blogeditor · 27 de marzo de 2014
Comienzo con una confesión: la Biblia me resulta fascinante. Ahora, un matiz: para mí, el encanto tiene poco que ver con el valor religioso del texto. No considero que sea palabra de Dios. Ni siquiera creo que provenga de inspiración divina. Me parece, eso sí, una obra maestra de ficción. Es, a su manera, no la primera pero sí la más extraordinaria novela histórica jamás escrita.
Mi amor por las historias de la Biblia viene desde mi infancia temprana. Y la culpa la tienen mi desapego crónico a la escuela y el ingenio de mi padre. Me explico. De chico no me gustaba ir a la escuela (de grande tampoco, salvo en el posgrado, donde estudié lo que quise a la hora que quise y como quise). Para convencerme, mi padre me prometió contarme historias sorprendentes, apasionantes. Y antes que recurrir a Julio Verne o Arthur Conan Doyle (aunque luego acabé embobado con ambos), mi padre optó por contarme, con auténtico agrado, las historias de la Biblia. A lo largo de los años, recorrió junto conmigo el Antiguo Testamento, aprovechando cada centímetro del Periférico para platicarme de Noé, José, Abraham, Moisés, David y tantos otros personajes entrañables. Luego me platicó del Nuevo Testamento, recorriendo la historia de Jesús con la misma atención al detalle. Así, mis fantasía de infancia tenían más que ver con pastores valientes, gigantes en desgracia, muros derribados, mares partidos, plagas aterradoras y diluvios implacables. Mis miedos y apegos partían siempre de un Dios que me parecía – y me sigue pareciendo – el personaje más complejo y fascinante de la Biblia. Un Dios tierno y generoso pero también vengativo, terrible, cruel, impaciente… profundamente humano.
Además, la Biblia tiene escenas insuperables. Reto al lector a encontrar una escena comparable al momento en que Goliat, el gigante filisteo, ve venir al pequeño David, armado sólo con una honda y su orgullo. De chico, casi podía escuchar los pasos del joven pastor entre los guijarros del Valle de Elah. Su determinación e ingenio me conmovían. Y todavía…
Y no soy el único.
[contextly_sidebar id=”e8a00f139afbd32edd7f6ef1544f7591″]A últimas fechas, la Biblia (y específicamente el Antiguo Testamento) ha vuelto a estar de moda como inspiración para la cultura popular. La Biblia ha dado pie a varios documentales y programas de televisión. En el último par de años, los estudios de Hollywood quisieron también aprovechar este “revival bíblico” y dieron luz verde a enormes producciones de filmes inspirados en la Biblia. El Noé de Darren Aronofsky, por ejemplo, costó 130 millones de dólares, presupuesto comparable con alguna de las cintas de Rápido y Furioso. De pronto, Noé, el centenario creador del Arca que sobrevivió el gran diluvio –acto supremo del Dios justiciero del Antiguo Testamento– ha recibido trato de superhéroe. A finales de este año, el grandísimo Ridley Scott llevará a la pantalla su costosísima versión de Éxodo, con Christian Bale como Moisés. Batman transformado en patriarca judío: ver para creer (o quizá tiene cierta coherencia…).
Pero vale la pena aclarar algo. El reciente gusto hollywoodense por las películas bíblicas tiene poco que ver con el cariño al arte narrativo de la Biblia. Dicho de otra forma: no se trata de la adaptación de un libro por el valor literario del mismo. La motivación detrás de Noé, Éxodo y otros ejemplos menos afortunados -como la nueva película Hijo de Dios, en el que Jesús es transformado por enésima ocasión en un modelo apuesto con rostro occidental- tiene que ver con algo que se llama el “consumidor de fe” (“Faith based consumer”), un enorme demográfico de 50 millones de personas que, tan solo en Estados Unidos, generan un mercado de miles y miles de millones de dólares. Es, pues, un negocio. Pero ese negocio tiene matices. Resulta que, como sabe cualquiera que haya de verdad leído la Biblia, las historias del Antiguo Testamento distan mucho de aquellas parábolas casi dulces e inofensivas que muchos de esos “consumidores de fe” aprendieron en sus congregaciones. La Biblia es mucho más violenta, sanguinaria, cruel y hasta erótica de lo que muchos creen. Y eso presenta un tremendo dilema para los productores y directores de cintas inspiradas en la Biblia: si se mantienen fieles al texto, los “consumidores de fe” podrían rechazar y hasta censurar las películas (dudo que a muchos les atraiga la idea de saber de asesinatos, prostitutas y coitus interruptus, por ejemplo).
No he visto Noé, pero he oído que, en efecto, se apega a la historia bíblica, incluida la célebre borrachera del creador del arca. Ojalá sea cierto. Esa es la Biblia que me cautivó de pequeño y esa es la Biblia que merece llegar al cine. Y si no les gusta a los que imaginan a Noé como un viejito centenario dulce y trabajador que cuidaba animalillos, pues que así sea.