Redacción Animal Político · 8 de abril de 2024
Escribo estas líneas mientras continúan las mesas de análisis y la discusión en redes se centra en desmembrar el primer debate presidencial hasta el último detalle, desde la imagen pública de sus participantes, hasta los errores técnicos y críticas a la producción del evento que marca, de manera extraoficial, un primer punto de quiebre en la campaña presidencial. Con el debate cierra el primer mes de campañas y los equipos de campaña de las candidatas y el candidato tienen la oportunidad de evaluar su desempeño y los retos por venir ante los siguientes dos meses de campaña. Sin embargo, la discusión y los comentarios que se han formulado tras el final de este debate plantean una pregunta más grave: ¿realmente son necesarios los debates?
Cierto es que, en los procesos electorales pasados, los debates sirvieron para dotarnos de momentos memorables que se han convertido en memes y otros momentos culturales; en otros casos, los debates nos ofrecieron una idea más clara, por su difusión nacional, de quienes quieren gobernar al país y cuál es su propuesta. Ahora no sabemos de qué sirvió este debate en realidad, y eso es preocupante porque es un indicador del estado del proceso electoral, de la competencia, así como de la ciudadanía que está llamada a votar. Particularmente, creo que es importante destacar un hashtag que se hizo tendencia en X (antes Twitter): #LesValemosMadres porque refleja este problema.
Los temas del primer debate fueron los siguientes: salud, educación, combate a la corrupción, transparencia, no discriminación y grupos vulnerables, y violencia contra las mujeres. Estos temas se distribuyeron en tres segmentos con dos bloques: el primer bloque correspondía a preguntas generales formuladas por la moderadora, Denise Maerker, y el moderador, Manuel López San Martín; el segundo bloque con la selección de preguntas hechas por la ciudadanía mediante redes sociales, agrupadas a su vez en tres sobres con tres preguntas que no conocían los moderadores, una por cada región del país (norte, centro y sur). Previo sorteo se designó el orden de inicio de los segmentos y la selección de preguntas del segundo bloque, por lo que la aleatoriedad garantizaba cierta imparcialidad.
El primer segmento juntó los temas de salud y educación, el segundo el tema de combate a la corrupción y transparencia, y el último bloque se dedicó a la no discriminación, los grupos vulnerables y la violencia contra las mujeres. Sin duda, todos esos temas son de importancia fundamental para la población de nuestro país, sólo superados por la seguridad y la economía que serán objeto de los próximos debates; sin embargo, en lugar de leer un ánimo de interés, simpatía o incluso apoyo por las propuestas o ideas presentadas durante el debate, la nota general fue de desencanto, decepción y un hartazgo ante la predictibilidad de las candidatas y el candidato. Además, nota que ya es común en los debates presidenciales, también estuvieron presentes los ataques y señalamientos mutuos que producen sorna.
El primer punto por discutir sobre la pertinencia de los debates para la competencia electoral y la vida democrática es: si el formato ya no sirve para colocar ideas, propuestas ni personas, sino sólo para generar desencanto, desinterés y abierto desdén hacia el ejercicio público de la discusión, ¿quién gana realmente con los debates? Los partidos políticos saturan nuestros medios de comunicación, las redes sociales y las calles con sus mensajes y su propaganda (colocada indebidamente en el mobiliario público), la sobreexposición a la que estamos sujetas y sujetos diariamente nos hace indiferentes ante sus dichos y sus promesas. Los debates sólo sirven a los partidos para evaluar su desempeño de campaña, porque es claro que no recogen las demandas ciudadanas.
En segundo lugar, las preguntas ciudadanas mostraron un claro interés de sus participantes en dialogar directamente con las candidatas y el candidato, con preguntas concretas que requerían respuestas directas e instrumentadas sobre sus propuestas. Sin embargo, usaron las preguntas para continuar sus ataques o repetir propuestas vacías, en lugar de que la moderación les obligara a responder. Además, cabe destacar que en estas preguntas se observaron las debilidades de las candidatas y el candidato sobre ciertos temas: Claudia Sheinbaum y Xóchitl Gálvez evadieron preguntas sobre corrupción, Sheinbaum evadió las preguntas sobre derechos de las mujeres y derechos de las personas trans, Xóchitl evadió preguntas sobre el sistema de salud y de educación, Jorge Álvarez Máynez evadió preguntas de educación y sobre grupos vulnerables.
En tercer lugar, también derivado de las preguntas, está la cuestión sobre el financiamiento de sus propuestas y cómo piensan aterrizarlas en la realidad nacional, que demuestran una absoluta desconexión de las candidatas y el candidato, así como de sus equipos, con el país que presuntamente quieren gobernar. Como ya han señalado reiteradamente especialistas como Carlos Brown, Máximo Jaramillo o Luis Monroy Gómez Franco, hablar de cualquier propuesta sin explicar de dónde piensan tomar los recursos es irresponsable, pues nada de eso será posible sin una reforma fiscal sustantiva y progresiva. Además, como ejemplificó Xóchitl Gálvez con su propuesta de dar tabletas a estudiantes en todo el país con un chip para garantizar cobertura, o la idea de Sheinbaum sobre la ampliación del IMSS Bienestar, desconocen las capacidades no sólo financieras, sino organizativas e institucionales del Estado y de las entidades federativas o municipios.
Por último, pero no por ello menos importante, también es preocupante ver el discurso y la ausencia de propuestas de cada coalición y partido respecto de los derechos de las mujeres, de la comunidad LGBTTTIQ (particularmente las personas trans), las personas migrantes o los pueblos indígenas. Sus propuestas y sus planteamientos reflejan no sólo un desinterés, sino una abierta desconexión ante los problemas, las violencias y las necesidades que enfrentan, y es inaceptable que insistan en no dedicar el mínimo respeto a ellas. Por un lado, se encierran en el discurso genérico de atender las causas de la violencia, pero no tienen otra respuesta que no sea judicializar la respuesta del Estado; por el otro, ninguna de las candidatas y ninguno de los candidatos se manifestó abiertamente a favor de expandir y fortalecer los ejercicios de los derechos de todas estas comunidades y sujetos sociales.
Finalmente, el debate sólo nos permitió ver, a nivel nacional y horario estelar, la absoluta desconexión y cerrazón de nuestra clase política ante las realidades y los problemas que enfrentamos todos los días en todos los rincones del país. A dos meses de la elección presidencial y la renovación del Congreso de la Unión, los Congresos locales, gubernaturas y presidencias municipales, nos enfrentamos a una orfandad política que se torna insostenible ante las distintas crisis sociales que vivimos en nuestro país. Los debates son un instrumento de agenda pública y deberían servir para que los partidos y sus candidaturas ajustaran su trabajo al interés de la ciudadanía, pero sólo nos demuestran que, como tal, los debates sólo les sirven para ventilar sus rencillas y hacer palpable el aislamiento en el que viven.
* Armando Luna Franco (@drats89) es Politólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, especializado en temas de teoría política y sistemas electorales.