blogeditor · 9 de febrero de 2015
Bajo el auspicio de una decoradora, Aaron Schock habilitó su oficina del Congreso en la Colina del Capitolio en Washington como set o plató de la mansión señorial de Downton Abbey. Uno de sus ex asesores (recién destituido, precisamente por sus exabruptos racistas que al tornarse virales lo volvieron insostenible) explotó en su cuenta de Facebook, comparando a la población afroamericana del Distrito de Columbia con ‘bestias escapadas del zoológico’. Ha sido una quincena prescindible para el bisoño y popular legislador estadounidense.



Schock es una de las ‘jóvenes promesas’ del Partido Republicano que constituye la mayoría de las dos Cámaras; una foto suya, con el torso desnudo, ocupó la portada de la revista Men’s Health, presumiendo abdomen y disciplina en el gimnasio. Su cuenta en Instagram presume fotos suyas ‘surfeando, caminando a través de glaciares, bailando el tango en las calles de Buenos Aires y sonriendo junto a la cantante de pop Ariana Grande poniendo ‘cara de pato’, como lo describe una nota biográfica reciente en el Washington Post.
Figuras como la de Aaron Schock, y el Grand Old Party al que pertenecen y controlan los hermanos petroleros Charles y David Koch, dueños de una de las empresas privadas más grandes del mundo; nativistas, xenófobos e incansables impulsores financieros de la franja Republicana más acendradamente lunática Partido del Té, tras la decisión de la Suprema Corte norteamericana que aprobó el financiamiento ilimitado de corporaciones en los comicios merced al caso Citizens United v. FEC (caso que reafirma que para efectos electorales y en vernáculo, las empresas son personas), obligan a rastrear las andadas de sus satélites o dependientes.
Schock representa al distrito federal 18 del estado de Illinois. Tiene 33 años, la edad promedio de algunos políticos locales que –de saber de su existencia- buscarían emularlo, con harto más presupuesto, nula supervisión social y peores consecuencias: personajes tales como el gobernador Manuel Velasco de Chiapas (habituante como Schock del espejo) o el Voldemort quintanarroense Roberto Borge Angulo: excelsos exponentes del muchismo mexicano. Dos personajes, entre muchos otros de la iniciativa pública y privada, que suplen con sus tropelías la historia broncínea de antaño, inaugurando una nueva saga de la impunidad.
Los contribuyentes norteamericanos han debido financiar las renovaciones oficinescas de Schock, congresista federal desde 2009 y antes legislador en su natal Illinois. (Su distrito incluye la ciudad de Peoria, referente de uno de los clichés más socorridos de la época del vodevil: Will it play in Peoria?).
Ascienden los gastos erogados, apenas –comparándo los con despilfarros autóctonos, que aquí son legión- a cien mil dólares. Su oficina presume vistosos candeleros, vasijas con plumas de aves exóticas y otros objetos-homenaje a la serie británica que relata los altibajos de una familia de la nobleza británica, y que embona poco con el declarado republicanismo (con erre minúscula) de este enemigo ocasional –empero, desde las entrañas de un conservadurismo chabacano, digno de Reagan y de George Bush, hijo- del Tea Party.
Estos datos escuetos nos remiten, por comparación, a las luminarias del Mirreynato (Temas de Hoy, Planeta, 2014) escritas por Ricardo Raphael. Schock envidiaría el acceso que aquí los políticos-empresarios de abolengo tienen a fondos ilimitados, que no son suyos, para satisfacer sus caprichos personales. Página 54:
‘… no pueden quedar fuera los arreglos que el actual gobernador de Zacatecas, Miguel Alonso Reyes, mandó hacer a la residencia oficial donde habita con el objeto de que la recámara del mandatario fuera una réplica de la suite principal del hotel Bellagio de Las Vegas; el costo de la obra fue de 20 millones de pesos … No sobra aclarar que este gobernador mirrey instruyó que los arreglos se pagaran con cargo al contribuyente, por medio de una partida dedicada al equipamiento urbano’.
En México son diosecitos, profetas adelantados del equivalente local de los Cultos del Cargo; surgidas (en otro contexto) en las Islas del Pacífico después de la Segunda Guerra Mundial, pero bien vistas en la pantalla distorsionada del presente mexicano. Cleptócratas de la exclusiva secta de su Serenísima Personalidad, que ofrece magros beneficios fuera del círculo cercano.



Avión hechizo, como la oficina y figura de Aaron Schock. Culto al Cargamento, parecido al de John Frum en la isla de Vanuatu.

