Redacción Animal Político · 29 de diciembre de 2022
En la Ciudad de México todos somos chilangos. Hay alcaldías, por supuesto. Unos viven en la Miguel Hidalgo y otros en Coyoacán, unos en Iztapalapa y otros en Cuajimalpa. Obviamente el leviatán mexica necesita creer que está organizado, pero más que identificar a quien putear cuando hay baches en la calle, a los habitantes de la capital mexicana nos importa decir de dónde somos. Y acá todos somos chilangos. El único tlalpeño que veo identificado como tal es un caldo y lo venden en Sanborns.
Lima es distinto. No es lo mismo ser del Distrito de Chorrillos que del de San Isidro, de Surco que de Surquillo. Si Eliott Tupac dice que Lima no es Perú, habría que agregar que el Distrito de Barranco lo es aún menos. Es jodido decirlo, y te pido que no me abandones al leerme. No me refiero a la obviedad de que son distintos en su nivel de ingreso, o en sus rincones exclusivos, o en sus sesgos discriminantes. Eso existe por supuesto – fresas mexicanos y pitucos peruanos sueñan por igual en escapar a Miami y a San Diego. Me refiero a que cada distrito limeño -y en particular Barranco- ofrece a quien pone atención una ventana identitaria potente, que funciona casi como la píldora de la Matrix. Si entras verás un mundo distinto. No el de Perú, no el de Lima, sino el de un barrio que no quiere dejar de serlo.
Viví en Barranco aproximadamente dos meses, del 16 al 26 de diciembre 2022. Llegué como rehén y me fui como vecino. Tuve ayuda por supuesto. Mi compadre Juan Ma me presentó a mis causazas* Vanadis y Ale, que me presentaron a Bicho, que me presentó al Che, que me presentó al Elix. Fui a la Noche y al Sargento Pimienta y al Bar Victoria, y al Isolina, y a la barra del Siete y del Mérito, y al perenne Piselli. Me corrieron del Juanito por aplaudir cuando Gonzalo se cayó, lo cual es extraño porque una noche antes Gonzalo le contaba cuentos a sus hijos en la mesa del fondo mientras se despachaba una Pilsen. Gracias a Vanadis aprendí de cultivo de café en Ciclos y de cacao en El Cacaotal. Grité gol con Cherman rodeado de argentinos en el Canta Rana, mientras Vicente y Bicho y toda la hinchada celebraba la copa y nos miraba raro por llegar desde las 8 am. Por ahí bailé salsa con Lita, discutí con Margot, comí del pan de Irene, bebí del vinazo de Andy, subí el Morro Solar con Rolando, corrí tabla en la Playa de los Yuyos con Ale, escuché vinilos en el barsazo de Vane y de Andrés y exploré el espacio sideral con el Che y Elix. Solo me faltó probar el helado de lúcuma de Blu. Pero no hay falta porque comí mucho y reí más.
Llámame loco, pero yo llegué al Perú con la intención irreductible de pasar mi primera Navidad solo en soledad. Navidad sin mis hijos, Navidad sin mi ciudad, Navidad sin posadas, sin pavo y sin mi ensalada de bombones. Navidad sin sonrisas. Cargué mis látigos personalísimos y me apunté para hacer los cinco días del Camino Inca a pie, caminando aproximadamente 60 kms para llegar a Machu Picchu justo en la víspera de Navidad. Según yo haría una especie de Camino de Santiago, trabajando desde adentro para dar vuelta a la hoja y decidirme a ser feliz.
Mi programa dejaba espacio solo para dos días en Lima. Meses antes de llegar, Cuzco me gritaba ¡vente, güevón! Aviones comprados, hotel pagado, expedición organizada. Tengo en mi buró las tres guías que pedí por Amazon y que comencé a leer desde septiembre. El programa místico-depresivo que armé para mi Camino Inca incluía hasta trabajo con un chamán Q’ero, quien nunca perdió la esperanza de hacerme una ceremonia. Todavía ayer preguntó “¿cuándo llegas waykiy a conectar con la pachamama y a tu iniciación pampamisayoq”?
