blogeditor · 27 de octubre de 2020
Urge explicarles a las feministas que con violencia no se logra nada, que con cristales y puertas rotos a hachazos, monumentos pintados con símbolos anárquicos o frases pro aborto, estatuas a las que un martillo les realizó una fallida cirugía de nariz, fuentes donde el agua violeta sale a borbotones, diamantina rosa flotando por sobre el hombro de un político, cuadros de personajes históricos adornados con bigotes y cuernos sólo van a ganarse el desdoro y la desaprobación social, los cuales, por cierto, tanta falta les hacen. Citarles con frases sacadas de Wikipedia -porque nosotros sólo lo leímos por encimita-, Desobediencia civil de Henry Thoreau -sin saber que ahí se propone un quiebre consciente de la legalidad-, recordarles la Marcha de la Sal de Gandhi, la negación a ceder el asiento de Rosa Parks y el boicot de autobuses en Montgomery de Martin Luther King. Pero, sobre todo, decirles que ellas, más que nadie, deberían portarse bien, porque ésas no son las formas de una “buena señorita”. Las mujeres no gritan, mucho menos rompen. Y siempre, siempre recordarles que “las feministas de hoy ya no son como las de antes”.
Hay tanto que explicarles a esas “feminazis” sobre la historia del movimiento que dicen defender porque “han perdido el objetivo de su lucha”. De modo que más vale ladrarles más con tuitazos, posteos furiosos en Facebook y memes ridiculizándolas desde nuestro monitor instalado en nuestros cómodos hogares. Nosotros no hemos asistido a ninguna marcha, pero no importa, la lucha hoy se lleva en el ciberespacio. Lanzaremos argumentos con bases históricas; incluso apelaremos a ejemplos de su propio movimiento como cuando las sufragistas norteamericanas, en 1917, rodearon diaria y pacíficamente por meses la Casa Blanca, y las británicas, miembros de la Women Social and Political Union (WSPU), en 1906, protestaron fuera de la Casa de los Comunes. Pero hay que obviar -ya sea por ignorancia o porque así nos conviene- que tras el primer episodio doscientas de ellas fueron encarceladas, que Emily W. Davison murió aplastada por el caballo del rey de Gran Bretaña y que varias militantes, como lo relata la líder de la WSPU, Emmeline Pankhurst, vivieron el tormento y horror de la cárcel. Por supuesto, tampoco evidenciaremos el término despectivo “suffragette”, acuñado por el Daily Mail a inicios del XX, para diferenciar entre las “buenas” y las “malas” mujeres que reivindicaban el derecho al voto. Hoy nos viene mejor, insistimos, llamarlas a todas: “feminazis”.
Porque en la historia feminista que nosotros conocemos -o más bien, desconocemos- las feministas de la segunda ola protestaban desde sus casas bordando pancartas adornadas con flores o pidiendo “por favorcito” y con un té en la mano que a las mujeres se les diera el derecho al voto. Las tácticas para llamar la atención pública -representadas en el documental Les Suffragettes, ni paillassons, ni prostituées de Michèle Dominici, en la una reciente versión ficcionada Las sufragistas de Sarah Gavron y relatados en Feminismo para principantes de Nuria Varela-, como cuando la militante de la Women’s Freedom League, (WFL) Muriel Matters, usó un dirigible para lanzar proclamas feministas sobre Londres; Marion Wallace Dunlop grabó en los muros del Parlamento la Declaración de Derechos, Leonora Cohen destruyó la vitrina que reguardaba las joyas de la Corona en la Torre de Londres o miembros de la WSPU destruyeron escaparates de tiendas, quemaron casas señoriales, escupieron a políticos, enviaron cartas bomba y bombardearon la Abadía de Westminster, se relegaron a un espacio oscuro de nuestra memoria colectiva y con ello, olvidamos que, al igual que “las de ahora”, las feministas “de antes” también ponían el cuerpo.
