Redacción Animal Político · 9 de agosto de 2023
“Hay cosas que el dinero no puede comprar”. En tiempos modernos y países con economías de libre mercado es difícil que este antiguo dicho se cumpla. Michael Sandel en su libro What money can’t buy: The moral limits of markets presenta un puñado de ejemplos de cosas que podemos comprar, entre las que se encuentra el derecho a emigrar a Estados Unidos y el derecho a emitir una tonelada métrica de dióxido de carbono. Estos ejemplos son alarmantes, pero lamentablemente el comercio se ha extendido hacia cuestiones mucho más sensibles, como comprar el derecho a disparar a un rinoceronte negro que, dicho sea de paso, se encuentra en peligro de extinción, así como el derecho a la salud en el ser humano.
El derecho a la salud tiene una historia larga. La Organización Mundial de la Salud (OMS) declara en su página que “Todas las personas tienen derecho a la salud. No importando el lugar donde vivan, deberían ser capaces de obtener atención médica de calidad cuando la necesiten y deberían poder pagarla”. Si bien los autores pensamos que se deben tomar muy en serio las palabras de la organización, este derecho no siempre ha sido respetado, incluso muchos historiadores y economistas lo ven como un ideal casi imposible de alcanzar. En México, por ejemplo, la economía, al parecer, es directamente proporcional a la calidad de los servicios que recibe y es que el sistema de salud de nuestro país está conformado tanto por el sector público como por el privado. A pesar de que los recursos públicos son bastos, la falta de una buena administración lleva a diversos problemas, por ejemplo, que el tiempo promedio de espera para recibir la atención sea de aproximadamente 90 minutos. Con el fin de ayudar a satisfacer la demanda, se integra el sector privado, y es así como el sistema de salud mexicano se hace mucho más vulnerable ya que remarca las condiciones de desigualdad en los habitantes y, por lo tanto, resulta ineficiente debido a su incapacidad para cumplir con los objetivos que promueve la OMS.
Hasta este punto parece necesario reflexionar si el dinero puede comprar incluso nuestra moralidad, esa de la que tantas veces se ha vanagloriado el ser humano y que debería guiarnos para tener un comportamiento que priorice el bienestar colectivo antes que el propio. Esto no lo observamos en un contexto empresarial; en este último, frecuentemente, se olvida lo esencial de la especie humana o lo que es peor, lo deja de lado. La práctica común en este contexto es dar prioridad al ahorro en gastos mientras se busca aumentar las ganancias monetarias de una empresa, sin importar si esta práctica pone en peligro la naturaleza, al planeta o a los seres humanos. Tal es el caso de lo recientemente sucedido con Psicofarma, empresa privada mexicana que comercializa medicamentos psiquiátricos controlados. En febrero de este año, cuando se realizaron estudios por parte de la Cofepris, las autoridades encontraron irregularidades en los medicamentos que vendía. Se descubrió que utilizaba medicamentos de prueba como producto terminado para comercializar; además, la presencia de contaminación cruzada y la imposibilidad de determinar de dónde obtienen sus materias primas provocó que la Cofepris confiscara lotes de medicamentos y suspendiera parcialmente las actividades del laboratorio.
Como consecuencias de la sanción a Psicofarma existe un desabasto de medicamentos psiquiátricos en el país, lo cual, por supuesto, es grave. Pero igual de grave sería si los medicamentos no funcionan correctamente, ya que generan un riesgo potencial como puerta de acceso a otros problemas de salud en las personas que los consuman. Y en cualquiera de los casos, los pacientes no tendrían manera de satisfacer sus necesidades farmacéuticas, lo que es parte del derecho a la salud que todos deberíamos gozar, sobre todo en un país como México donde 60 % de la población padece algún tipo de pobreza.
Lo anterior deja expuesto otro punto del mismo problema: la desigualdad en el acceso a los medicamentos en la población. El que los pacientes recurran a alternativas para continuar con su tratamiento, adquiriendo medicamentos por dos vías: por un lado, incentivado el mercado negro, el cual aumenta el valor del producto debido al riesgo que éste conlleva; por otro, la posibilidad de importar los medicamentos, acudir a otros países para conseguirlos o pedir a algún conocido que va de viaje que lo haga. Por supuesto, la capacidad de adquirir la medicina por alguna de estas vías está relacionado con el poder adquisitivo de personas particulares. Lo que nos recuerda que la misma enfermedad es percibida de forma notablemente dispar, dependiendo si se cuenta con suficientes recursos económicos o no.
Es imprescindible clarificar el enfoque que se le está dando a la práctica de la medicina que depende del sector privado, el cual debería priorizar la práctica integral y humanista antes que el negocio, como ha hecho la economía con cualquier cosa. Apelando a Hume, si bien es verdad la triste situación de que, bajo el contexto capitalista, todo puede estar en venta, hay cosas que no deberían estarlo, como la capacidad moral; en este caso la moral de las empresas que prefieren ganancias en lugar de velar por la vida de aquellos que necesitan atención médica, pero no pueden permitírsela debido a diversas circunstancias financieras. La moralidad es un recuerdo de lo esencial de ser humano y de la importancia del colectivo; las empresas deberían preocuparse también por el derecho inalienable a la salud, después de todo la ONU está apostando por que las empresas sean un punto clave para acabar con la pobreza y generar un desarrollo sostenible, al cual le sería beneficioso recibir una dosis de educación ética para enriquecer su perspectiva. Sopesar estas razones es un ejercicio que dejamos al lector.
* Alejandra Ramírez Padrón (@AlePadron94) es bióloga egresada de la Facultad de Ciencias y estudia la maestría en el Posgrado en Ciencias Biológicas con especialización en el área de Biología Evolutiva en la UNAM. Ha impartido seminarios y clases relacionadas con sus intereses en filosofía de la ciencia, filosofía de la biología y ética, los cuales están estrechamente vinculados con su proyecto de maestría. Abraham Olivetti (@OlivettiOscar) estudia el doctorado en el Posgrado de Filosofía de la Ciencia de la UNAM. Sus intereses se centran en la filosofía de la ciencia, especialmente en aspectos epistémicos de la investigación y la justificación de hipótesis por métodos no-deductivos. Actualmente es parte del programa de Estudiantes Asociados del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la máxima casa de estudios.
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