia (más no en el llanto). (De)limitarse en la tristeza, en la expectativa, en la ilusión (y en la desilusión), en lo romántico que puede ser el pensamiento.
(De)limitarse para no vaciarse, no frustrarse y no borrarse.
Y seguir.