Como lo afirma la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en una sociedad democrática el espacio urbano y público no sólo es un ámbito de circulación, sino también un espacio de participación política. En él se ejerce, pues, uno de nuestros derechos fundamentales: el de la libertad de expresión. Y, como sabemos, hay diversas formas de ocupar ese espacio así como hay diversas formas de protesta: desde la pacífica hasta el “uso de la violencia”. Pero justo ahí está el quid de la cuestión: la urgente necesidad de diferenciar entre los términos “violencia”, “vandalismo” y “protesta”. En un video que circula en redes sociales, la catedrática de la Universidad de Guadalajara, Miriam Tello, explica que la primera es el acto que ejerce un sujeto (o grupo de sujetos) contra otro sujeto (o grupo), en el segundo no hay propósito, el ejercicio del caos y la destrucción es gratuito, mientras que la protesta no busca violentar de forma personal y sí tiene una intención. Una distinción que pareciera nueva y sólo aplicable a las actuales protestas feministas, pero cuyo debate es de larga data; recordemos que incluso anarquistas del siglo XIX como Mijaíl Bakunin y Errico Malatesta consideraban la violencia como una fuerza necesaria y a veces deseable: “Guerra a la violencia: éste es el móvil esencial del anarquismo. Desgraciadamente, con mucha frecuencia, contra la violencia no existe otro medio de defensa que la violencia. Pero, incluso entonces, no es violento el que se defiende, sino el que obliga a los otros a tenerse que defender (…) el asesino es el que pone a otros en la terrible necesidad de matar o morir”, diría el teórico italiano del anarquismo moderno.
La protesta performativa o política pre-figurativa, que abarca desde el acto de habla perlocutivo que, como define John L. Austin en Cómo hacer cosas con palabras, incluye las consignas y las demandas, hasta las pintas de paredes o monumentos y pasa por la exposición del propio cuerpo, no es una mera manifestación del enojo, la frustración, agitación y búsqueda de justicia, sino también es una forma de acción no-estratégica (expresiva) que simboliza. En sus Notes Toward a Performative Theory of Assembly, Judith Butler explica que los cuerpos congregados tienen un efecto performativo en dos sentidos: primero, cuando están juntos en una protesta, huelga, vigilia o plantón representan la contestación. O como afirma la investigadora española Mari Luz Esteban Galarza en Cuerpos políticos y agencia: “Un movimiento social como el feminismo se va construyendo a sí mismo a través de actividades grupales que movilizan y ponen en relación los cuerpos feministas individuales, que van conformando así un cuerpo colectivo”. Segundo, dice Butler, los cuerpos son objeto de esas contestaciones, especialmente en aglomeraciones que desafían la “precariedad acelerada” de nuestra época, pues al poner el cuerpo “en riesgo” se afirma que éste es una condición de una vida social y política. En este sentido, cuando durante las protestas feministas las mujeres muestran los pechos, se escriben consignas en la piel, escalan estatuas para amarrarles pañuelos verdes y morados al cuello y revientan a martillazos las cabinas telefónicas, están resignificando su cuerpo y se están apropiando del espacio que éste habita. Con él se ponen al frente de cámaras de video y foto, extraños, políticos, policías y granaderos para hacerles saber que han perdido el miedo y, a su vez, afirman que sus cuerpos también son políticos.
“Las feministas ya no son las de antes”. No, no lo son. Las “de antes”, según el Código Civil Napoleónico sucesivo a la Revolución francesa, que consagró el principio de inferioridad de la mujer -como todavía sucede hoy en muchas sociedades ultraconservadoras y radicales- si estaban casadas, no tenían derecho a disponer de sus bienes, por ley estaban sometidas a un hombre, no podían mantener una profesión ni un trabajo sin permiso, en caso de adulterio o aborto sus cuerpos no les pertenecían y, claro está, no tenían derecho a votar. Las feministas de hoy -de ciertas sociedades democráticas y en el eje superior de la interseccionalidad-, como lo describe Rosario Hernández Catalán en Feminismo para no feministas, tienen derecho al voto, a la educación superior, tienen acceso al trabajo y a sus bienes, entre otros. Las feministas de hoy son las orgullosas nietas de aquellas nacidas en ese verano de 1848 en un pueblecito del estado de Nueva York, junto con la Declaración de Séneca Falls. Las feministas de hoy pasaron de ser de suffragettes a orgullosas feminazis.
* Adriana Romero-Nieto (@adrianaromeniet) es feminista, traductora miembro de @ametliac y editora socia de @AuieoEdiciones.