blogeditor · 16 de septiembre de 2013
Abandonen la esperanza, todos los que llegan a este sitio.
Jueves 12 de septiembre, once de la mañana. Me avisan por teléfono que las motosierras hacen de las suyas en un rincón de la Colonia Juárez; a saber, la acera completa que comprende la calle de Londres, entre Berlín y Roma por el corredor del Museo de Ripley Aunque Usted no lo Crea, para ser exactos.
Llego al lugar de los hechos consumados. La mayor parte del daño, por desgracia, ya se ha cometido. Me encuentro con esquilmos recién cortados, ramas, palmeritas enteras troceadas y regadas en el asfalto. El crecimiento de un ecosistema sano que tomó décadas en consolidarse, de súbito truncado -y triturado- en un par de horas de salvaje trabajo administrativo y en campo. Resta peligrosa y eficiente, que se esmera en deshacer comunidades de áreas verdes caminables y con sombra. El DF como ghetto virtual, zona de paso, o deplorable shopping mall.
Los integrantes de la cuadrilla parecen satisfechos; la persona que lleva un walkie-talkie y aparentemente dirige sus labores, todavía más.
La ‘supervisora de área’ responsable de la poda indebida se niega a dar su nombre -¿por qué carajos habría de hacerlo?- o permiso alguno que ampare la masacre. Quiero tomarle una foto digna de ser compartida en redes sociales, pero me da la espalda y camina rápido para que no pueda conseguirlo. Alcanzo a captarla a la distancia. Los otros miembros de la cuadrilla se envalentonan y se burlan abiertamente. Brindan socarronamente por su labor con vasos de refresco (‘¡Salud!’) frente al celular.
A mis espaldas, alcanzo a oír a otro de sus compañeros. ‘Usté es judío (sic). Ni siquiera es mexicano. ¿Para qué se mete en lo que no le importa? Que le apliquen el 33, váyase del país’. Una persona de la tercera edad, enfundado en el overol del GDF, que me mira con cara de pocos amigos y empuña su machete para concluir con tino la faena contra ramas sobrevivientes de árboles que eran frondosos, y que habían escapado a sus previas atenciones.
La señora me invita, con cara de palo y muy mala manera, que vaya a la delegación ‘si acaso tiene alguna queja por nuestro desempeño’. Para sus adentros y los engranes del mecanismo infernal que les anima, el trámite cumple con todos los requisitos. Prosiguen sin descanso las faenas que incumplen con los más elementales parámetros de la norma ambiental. Con escalera retráctil, sin arneses ni equipo alguno de seguridad. Cortes mucho mayores al 25% permitido por el ordenamiento vigente. Árboles hecho picadillo.
Recurro a inútiles medidas. Llamo a la Procuraduría Ambiental. Me ausento del lugar, por un compromiso impostergable. Entiendo que minutos después de mi partida, se apersona en el lugar un licenciado de la PAOT acompañado de un ‘biólogo’ que certifica: ‘se está cumpliendo adecuadamente con la normativa’. Sentencia de muerte. No ayuden, compadres. Requiescat in Pace.
Cuando después habla conmigo el abogado -que dicho sea de paso, admite no saber absolutamente nada de Árboles o afectaciones ambientales- confiesa que fueron los vecinos de la zona los que exigieron la intervención de la autoridad, ‘para despejar luminarias’. ‘Están en curso permisos por más de mil árboles del rumbo, que quieren podar. No podemos hacer nada al respecto’.
El titular de Cuauhtémoc, Alejandro Fernández (PRD), respondió en tuiter a mi petición y exhorto, alegando que la poda ‘cumplía con los diagnósticos’ y demás requerimientos. Permiso para cometer impunemente delitos ambientales con premeditación, alevosía y ventaja. Y uno imposibilitado para detenerlo.
