Contenido Animal Político · 2 de septiembre de 2020
Durante julio pasado se hizo viral un video en el que se veía a un oso muy cerca de tres deportistas en el Parque Ecológico Chipinque en Monterrey. El oso #34 ya había sido capturado y liberado en tres ocasiones cuando se alimentaba de basura de áreas urbanas. Este tipo de encuentro muestra que es un animal muy habituado a las personas. Aunque no era el primer encuentro, el caso de la selfie derivó en polémica al determinar que el oso representaba un peligro para la población y debía ser puesto en cautiverio en un zoológico, lo que causó una gran molestia entre la ciudadanía. Entonces se tomó la decisión de castrarlo y llevarlo a un rancho cinegético.
Lamentablemente, la pérdida de miedo a los humanos no es compatible con la vida silvestre, pues aumenta el riesgo de encuentros en donde los animales puedan lastimar a seres humanos o incluso causarles la muerte por comportamiento lúdico o de dominancia, o por el contrario, también incrementa el riesgo para los propios animales de ser agredidos o matados por los humanos al no huir ante su presencia. Otro comportamiento de riesgo es el consumo de basura que, además del bajo aporte nutricional, es muy peligroso en caso de ingerir plástico, aluminio, tóxicos, objetos punzantes, etcétera. Ante estos hechos, se formó un grupo de expertos del gobierno local, la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), Estados Unidos y Canadá, quienes determinaron que, por seguridad del oso y de la población, se trasladara al laboratorio de Fauna Silvestre de la Facultad de Veterinaria de la UANL, donde se evaluó su estado de salud, se castró y se le colocó un collar de rastreo; después fue llevado al rancho cinegético en Chihuahua donde podría vivir en libertad sin tener acceso a áreas urbanas. Esto se hizo ignorando la posibilidad de ser llevado a un santuario en Denver, Estados Unidos.
La PROFEPA afirmó que el procedimiento de castración fue ilegal debido a que el animal pertenece a una especie protegida por encontrarse en peligro de extinción. Después se evidenció que un funcionario de la misma PROFEPA fue quien dio la autorización para la cirugía; por otro lado, también en redes sociales se ha exhibido al personal que la autorizó y realizó la cirugía. Los especialistas, que siguieron los protocolos de reubicación de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, justificaron el procedimiento bajo los siguientes argumentos:
Sin embargo, las críticas continúan, ya sea por el poco tiempo de recuperación postoperatoria, pues se movilizó a la reserva de forma inmediata; o por que también se cuestiona la castración, pues si un adulto lo ataca no podrá responder en igualdad de condiciones al ser un individuo joven y sin testosterona. Es igualmente preocupante que probablemente no tenga las capacidades necesarias para conseguir alimento sin recurrir a asentamientos humanos y no ha quedado claro qué tan efectivo es el sistema de monitoreo con el que se le dará seguimiento al oso. En caso de no haberlo castrado, las hibridaciones ocurren naturalmente y son un factor importante dentro de la evolución biológica, por lo que cabe la duda de si se trataba de un riesgo real o sólo se siguió un protocolo sin aplicar otros criterios biológicos. Otro factor a considerar es si, con la fragmentación de hábitat, hubiera podido aumentar la diversidad genética de los osos de la zona, o bien hubiera podido ser reubicado en un sitio con individuos de su misma subespecie.
Entre tantos dichos, el caso se tornó un debate y cacería de brujas entre especialistas, la reserva, instituciones universitarias y gubernamentales, lo que se hubiera evitado si las decisiones se hubieran tomado con más calma, analizando el caso en particular, sin presión de las redes sociales, con transparencia y comunicación efectiva a la sociedad. La importancia de un manejo bien realizado estriba en que no es el único oso que se acerca a zonas residenciales, por lo que se requieren protocolos para que esta situación no se repita; este caso podría ser un precedente para la implementación de programas verdaderamente efectivos de manejo de residuos y de educación a la población (para que no los alimenten y sepan evadirlos), pues hasta ahora han tenido poco éxito.
Detrás de todo el furor mediático, debemos analizar la situación y preguntarnos ¿cómo llegamos a este punto? La sobrepoblación humana y la deforestación han reducido los ambientes silvestres, de manera que los animales que habitan en estas zonas no tienen que desplazarse mucho antes de encontrar asentamientos humanos. Una vez aquí, encuentran fuentes de comida de fácil acceso entre la basura, desperdicios o lo que les dan los humanos directamente. La responsabilidad es claramente del ser humano y, sin embargo, quienes pagan las consecuencias son los animales silvestres. El oso fue extraído de su casa, castrado y liberado en un territorio desconocido y hostil para él, sin tener las herramientas necesarias para garantizar su supervivencia: eso es lo que genera el justificado descontento. Por otro lado, los humanos seguimos sin asumir responsabilidades; nos indignamos del trato al oso, pero seguimos devastando su hábitat a través de nuestro consumo y crecimiento poblacional; seguimos atrayéndolos con comida y luego quejándonos de la inseguridad que representan. Parafraseando a Sor Juana Inés de la Cruz: “Hombres necios que acusáis al oso sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis”… “¿Pues para qué os espantáis de la culpa que tenéis?”.
Si queremos que los animales silvestres puedan vivir tranquilamente y sin conflictos con la humanidad, debemos empezar por entender y asumir nuestra responsabilidad en dichos conflictos, sólo así podremos resolverlos y evitarlos desde su origen.
*María del Carmen Valle Lira es Médica Veterinaria Zootecnista y Maestra en Ciencias por la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia (fmvz). Se ha dedicado al trabajo con fauna silvestre en zoológicos, vida silvestre y con animales de compañía no convencionales. Actualmente es estudiante de Doctorado en Bioética y Profesora de Asignatura en la UNAM. **Elizabeth Téllez es médica veterinaria zootecnista, maestra en Ciencias por la fmvz y doctora en Bioética, todos por la unam. Desde hace 12 años es profesora de asignatura del Seminario de Bioética en la fmvz y actualmente es responsable de Difusión Cultural en el pub.
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