Defender la ridiculización de la religión

blogeditor · 3 de febrero de 2015

Defender la ridiculización de la religión

Al recordar el asesinato de una parte del equipo del periódico satírico francés “Charlie Hebdo” a manos de dos fundamentalistas religiosos en respuesta a sus caricaturas (particularmente a las burlas a Mahoma),[1] pienso que es insuficiente repetir el lugar común (uno acertado) de que matar periodistas (o caricaturistas) lesiona la libertad de expresión y que sin ésta la democracia no es posible. Busco defender otra cosa: la importancia de criticar la religión a través de la ofensa (y muchas veces el insulto). Algo así como defender la ridiculización de la religión.

Criticar las creencias religiosas siempre es complicado. Se trata de una dimensión fundamental de la vida de muchas personas, pero además –aunque a muchos no nos guste- estas creencias pesan muchísimo en nuestras sociedades y trascienden la esfera individual de las personas. La religión no se reduce a lo interno (creo que en principio así debería ser en sociedades democráticas), alcanza a la política, la educación, los medios de comunicación, las elecciones y a muchos otros espacios que tienen impacto en la vida de las personas (creyentes y de quienes no creemos). La religión, como la identidad política, las preferencias sexuales y la forma de concebir la vida, es una dimensión presente en las personas al momento de actuar y de decidir en el ámbito político; es una idea que entra al espacio público (una con un enorme poder) y debe ser criticada y cuestionada como el resto de las ideas que impactan en las libertades y el modo de vida de las personas.

Cuando ridiculizamos a un político a través de la caricatura o los memes para cuestionarlo o mostrar su ineptitud, podemos ver cómo la ofensa gráfica resalta puntos importantes que las palabras no logran expresar. La ridiculización política no sólo es importante, sino que está protegida a nivel internacional por el sistema interamericano (crítica política). La religión coexiste en el espacio público, donde las ideas y creencias deben ser criticadas, y en esa crítica la sensibilidad de quienes las sostienen se lesiona constantemente. El respeto debe garantizarse a las personas y a su libertad religiosa (como obligación frente a los derechos), pero esto no significa que sus ideas adquieran una personalidad propia que deba ser “respetada” (en sentido moral).[2] La democracia no debe blindar las ideas sensibles para las personas (la religión para los creyentes, la laicidad para sus seguidores, etc.), debe enseñarles a enfrentarlas, deliberarlas y tolerar el desacuerdo, incluso el más ofensivo.

[contextly_sidebar id=”BSnQdu3MyqxZG8TXCRBgwfYWJv1AxP8W”]Hay algo profundamente antidemocrático escondido en el discurso del “respeto a la religión”: la sacralización de una idea y la aceptación de una superioridad de lo sagrado al blindarlo de un tipo de crítica (por más ofensiva que ésta sea). Proteger la religión de la ofensa permite cubrir algo que se filtra en muchas decisiones que aceptamos abrir a discusión, como las elecciones de nuestros gobernantes o la autonomía de las personas (léase aborto, matrimonio de personas del mismo sexo, adopción y un largo etcétera), entre otras. La religión está ahí todo el tiempo en temas fundamentales que aceptamos discutir, que decidimos constantemente y que afectan las libertades esenciales de las personas. Encima de esto está el hecho de que sacralizar lo que ofende a las personas abre la puerta para repetir el acto con cualquier otra cosa. Nuestros políticos lo intentan todo el tiempo.

La sátira de las caricaturas tiene un efecto y critica de una forma que no puede lograrse con las palabras, es un tipo de lenguaje distinto que no puede ser sustituido sin cercenar sus alcances. Ridiculizar la religión ofende, tanto como se ofende un ateo (o un creyente que apoya esta libertad) cuando se prohíbe que personas del mismo sexo se casen por motivos religiosos, pero sólo sacamos del campo de la crítica ofensiva a la primera. Esto alcanza los casos de los pueblos indígenas que basan sus vidas en ideas como la Pachamama, la comunidad o las historias de sus antepasados. Aunque intuitivamente pareciera que no es igual o se nos olvide, muchos grupos y personas no centran su vida en la creencia de un dios, o encuentran su razón de ser y la del mundo en la tierra u otros dioses que son permanentemente ofendidos por las decisiones de las mayorías.

Creo que la defensa de la caricatura política y la ridiculización no se limita al mundo occidentalizado y netamente liberal que sostiene que la libertad de expresión es casi ilimitada, sino que es válida también desde la idea del desacuerdo, del reconocimiento del otro y de las tensiones que genera convivir con personas con quienes su forma de concebir el mundo nos parece inaceptable (esto, además de ser auténtico, es inevitable).[3] Esto es válido para cristianos como para musulmanes, para liberales como para marxistas, y para creyentes como para ateos. La capacidad transgresora y comunicativa de la caricatura política supera la concepción del mundo occidental y es una herramienta fundamental para el debate democrático, aun cuando se dirija a la religión e incluso cuando su intención no sea más que ridiculizar algo que no nos gusta de ella sin mayor intención política.

