blogeditor · 10 de julio de 2017
Que las parejas son relaciones de poder, no lo digo yo. Lo dijo una vez un tal Miguel.
Entonces, como cualquier gato y ratón, ella y él luchan por tener el poder de la pareja.
Él hace lo que se le antoja.
Ella sufre y lo hace notar.
Él dice: Ah… hoy salgo con mis amigos.
Ella dice: Yo me quedo en casa, tranquilo… igual estoy bajoneada. (Léase: deja que yo me quedo acá llorando sola).
Él a veces es agresivo.
Ella carga las ojeras bajo sus ojos, para que los vea siempre, para que sepa qué mal la pasa.
Él es independiente de la boca para afuera, pero es secretamente chupasangre.
Ella depende de él como del aire (¿y antes cómo respiraba?) y se lo hace saber.
Él reivindica los valores de la individualidad, el hedonismo, el amor propio.
Ella carga la cruz de su infinita tolerancia, su sensibilidad, la poesía de Borges y un par de intentos de suicidio (que se saben, porque es ella).
Él nunca dice lo que le pasa.
Ella pregunta: ¿Qué te pasa, amor?
Él no habla. Guarda y guarda hasta que estalla.
Ella llora 1 millón de mililitros. Él sabe que lastima, pero ella sólo sabe vivir así, a la manera de ella.
Y entonces él piensa: mira cómo llora por mí. Nunca me va a dejar, nunca.
Y entonces ella piensa: mira que si lloro no me deja. Nunca me va a dejar, nunca.
En este caso el amor se ha marchado, se ha desvanecido.
¿A dónde va el amor cuando desaparece?
Y así fue como fui a la casa de Stephen Hawking.
Toqué el timbre y le dije: Stevie (a él le gusta que lo llame así) vengo a hacerte una consulta física… casi te diría metafísica.
Él sonrió y se hubiera refregado las manos si hubiera podido, porque esas son las preguntas que más le gustan.
Me invitó a tomar un cafecito, para acompañar las galletitas que le llevé. Cuando estaba comiéndose la segunda lo introduje en mi duda cósmica.
Stevie, dije, ¿a dónde va el amor cuando desaparece?
El me miró atónito. No existía para él explicación científica que aclarara el misterio de la volatilización de las partículas enamoradas. Me llevó hacia un pizarrón que tiene en el garaje y como pudo (porque yo casi nunca le entiendo cuando intenta demostrarme cuestiones físicas) me aclaró que, según las leyes conocidas, es improbable que la materia pueda simplemente disolverse en el aire.
Me fui de su casa pensando que Stevie sabía mucho de física, pero nada de amor.
Quizá el amor no ha desaparecido, quizá a pesar de no parecer amor, es amor.
¿Eso es amor? La inevitabilidad del sentimiento, ¿es amor? ¿O el amor puede ser también algo tibio, algo rosa… un rosa viejo, un rosa lavado, quizás un rosa desvanecido? Algo que permita un más tranquilo planeamiento, en vez de eso tan visceral que nubla.
Pero lamentablemente para mí el rojo no se construye. El rojo se sabe desde siempre. Lo ves y ves rojo.
En rosas pienso a veces… como para saber que se puede también jugar con substitutos aunque se tenga bien en claro que el amor debería llevar el color de la sangre y nada más.
Y nada más.