Bernardo Cacho · 8 de octubre de 2026
“No se cuidó”… Es una frase que todavía escuchamos cuando alguien desarrolla cáncer.
A veces viene acompañada de otras explicaciones: “fumó demasiado”, “comía mal”, “nunca hacía ejercicio”. Y existen versiones todavía más difíciles de justificar: “fue por un coraje”, “guardó demasiadas emociones”, “vivía estresado” o “no tuvo una actitud lo suficientemente positiva”.
Cuando alguien desarrolla cáncer buscamos una explicación. Es comprensible. La enfermedad produce miedo y la incertidumbre resulta difícil de tolerar.
El problema comienza cuando, al no encontrar una explicación sencilla, buscamos un culpable. Y muchas veces el culpable termina siendo el paciente.
No. El cáncer no apareció “por un coraje”. Pero tampoco podemos ignorar que existen factores que aumentan la probabilidad de desarrollarlo.
Y ahí comienza una conversación mucho más complicada.
El cáncer no es una sola enfermedad ni tiene una sola causa. En su desarrollo intervienen la edad, la genética, el ambiente, determinadas infecciones, exposiciones acumuladas a lo largo de décadas y fenómenos biológicos que todavía no comprendemos del todo.
Hay personas que nunca fumaron y desarrollaron cáncer de pulmón. Hay personas con obesidad que nunca desarrollarán cáncer. Y existen personas que han llevado estilos de vida saludables y, aun así, reciben un diagnóstico oncológico.
Esto no significa que la prevención no funcione. Significa algo mucho más importante: tener un factor de riesgo no significa tener un destino.
Sabemos que el tabaco aumenta considerablemente el riesgo de varios tipos de cáncer. Sabemos que el alcohol está relacionado con diversos tipos de tumores. Sabemos que algunas infecciones, como el virus del papiloma humano o determinadas hepatitis virales, pueden favorecer el desarrollo de cáncer. Y conocemos cada vez mejor la relación entre la obesidad, el sedentarismo y determinadas neoplasias.
Por eso debemos hablar de prevención. Pero debemos hacerlo sin convertirla en culpa. Prevenir significa disminuir probabilidades. No repartir culpas.
¿Entonces todo depende de nosotros? Aquí aparece el siguiente problema. Cuando hablamos de prevención, utilizamos con frecuencia verbos dirigidos al individuo: “No fumes”, “Come mejor”, “Haz ejercicio”, “Vacúnate”, “Hazte estudios”, “Acude al médico”…. Todo eso es razonable.
Pero hay una pregunta que casi nunca nos hacemos: ¿Todas las personas realmente tienen las mismas posibilidades de hacerlo?
Una persona puede decidir no fumar, pero las regulaciones determinan dónde puede venderse y consumirse el tabaco, cómo puede promocionarse y qué tan expuestos están los demás al humo. Una familia puede intentar alimentarse de manera saludable, pero sus ingresos, el precio de los alimentos y el lugar donde vive condicionan buena parte de sus decisiones. Podemos recomendar actividad física, pero también necesitamos ciudades y comunidades en las que sea posible realizarla de forma segura. Podemos pedir a las personas que se vacunen o acudan a estudios de detección, pero las vacunas y los estudios deben estar disponibles. Decirle a alguien simplemente “cuídate” puede ser mucho más sencillo que construir las condiciones que le permitan hacerlo.
Esta es una pregunta incómoda. Y probablemente debe serlo. La prevención del cáncer requiere decisiones individuales, pero también políticas públicas. ¿Hasta dónde debe intervenir el Estado para disminuir conductas que aumentan el riesgo de enfermedad? ¿Se deben aumentar los impuestos a los productos que representan riesgos para la salud? ¿Se debe limitar su publicidad? ¿Hasta dónde se deben regular el tabaco, el alcohol o los nuevos productos con nicotina? ¿Qué responsabilidad tienen las empresas? ¿Qué papel corresponde a las escuelas? ¿Qué vacunas debe garantizar un sistema público de salud? ¿A quiénes deben ofrecerse estudios para detectar determinados tipos de cáncer? ¿Y qué sucede cuando una recomendación de salud pública se enfrenta a intereses económicos?
No existen respuestas sencillas a estas preguntas que pudieran considerarse estorbosas. Tampoco creo que debamos pretender resolverlas todas desde un consultorio. Pero necesitamos discutirlas. Porque convertir la prevención exclusivamente en responsabilidad del individuo tiene una consecuencia conveniente: si alguien enferma, podemos decir que fue por no cuidarse. Y el problema queda aparentemente resuelto.
Esta es otra idea que deberíamos cuestionar. Solemos imaginar la prevención como algo sencillo, barato y universal.
No necesariamente lo es. Imaginemos a dos mujeres de la misma edad; ambas saben que deben realizarse determinados estudios preventivos. Una tiene acceso regular a servicios médicos, puede solicitar permiso en su trabajo, trasladarse con facilidad y pagar algunos gastos relacionados con su atención. La otra vive lejos de los servicios de salud; necesita perder un día de salario para acudir a una consulta, pagar transporte y quizás encontrar quién cuide a sus hijos.
Las dos recibieron la misma recomendación: “Hazte el estudio”. Pero claramente no recibieron la misma oportunidad. La desigualdad frente al cáncer, por tanto, puede comenzar mucho antes del diagnóstico. Puede empezar por quien tuvo acceso a la información; quien pudo vacunarse; quien pudo modificar determinados factores de riesgo; quien pudo realizarse un estudio; y quien simplemente no tuvo esa posibilidad.
Entonces la pregunta deja de ser solamente: “¿Por qué esa persona no se cuidó?” Y se transforma en otra mucho más inconveniente: ¿tuvo realmente la oportunidad de hacerlo?
Supongamos ahora que superamos esas barreras. Una mujer conoce la recomendación, tiene acceso al estudio, consigue ausentarse de su trabajo, se realiza una mastografía… y aparece una lesión sospechosa. Hizo exactamente lo que durante años le hemos pedido que hiciera: acudió a tiempo. Ahora la responsabilidad cambia de lugar, ya no depende solamente de ella: necesita una consulta, quizás otro estudio, una biopsia, un resultado de patología, valoración por especialistas y, si se confirma el diagnóstico, tratamiento. ¿Qué ocurre si entre cada uno de esos pasos transcurren semanas? ¿O meses?
Entonces aparece una pregunta que quizá resulte todavía más molesta que todas las anteriores: ¿de qué sirve detectar un cáncer temprano si después no podemos atenderlo a tiempo?
Esa será nuestra siguiente conversación. Porque detectar cáncer y atenderlo parecen lo mismo, pero no lo son.♦