Conchatumadre, Barranco. Te convertiste en el amigo que te agarra a cachetadas cuando te ahogas en un vaso. “Pucha, ¿qué huevadas son esas de pasar Navidad solo? ¡Yaaaa pe! ¡Para de sufrir!”. El destino mandó quitar un presidente, cerrar los aeropuertos y cortar las vías del tren de Ollantabampo para retenerme en Lima. El destino me puso una agencia de trekking pelotuda que me hizo dudar hasta el final sobre las condiciones de acceso a Macchu. Y el destino definió que la final del mundial llegara hasta los penaltis a la misma hora en que mi avión despegaba con un asiento vacío.
Me quedé y ahora Barranco y yo somos patas y somos causa. Carnales pues, de los que se llevan puestos en el alma. Por cierto, ahora que lo pienso, destino mis huevos. Fueron mis amigos barranquinos quienes me enseñaron que la vida se agota rápido cuando no estás disponible. Hay que estar disponible, carajo. A veces estás cansado, o tienes miedo a lo desconocido, o no sabes jugar de local, o tienes alguna otra excusa tan razonable como pelotuda. Fue Vana y Ale y Luis M y Cherman y Astrid y el resto de mi mancha barranquina quienes me convencieron de que mi trabajo en Barranco sería estar disponible. 100%, tiempo completo, cuerpo, corazón y alma disponible.
Así que cuando mis waco-amigos me dijeron corre en el malecón, corrí el Chorrillos-Barranco-Miraflores-San Isidro tres veces en una semana. Cuando me dijeron preséntate en el restaurante sin reserva y siéntate en la barra, dije ¡vamos, pero vamos juntos! Cuando me invitaron al Ribeyro y al Cordial y al Bar Olé y al Open y al Bizarro, le di y le di fuerte. Cuando me enseñaron peruanismos incomprensibles hice un esfuerzo por hacerlos míos, ¿me manyas? Cuando me sugirieron cambiar mi hotel pituco en Miraflores por una casa de huéspedes en Barranco, dije “al toque”. ¿Manyan lo que estoy diciendo? Disponible. No por comer o por tomar o por fumar o por ligarte una flaca. Disponible para abrirte a conversaciones que nutren el alma y que desintegran el aburrimiento, el miedo y la soledad.
El mexicano que llega a Lima llega a cenar rico y a salir rápido y a no estar disponible. Eso pasa porque creen que Lima es una docena de restaurantes multipremiados, rodeados de Neza y Ecatepec. Dejen que les cuente algo que podría sonar extraño. El Boom Gastronómico Peruano tiene poco que ver con la buena comida. Buena comida en Lima hay en todas las esquinas, igual que en la Ciudad de México. Si solo buscas buena comida quédate en la Ciudad de México y come Pozole Verde del Teoixtla en la de Zacatecas o regálate una visita a Nicos en Azcapotzalco o pide tostadas en Contramar o vuela con los panes de Saint o reserva con dos meses de anticipación en Pujol. Pero si buscas magia déjate de mamadas, coge un avión a Lima, deja Machu Picchu para después y avecíndate en Barranco. Quédate donde Víctor Delfín, y habla con cada mesero y con cada taxista, con cada barman y mimetízate, güevón. Mimetízate y hazte disponible justo como lo hace la comida china en el Chifa Unión. Échale ganitas. Pregúntale a tus amigos que si tienen amigos barranquinos. Si son tus amigos y si tú lo mereces, capaz que te los presentan. Y si eso pasa tómate la píldora, paisano. Te lo digo en serio. Barranco es lo que la Roma nunca debió dejar de ser.
