blogeditor · 10 de julio de 2013
Hace años, en una clase de la maestría, un profesor de ciencia política conocido por su originalidad nos compartió una teoría suya que me pareció fabulosa. “¿Quieren entender la relación de una sociedad con su clase política y consigo misma?”, nos preguntó. “Fíjense entonces en las maneras cómo esa sociedad les da (o les niega) una segunda oportunidad a políticos en desgracia”. Recuerdo que usó el ejemplo de Silvio Berlusconi. De acuerdo con mi maestro, el múltiple renacimiento de Berlusconi revelaba más de los propios italianos que del propio Berlusconi. Cómo era posible, se preguntaba mi profesor, que los italianos pasaran por alto las transgresiones flagrantes de su primer ministro.
Atribuirle el retorno triunfal de Berlusconi a una suerte de amnesia colectiva o a la orfandad política de los italianos resultaba demasiado simple. Al final, mi profesor ofreció una explicación: de alguna manera, los italianos se veían en el espejo de Berlusconi. Años más tarde, hace apenas unas semanas, leí un texto en la revista The New Yorker que lo explicaba de una manera notablemente parecida: Berlusconi había sido muy hábil al identificarse no como un ejemplo de corrupción sino como un perseguido. “Berlusconi ha tenido mucho éxito explotando la desconfianza de los italianos frente al sistema jurídico y político de su país”, decía Alexander Stille, autor del texto. En ese sentido, pareciera que Berlusconi no es un delincuente sino un pícaro; un antagonista natural del sistema que de una u otra manera, engulle a todos los italianos en una burocracia corrupta y, a veces, criminal. Es una hipótesis interesante.
Me acordé de mi maestro cuando leí la historia de dos políticos estadounidenses que, como lo hiciera Berlusconi, están tratando de renacer de las cenizas. Anthony Weiner y Eliot Spitzer, un par de políticos neoyorquinos de estilos muy distintos pero talentos similares, cayeron estrepitosamente en desgracia por escándalos sexuales.
Hasta el 2011, Anthony Weiner había tenido una carrera política notable, destacándose, como congresista por Nueva York, por su aguerrido estilo retórico y peculiar sentido del humor. Tras 12 años en la Cámara de Representantes, Weiner parecía listo para postularse al Senado, al gobierno de Nueva York o, incluso, la alcaldía de la Gran Manzana. El tipo era tan apreciado que todo parecía posible. Entonces cometió el error de enviar una serie de mensajes de texto con contenido explícitamente sexual – incluida una grotesca pero hilarante foto de su pene – a varias mujeres a lo largo y ancho del país. Una de las imágenes se coló a Twitter y la carrera de Weiner se marchitó: renunció a su curul en junio del 2011.
Nadie pensó que volvería al escenario político.
La historia de Eliot Spitzer es todavía peor. Reconocido como una de las mentes más brillantes de su generación, Spitzer ganó fama como fiscal general de la ciudad de Nueva York, puesto desde el que persiguió con particular gozo los abusos de Wall Street, donde se hizo de enemigos con una velocidad asombrosa. Spitzer se volvió tan célebre que un sector de la prensa estadounidense comenzó a mencionarlo como potencial candidato vicepresidencial. Pero Spitzer prefirió buscar la gubernatura del estado de Nueva York. La ganó en el 2006. En el gobierno neoyorquino, Spitzer la pasó mal. Su estilo y su pasado como enemigo público número uno de Wall Street le hicieron la vida difícil. Dos años más tarde se suicidaría políticamente cuando los medios locales revelaron la afición del gobernador por contratar prostitutas cuyos honorarios alcanzaban los miles de dólares a través de un muy distinguido sitio de Internet llamado Emperors Club VIP. Spitzer renunció a su cargo en marzo del 2008.
Nadie pensó que volvería al escenario político.
Aun así, después de un par de años para Weiner y cinco para Spitzer, ambos están de vuelta.
Weiner decidió buscar la alcaldía de Nueva York a pesar de que sus rivales le llevaban meses de trabajo. La única ventaja con la que contaba Weiner eran varios millones de dólares guardados desde su época de bonanza política en el Congreso. Cuando Weiner anunció su candidatura a la alcaldía neoyorquina, la prensa especializada lo criticó por cínico y por iluso. Jamás pensaron que, apenas dos años después del escándalo sexual que le costara su curul, la gente estaría dispuesta a perdonar. Le auguraron una campaña breve y dolorosa. Se equivocaron. Hoy, Weiner encabeza las encuestas para la elección de principios de noviembre.
El caso de Spitzer se antoja más complicado. Después de ser gobernador, ha declarado su intención de convertirse en el siguiente contralor de la ciudad de Nueva York. Aún no se sabe cómo responderán las encuestas o si Spitzer pueda siquiera recabar las firmas necesarias para registrarse formalmente en la contienda, pero no parece imposible que el hombre vuelva al escenario después de haber perdido buena parte de su prestigio (y su cartera) en los brazos de una prostituta en un hotel de Washington.
Por supuesto, ni Weiner ni Spitzer serían los primeros en encontrar la redención política después de escándalos sexuales en Estados Unidos (léase Clinton, Bill o más recientemente Sanford, Mark). Aun así, la pregunta se antoja interesante para un debate: ¿usted le perdonaría a un político un escándalo como éstos? ¿Qué dice de una sociedad el que otorgue la redención con semejante generosidad?