blogeditor · 11 de mayo de 2015
En estricto sentido, sirven para competir por un cargo de elección popular sin necesidad de ser abanderado por un partido político. Sin embargo, para quienes consideramos que los partidos son inescapables “donde existen elecciones y cuerpos colegiados legislativos”, las candidaturas independientes son “minipartidos” o “maxipartidos”, pero partidos al fin. Desde este punto de vista, las candidaturas independientes podrán ser “independientes” de algún partido durante una elección, pero sólo para organizarse en torno a un nuevo partido que por razones prácticas o estratégicas llaman “candidatura independiente” durante el periodo de campaña.
Acaso por eso los candidatos independientes ganadores suelen formar agrupaciones o partidos políticos a los pocos meses de llegar al gobierno (por ejemplo, Alianza País fundado por Rafael Correa, el Partido Socialista Unido de Venezuela fundado por Hugo Chávez y Primero Colombia fundado por Álvaro Uribe) reconociendo que su “candidatura independiente” en realidad era el membrete electoral de un partido latente.
En este sentido, resulta paradójico que las candidaturas independientes en México y en el mundo florezcan en momentos de rechazo generalizado a la “partidocracia”. ¿Acaso no nos damos cuenta de que votar por un “independiente” es votar por un partido político, sólo que desinstitucionalizado y aglutinado en torno a una personalidad? Sospecho que no, o que es lo de menos. Las campañas electorales son acontecimientos cargados de emociones, prejuicios, promesas y medias verdades, donde la razón suele sucumbir ante la emoción del “cambio” o de “seguir adelante”. Los candidatos independientes, por definición, son campeones del cambio, y por lógica, florecen cuando el principal problema es la “partidocracia”. Su oferta de “cambio” consiste en sacar del poder a los partidos políticos.
¿Y quiénes son los candidatos independientes? En una excelente crónica sobre las candidaturas independientes en el Distrito Federal, Julene Iriarte identifica tres tipos de aspirantes: ex militantes de algún partido político, líderes sociales con arraigo en la demarcación donde compiten y ciudadanos bienintencionados pero con escasa experiencia política o reconocimiento social. En la crónica de Julene –como en la mayoría de los casos—, los candidatos más exitosos fueron aquellos con trayectoria en algún partido político. La razón es sencilla: son personas que no sólo cuentan con el reconocimiento público y las redes de apoyo de un líder social, sino que también cuentan con la experiencia de haber participado en campañas electorales e inclusive de haber gobernado.
La ventaja de esa experiencia radica en que las campañas electorales son organizaciones fugaces sumamente complejas, donde cada hora desperdiciada dándose a conocer ante el electorado e inclusive ante financiadores se traduce en votos a favor de otros candidatos. Ante esta realidad, la probabilidad de que un ciudadano bienintencionado pero desconocido e inexperimentado resulte vencedor es sumamente remota, sobre todo en demarcaciones donde votan cientos de miles de personas. Acaso por eso varias de las candidaturas independientes que describe Julene al poco tiempo se convirtieron en candidaturas “viacrucis”, cuyo principal fin fue denunciar la “inequidad” y lo “absurdo” de las reglas de competencia.
[contextly_sidebar id=”Zp2Ala5JQbaeCX0eM0o43QxJWyfOfS6e”]Pero la pregunta prevalece. ¿De qué sirven las candidaturas independientes? Al menos en México, las candidaturas independientes parecen servir para lo que (también) sirvieron el PAN y el PRD entre 1988 y 2000: para que políticos con trayectoria y reconocimiento social relegados en la selección de candidaturas de un partido “grande” accedan a cargos de elección popular tradicionalmente reservados para candidatos partidistas. Si en 2015 Ricardo Monreal Ávila, Antonio Echevarría Domínguez, Alfonso Sánchez Anaya, Leonel Cota Montaño y Pablo Salazar Mendiguchía por primera vez aspiraran a ser gobernadores de Zacatecas, Nayarit, Tlaxcala, Baja California Sur y Chiapas, seguramente considerarían hacerlo como candidatos independientes. La razón es sencilla: en 2015 el rechazo generalizado a los partidos cumple la función cohesionadora que cumplió el rechazo al PRI a finales de los noventa.
No obstante, más allá del realpolitik, las candidaturas independientes también pueden servir para presionar a los partidos políticos (PAN, PRI y PRD) para que permitan candidaturas de militantes “independientes” de los grupos hegemónicos del partido y, sobre todo, para que vuelvan a servir como un instrumento político de ciudadanos interesados en construir vida pública y acceder a cargos de elección popular. En la medida en que los dirigentes de los partidos sientan que sus presupuestos, privilegios y prebendas están en peligro de desaparecer, se verán obligados a abrir la puerta, aunque sea lo suficiente para que metamos el pie y no la puedan volver a cerrar. Que el hartazgo con los partidos políticos sirva para recuperarlos en servicio de la ciudadanía, y si en el ínter eso requiere de elegir a dos o tres candidatos “broncos” o “mansitos”, bienvenidos sean los independientes.
* Gustavo Rivera Loret de Mola (@gustavoriveral) es Doctor en Gobierno por la Universidad de Texas en Austin y analista de campañas electorales.