La genialidad de la industria gastronómica peruana es que han atraído (o retenido) a una densidad inigualable de personas que quieren consentirte. Así como en Cambridge, Massachusetts, en cualquier esquina puedes encontrarte un físico nuclear y un premio Nobel, en Barranco podrías toparte con el mejor tostador de café, el mayor conocedor de vinos y al más exigente cevichero. Y como cereza del pastel: no tienen las pretensiones francesas, ni las pelotudeces neoyorkinas ni las pretensiones pelotudas de muchos en México. Voy a ser claro: Astrid y Gastón es la catedral de los restaurantes del mundo mundial. Pero Astrid no es ningún arzobispo pituco y distante. Si estás disponible, y ojo que nosotros los barranquinos por definición siempre debemos estar disponibles, Astrid se revela como la cómplice, la asesora, la guía, la compa y la causa. Vas a comer demasiado bien en el AyG. Pero lo que más vas a recordar será la generosidad, energía y presencia de A.
Fuera del contexto de tu menú degustación de chingo mil soles y más allá del medio año de espera para reservar, en Barranco existe un ejército de personas que disfrutan compartir contigo su pasión: El café buenazo. El trago perfecto. La música inolvidable. El ingrediente mágico. La receta fantástica. Las risas. Las muchas y las permanentes risas.
Maido es un tremendo restaurante. Quizá es el mejor del mundo. Pero para mí lo mejor de esa noche fue escuchar a Vana y a Javier mostrarme que en la selva hay tomates que en realidad no son tomates y cilantros que no son cilantros y que por eso les llaman sacha-tomates y sacha-cilantros. Pucha, que buen sacha-bloody mary me aventaron con eso. Yo soy sacha-feliz en este momento de mi vida, y creo que la culpa es más de la sacha-terapia que me regalaron Vana y Javier, que de las estrellas Michelin del Maido.
Me cuentan que Juan Ma Calderón va a hacer una película llamada “Kuadrilátero” sobre una pelea máscara vs cabellera que quedó sin definición porque tembló. Entiendo que el Cherman quiere hacer una exhibición de su arte gráfica fuera de Perú, y que podría traer a Lyman, el superhéroe de Lyma, la Ciudad Caótica. Y dicen que Astrid viene a México pronto, a acompañar un esfuerzo local por copiar Mistura -la feria que detonó el boom gastronómico en Perú. Como recién designado Cónsul General de Barranco en la Roma -un nombramiento que llegó el mismo día en que el Perú expulsaba al embajador mexicano- seguramente me tocará promover estos y otros eventos.
Pucha, estará difícil hacerles justicia a mis causas. Empiezo hoy invitando a cualquier chilango que se apunte a escuchar mis historias barranquinas a visitar el Consulado, recién reubicado a mi casa. Y si me dan chance y si me tienen paciencia y si logro dominar alguna de las recetas que me regalaron Vana y la Peruguaya, capaz que hasta replico la Patita de Maní o una Carapulcra o un Seco de aquellos. Al menos prometo canchita.
Hago votos porque Perú pronto resuelva su actual conflicto político. No podemos ignorar la desigualdad, el racismo, la corrupción y la ineficiencia que nos envuelve en el continente entero. No podemos olvidar que Barranco no es Perú y que la Roma no es México. Pero también es cierto que ir a Perú a comer entre turistas y salir corriendo a visitar monumentos incas es un despropósito. Vivir Barranco como local es la mejor terapia que tu tiempo puede comprar. Sus vecinos están disponibles, siempre disponibles, para saludar y reír y trabajar y hacer causa por mantener sus barrios vivos y de pie. Ver eso y no contagiarte de energía positiva y de ganas de ser feliz es imposible. Así que cuando pase el quilombo, cuando los presidentes se contenten, cuando despertemos y Perú se levante más fuerte y (¿quizá?) menos loco, organizamos en el sacha-consulado una misión de intercambio cultural para que vivan todo lo que yo viví.
Nosotros los barranquinos les daremos la bienvenida. Nomás no se acaben el Avelino.
Onésimo Flores
Sacha Consulado General de Barranco en México
Roma, Ciudad de México, 26 de diciembre, 2022
Cosas que aprendí en Perú (lista viva)
Ya pe.