De una muerte rápida y furiosa

blogeditor · 5 de diciembre de 2013

De una muerte rápida y furiosa

Los noticieros de Los Ángeles le han dedicado una semana entera de cobertura obsesiva a la muerte del actor Paul Walker y su amigo Roger Rodas ocurrida el sábado en la pequeña ciudad de Valencia. “Problemas de primer mundo”, dirá el amable lector de Animal Político. Y probablemente tenga razón: muchas cosas pasan en el mundo como para dedicarle ríos de tinta y horas aire a la muerte de un actor. Pero pongamos pausa por un momento al desprecio informativo.

Resulta que Walker era un tipo interesante. Padre de una hija de 15 años de edad, era también un conocido filántropo. Hace cuatro años fundó una organización de voluntarios llamada Reach Out Worldwide. Con su fundación y sin cámaras ni micrófonos que lo endiosaran, Walker viajó a Haití, Chile y varias otras zonas de desastre a ayudar personalmente en las labores de rescate y apoyo. Se dice que apenas unos días antes de su muerte había organizado un envío de víveres para los damnificados en Filipinas. Todo esto lo hizo haciendo eco de la vocación misionera, la mejor parte del mormonismo, religión en la que fue criado.  El hombre, pues, era un buen tipo. Y su muerte –trágica y tonta– ha sacudido a la ciudad donde hizo carrera y donde se hizo también de un enorme número de seguidores.

La muerte de Walker también ha abierto un debate interesante en los últimos días. De una u otra manera, el actor se había convertido en el rostro público de la adicción a la adrenalina. A partir de la serie cinematográfica Fast and Furious, Walker hizo suyo el apego fanático de su personaje por los automóviles. Le gustaba correr y experimentar esa suerte de vértigo que provee la velocidad. En ese sentido, era un producto perfecto de su tiempo y su sociedad, adicta a la velocidad en la cultura popular.

[contextly_sidebar id=”6f06776d42760c86625ab19fc104d166″]Pensemos primero en el cine. La famosa franquicia que encabezaba Walker se ha colocado ya en el quinceavo lugar entre las series fílmicas que más dinero han recaudado. Las primeras seis películas de Fast and Furious generaron más de 2 mil quinientos millones de dólares en todo el planeta. La séptima película, a la que sólo le faltaban detalles, seguramente elevaría a la franquicia  al codiciado “top-10” de la historia del cine. Dentro de unos meses llegará a las salas otra película relacionada con la velocidad: Need for Speed, inspirada en la serie de videojuegos.

Ese mundo –el de los juegos de video– también abona a la cultura de la velocidad. Desde su origen el 1994, la propia serie Need for Speed ha vendido más de 150 millones de juegos en todo el mundo. Se calcula que los jugadores han recorrido al menos 300 mil millones de millas virtuales, haciendo rugir el motor de autos rápidos y furiosos que coquetean con curvas imposibles en el asfalto urbano.

Lo curioso es que esta suerte de ubicuidad de la cultura de la adrenalina y la velocidad (sea virtual o real) no ha producido mejores conductores. De acuerdo con un estudio reciente, los videojugadores creen que, por serlo, saben manejar mejor. La realidad es muy distinta: parece estar comprobado que, contra lo que podría suponerse, los jugadores adictos a la velocidad virtual se vuelven mucho menos hábiles y más descuidados en las calles. En el sondeo, 31% de los videojugadores admitieron haberse pasado un alto en el mes anterior a la encuesta. ¿Y los que no juegan? Sólo 14. 25 % de los jugadores de videojuegos de autos reconocieron ceder a la tentación de correr en las calles contra el 13% de los no-jugadores.

A nadie debe sorprender, entonces, que fenómenos como las carreras callejeras vayan en aumento en Estados Unidos. Tras la muerte de Paul Walker, las autoridades temen que el incidente en Valencia se vuelva más un aliciente que una advertencia. El lunes, cuando cientos de seguidores de Walker se habían reunido para recordar al actor en el lugar donde falleció amarrado a un peligrosísimo Porsche Carrera GT, un periódico recogió la opinión de un adolescente. Miraba, por supuesto, el lugar del accidente. Pero sobre todo admiraba la curva en la que, se supone, perdió el control Roger Rodas antes de chocar con tremenda violencia contra un par de árboles y un poste. “Esta es la curva Hércules”, decía la chica, de 18 años de edad: “es maravillosa para hacer ‘drifting’ (deslizar el auto mientras se toma una curva). Es una curva… perfecta”.

A Walker, que tenía un buen corazón, seguramente le entristecería ver la riesgosa fascinación que su muerte, horrorosa de verdad, ha dejado atrás.