Sin confundir lo anterior, con el apego a los aviones de lujo que exhibió en Facebook la vástaga del zar del sindicato petrolero. En este avión de verdad viajan sonrientes Paulina, hija del jeque sempiterno de los petroleros y senador en funciones Carlos Romero Deschamps (PRI).
Para los destartalados estándares éticos de la política mexicana (si los hay), Schock es un simple diletante; sus filias decorativas y credenciales narcisistas apenas registrarían un blip en el radar de la opinión pública y redes sociales, y no justifican el escarnio que se merecen los hijos de políticos que compran mansiones como las del clan Downton.
Otro caso que apenas alcanza para colmar el vaso medio lleno de escándalos locales es el de Brian Williams, conductor del noticiero nocturno de mayor audiencia en NBC, en un entorno en el que las cadenas tradicionales han cedido terreno a las transmisiones por cable desde la fundación de CNN, sobre todo Fox News o Ministerio de la Verdad que comanda News Corp, engendro del magnate conservador australobritánico, Rupert Murdoch.
Williams estuvo en Irak en 2003 durante la invasión impulsada por Bush y Cheney para ‘localizar y neutralizar inexistentes armas de destrucción masiva, colapsando a ese país en un proceso inacabable, como periodista embebido en las fuerzas armadas; viajaba por el desierto vía helicóptero artillado cuando otro aparato similar –no el suyo- fue alcanzado por granadas, obligando a aquella nave a un descenso de emergencia. En su reportaje para la emisión del noticiario de Tom Brokaw, aclaró que su propio transporte se vio obligado a aterrizar en el mismo sitio minutos después. Quedaba claro que Williams no había sido testigo del ataque inicial.
Con el tiempo el relato inicial, verídico, fue transformándose hasta que su participación en esta historia adquirió un papel central. Ante personajes de la farándula como David Letterman, alegó que el helicóptero que estaba siendo usado para llevarlo a distintos escenarios de guerra había sido el impactado. Entrevistado por estudiantes y académicos de Universidad de Fairfield en 2007, dijo haber observado cómo el cañón humeante del lanzagranada apuntaba hacia la aeronave donde él era pasajero, y daba en el blanco.
Se puede inflar el currículum egolátrico en profesiones como la de Williams (anchorman que, hasta su defenestración, lideraba el rating de las tres cadenas principales para ese espacio nocturno, donde alguna vez voces, rostros y trayectorias como las de Ed Murrow o Walter Cronkite, enormes periodistas, pusieron en evidencia -por contraste- el paupérrimo papel de nuestros estenógrafos ‘en horario triple AAA’ del poder en turno), pero sólo hasta cierto punto. Doce años después de los hechos, tripulantes del ejército que sí sufrieron el impacto directo del proyectil enmendaron la plana al ex protagonista de NBC Nightly News. Así se cerró el capítulo mitománico del comunicador más popular de la televisión norteamericana.
La disculpa de Brian Williams. El reportero se ausentará ‘un tiempo’ de sus labores en el programa. Se desconoce si regresará como su titular.
Para no dejar, el New York Times recapituló las inconsistencias en la historia que ha manejado el conductor televisivo, en donde con el correr de los años asumía roles de protagonista. Williams atribuye sus invenciones a ‘la neblina de la guerra’; las redes no tardaron en responder con ingenio y ferocidad.


Medios de la envergadura de NBC/Comcast, que forman parte esencial del Establishment, arrastran consigo una enorme responsabilidad en la manufactura del consentimiento que hizo más fácil la invasión de Irak por parte de Bush y su séquito de vulcanes, e intervenciones análogas en la era de Obama. Es injustificable su aquiescencia ante asuntos como el de la definición universalmente aceptada de la tortura que se suplió -por presiones del gobierno federal- con eufemismos, o la reacción desdeñosa de las estrellas del firmamento informativo tras las filtraciones de Edward Snowden sobre los abusos, en distintos frentes, perpetrados contra la ciudadanía por la Agencia de Seguridad Nacional y el GCHQ, su contraparte británica.
El congresista Aaron Schock y el periodista/vocero del gobierno Brian Williams son los dos polos de un eje: el de la política y el las noticias como apéndice de la industria del entretenimiento, que marchan juntos pero que, ante una infracción intolerable, llega a castigar a uno de los suyos con el ostracismo, la pérdida del empleo (así sea temporal, como en el caso del periodista estrella de la empresa NBC) y la sangría adicional de credibilidad, de suyo dañada por la mentira patriotera e institucionalizada.
Algo parecido a este tipo de autocorrecciones debería de ocurrir con la prensa oficial en México. No hace mucho, la planta reporteril completa de Fox News tuvo que recular después de la divulgación de una mentira descomunal en sus espacios noticiosos, a raíz de los atentados contra Charlie Hebdo y un mercado kosher: la certeza, por parte de sus ‘expertos’, que había ciudades enteras de Europa (como Birmingham, en el Reino Unido), donde ‘impera abiertamente la Sharia’, y ‘zonas de acceso vedadas para la autoridad, ‘y los occidentales [sic]’. Patrañas engullidas por un público ignorante, predispuesto a creer desorbitadas fábulas y temores infundados que articulan Fox o Brian Williams y diversos tontos útiles.
¿En qué mundo paralelo hubiese sucedido lo mismo, a raíz de la puesta en escena y arresto de Florence Cassez? Hasta donde se sabe, no hubo sabáticos o sanciones similares en México. Apenas una mínima autocrítica televisiva, por el montaje de la Policía Federal.
La prensa de interés social se abre paso dificultosamente; en muchas ocasiones y en distintos lugares de la República Mexicana, a riesgo incluso de su propia vida. Persisten, del otro lado de la trinchera, nombramientos que encumbran al compadre Virgilio Andrade, que dará luz verde a los regalos recibidos (en efectivo, o especie) por Enrique Peña Nieto, Angélica Rivera, Luis Videgaray y otros beneficiarios de la generosidad empresarial.
Son embustes sistemáticos. Derroteros previamente recorridos por los amigos del PRIato: sus fantoches o patiños que serán las supercarreteras del mañana para ellos, y los ‘Pactistas por México’ restantes. Todo narrado por la otra medios masivos y perniciosos de comunicación televisada que son mendaces casi por default. Versiones de Brian Williams alquiladas al mejor postor, y nuestros Aaron Schock legislativos, traficando influencia a montones; explorando territorios mirreyescos en posible ruta directa hacia el Premio Número Uno, actualmente en poder del Cártel de Atracomulco, sucursal Hidalgo.
El resbalón de ambos personajes en los Estados Unidos obliga a reflexiones y cambios en nuestro país. Por el momento, y con honrosas excepciones, el tema se reduce a la confección de algo parecido a un almanaque: con opúsculos gráficos, que no rebasan la anécdota pitorrera de la creciente debacle nacional.