Los liberales más clásicos (perdonen la generalización para el ejemplo) se desgarran cuando las libertades de las mujeres no pueden ser discutidas en países de medio oriente, pero sacralizan sus instituciones del mismo modo (la propiedad, las empresas, los símbolos patrios, las instituciones bancarias y de gobierno, un tipo de economía, etc.). Defender el uso de la ridiculización a la religión es rechazar la dicotomía de crítica “válida” y “prohibida”, porque encuentro que de otra forma se permite imponer una concepción sobre las otras en lugar de que exista un foro abierto para deliberarlas, aunque al hacerlo la gente pueda sentirse ofendida (por sentir la crítica de mal gusto, desatinada, invasiva o excesiva).

Es en la exageración de la imagen donde muchas veces se definen contrastes que no se logran ni con palabras ni con “el lenguaje correcto y las buenas costumbres”. Aquello que se dice por medio de la imagen que ridiculiza no es comunicable quitando su carácter transgresor-ofensivo, y ese poder comunicativo es fundamental para las discusiones democráticas. Para aceptar como legítimas a las decisiones políticas que nos ordenan, debemos escuchar a quienes no están de acuerdo con ellas y las critican ridiculizando nuestros argumentos y fundamentos, tanto como necesitamos que ellos nos escuchen cuando hacemos lo mismo.[4] Esto vale para el creyente que se opone a la adopción por parejas homosexuales al considerarlos antinaturales o depravadas, como para la minoría que exige leyes anti-discriminación para su religión frente a la mayoría religiosa que rechaza esas leyes por estar en contra de esa religión.

La religión es parte de las creencias personales sobre la existencia propia y la concepción del mundo, y debe ser tratada como tal sin distinguirla de otras concepciones no religiosas. Es cierto que es fundamental para un gran número de personas, es precisamente su importancia y valor lo que la hace objeto de crítica, no de “respeto”. El hecho de que sea sagrada para unos, no debe sacralizarla frente al debate público y la deliberación democrática. El respeto de la vida de las personas y su dignidad no pasa por “respetar” la honra o reputación de sus creencias (no difamarlas),[5] sino por generar las condiciones materiales que les permitan desarrollar su vida dignamente, cualesquiera que sea su creencia. Son las condiciones de igualdad las que permitirán que las personas se realicen en la pluralidad y la diversidad. Somos tan distintos y estamos tan permanentemente en desacuerdo que debemos entender que muchas veces lo que defendemos ofende a muchas personas, y que esta ofensa debe ser tolerada para coexistir las unas con las otras.

Es cierto también que para los musulmanes y para muchos otros grupos minoritarios, la ridiculización de sus creencias puede crear un puente a actos de discriminación y de mayor exclusión, porque las condiciones de igualdad que mencioné arriba no existen muchas veces.[6] También es cierto que occidente ha sacralizado muchas otras ideas que utiliza para ridiculizar la diversidad y la pluralidad, mantener el status quo y cerrar la deliberación (valdría la pena estudiar cuántas de estas ideas eran promovidas por “Charlie Hebdo”). La asimetría del poder de quien ridiculiza a las minorías, donde no existen posibilidades de responder de la manera similar, hace mucho daño y creo que es aquí donde está la mayor deuda de la democracia. Pero creo que esta deuda no se paga prohibiendo la crítica ofensiva, sino atacando la ofensa de la desigualdad y del rechazo a la otredad.

 

@VladimirChorny1

 

 

[1] No paso de largo el deplorable hecho de que en México el asesinato de periodistas y la persecución de caricaturistas es común desde hace años, sólo me parece penoso relativizar una tragedia comparándola con el infierno. Señalo esto porque es un argumento que (tristemente) vi recurrentemente en redes sociales ante la indignación por un crimen de esta magnitud en Francia.

[2] En este artículo utilizo la palabra respeto en dos sentidos: primero, como obligación de cumplimiento de un derecho (de carácter político-jurídico) y, segundo, en un sentido moral más relacionado con la idea de honor y sacralización. Cuando hablo de la segunda utilizo comillas (“”).

[3] Hay que desembarazarnos de la idea de sus límites “en el respeto a los derechos de terceros”, no porque esto sea falso (no lo es), sino porque en términos prácticos no significa nada más que un referente a lo obvio (que es limitada) y una cláusula que puede llenarse con cosas que pueden limitarla ilegítimamente. Ofender y ridiculizar una creencia no lesiona el derecho a creer en ella, ni restringe otras libertades de ejercicio de la misma, la libertad religiosa y de convicciones éticas corresponde al ámbito de la moral privada, no al público, y la ridiculización de creencia alguna no limita a este derecho.

[4] Ronald Dworkin. “The Right to Ridicule”. “La religión debe observar los principios de la democracia y no al revés (…) Las convicciones religiosas de ninguna persona no pueden pensarse como vencedoras de la libertad que hace a la democracia posible” (traducción mía).

[5] Ver la Declaración Conjunta sobre Difamación de Religiones y sobre Legislación Anti-terrorista y Anti-extremista de 2008.

[6] Rechazar la sacralización de una idea como la religión implica también rechazar la sacralización de las otras, incluida la de la secularización. Al mismo tiempo, defender la ridiculización implica hacerse cargo de la necesidad de luchar directamente contra los estereotipos que puedan generarse por medio de las asimetrías en la posibilidad de expresarse, para combatirlos y lograr la inclusión y la tolerancia.