Delegado solapador de delitos ambientales con licencia. Alejandro Fernández no es cantante de rancheras; sí, un alfil de las tribus perredistas del DF
El gobierno local, las dieciséis delegaciones, un nutrido grupo de empresarios y amplios sectores sociales están empeñados en intensificar la guerra contra los árboles del DF y otras ciudades, sin que existan recursos para impedir estas masacres. Sólo nos queda compartir las pésimas noticias, con fotos incluidas, en redes sociales.
Parafraseando al Nobel Mario Vargas Llosa de ‘Conversación en La Catedral’: ¿Cuándo se jodió la ciudad de México? ¿Fue acaso cuando surgieron los cárteles de anuncios espectaculares ecocidas, que junto con constructores e inmobiliarios se dieron cuenta que ‘el mejor árbol’ es uno que de preferencia se quita o queda irreconocible: enmarcando anuncios, vallas, envolventes que realzan el demencial consumismo que anula todo valor trascendente, multiplicado miles o millones de veces?
Una población volcada en la dejadez y el conformismo, que ve en las especies patrimoniales que aún queda en la ciudad a enemigos a vencer sin contemplaciones: porque tiran basura (hojas), estorban la vista de los escaparates en las zonas comerciales, pueden ocultar a rateros al acecho de la ciudadanía. Todas, razones esgrimidas en distintos momentos para acelerar el colapso y desaparición del acervo ecológico que nos pertenece.
Es como un recorrido en cámara desesperadamente lenta y como una pesadilla de la que no puede abrir los ojos, a los linderos de la sinrazón y la ignorancia libremente asumida por la destructiva burocracia. Sin que falte un nutrido grupo de compinches que alientan, casi por inercia, la muerte de la Naturaleza en el Distrito Federal, o su metamorfosis en parques de bolsillo.
[contextly_sidebar id=”85999a934db574aa51faac492a3d5153″]Me topé con la misma imbécil complacencia del burócrata en la Benito Juárez que hace meses me pidió que hablara con el dueño de una constructora para pedirle permiso de sacar unos árboles gigantes de su predio (uno que iba a albergar la flamante agencia ‘ecológica’ de autos Nissan), y que tenía previsto derribar cientos de Árboles Patrimoniales que ahí se encontraban, algunos de los cuales ya se habían habilitado para su traslado a parques y jardines de esa demarcación.
Se vuelve una tarea cada vez más frustrante evitar el ecocidio cada vez más amplio de nuestros pueblos, ciudades, bosques, montes, carreteras. No existen instituciones capaces o dispuestas a detener el incontenible efecto bola de nieve que nos desertificará. La gente tampoco ayuda, y en el mejor de los casos ve la pérdida neta de biomasa como un mal necesario del Progreso Nacional. ‘¿Para qué me meto en lo que no me importa? Si el gobierno dice que tiene plaga o muérdago, seguro tiene razón; además, tiran esas cosas mucha basura’ No es inusual escuchar justificaciones estúpidas de este jaez.
Apiladas bajo los restos de lo que alguna vez fueron árboles en forma, quedan (en calidad de desecho) toneladas de residuos que seguro acabarán mezclados con basura de todo tipo.
La infame comedieta y la vida de incontables árboles sacrificados estúpidamente e finita. Un día más en la vida de esta ciudad-botín, víctima –como las otras en la República Mexicana- de la especulación sin límite de funcionarios gestores y sus socios de empresa. Apenas una infinitesimal y dolorosísima partícula del Universo, embarcado en la misión de destruir (sin ninguna misericordia) las Áreas Verdes, que sobreviven contra todo pronóstico, hasta su eventual y definitiva extinción. Microcosmos de la suicida política pública que privilegia el beneficio privado a costa del bien común y que difícilmente se va a modificar pronto.
‘¿Total, que puede esperarse? Pss estamos en México, joven…’
Ante tanta idiotez calculada, una pregunta se impone. ¿Para qué sirve tanto brinco, estando el suelo ecocida tan parejo?
Lo siento. Aunque ante el imparable embate seamos una reducida minoría, yo nunca me voy a conformar.
¿Suena cursi? No importa. Luchemos con denuedo por los árboles de México, antes de que de veras sea demasiado tarde.