Redacción Animal Político · 24 de julio de 2023
Hay situaciones en la vida que nos recuerdan de golpe cuán a la intemperie vivimos. Son momentos que nos gritan lo diminutos que somos, lo indefensos que estamos; experiencias que nos sumen en lo inefable y ahí, desde el silencio profundo, nos mueven a actuar. En el México que vivimos, no son experiencias aisladas.
Los jesuitas llevan siglos habitando los lugares más recónditos del país, alojándose junto a la marginación, al odio, al olvido. Ahí, al borde del camino, se alberga la credibilidad de la que gozan, la mirada franca con la que ven el mundo.
Hace poco más de un año, el asesinato de sus hermanos en la iglesia de Cerocahui en la Tarahumara los desplazó de ser acompañantes de víctimas de la violencia a compartir en su propia piel la crudeza del dolor de la tragedia. Así, a la credibilidad que ya tenían se sumó la legitimidad del dolor compartido.
Los caminos que se cierran ante la tragedia de cientos de miles de personas que en el país buscan a sus desaparecidos o lloran a sus muertos son claros: la indefensión, la impotencia, la desesperanza ante la violencia y la impunidad son casi obligadas, naturales. Lo difícil es encontrar razones para resignificar la tragedia. Lo difícil es trazar rutas que escapen al desánimo. Lo difícil es no sucumbir a la derrota y aferrarse a la decisión de que podemos y debemos trabajar por estar mejor. De esta convicción nació la semilla del Diálogo Nacional por la Paz.
Esta iniciativa responde no solo a la situación de violencia y de inseguridad que se extiende en todo el país, responde sobre todo al anhelo común de imaginar un futuro posible, compartido, más habitable e incluyente y construir las condiciones para llegar a él. Es una semilla que, lejos de ser opositora o polarizante, lejos de avivar los discursos ensordecedores que nos alejan, busca vincular, reencontrarnos, mirarnos a los ojos y reconocer la necesidad inmensa que tenemos de sumarnos a la construcción de la paz. Porque de eso se trata la paz. De sumar, de tejer como artesanos hilos delgados que en solitario no resistirían los retos que tenemos delante.
El Diálogo Nacional por la Paz inició con la convocatoria a los conversatorios. En un primer momento, desde las iglesias se crearon espacios para acercarnos, dialogar, tender puentes, entender y entendernos a través de la palabra. Cientos de conversatorios en todo el país nos permitieron vernos y reconocer nuestro dolor en la mirada ajena.
Los conversatorios, como las semillas, crecieron, dando paso a los foros estatales, abiertos y plurales. Albergados en universidades y espacios públicos, promovidos por organizaciones de la sociedad civil, empresas, jóvenes y académicos los foros han sido, por un lado, espacios de reflexión acerca del diagnóstico de la situación que se vive en los estados; y, por otro, lugares de esperanza en donde se han compartido decenas de buenas prácticas en torno a tres grandes temas: seguridad ciudadana, justicia y tejido social. Esfuerzos locales que llevan años dando fruto en comunidades, escuelas, bibliotecas públicas, barrios; colectivos que buscan articularse, subsistir y crear mejores condiciones de vida dentro y fuera de sus localidades.
Con los foros, la semilla echó raíces. Encontró un suelo nutrido y ahora está dispuesta a salir a la luz, en busca de miradas que le permitan crecer hasta poder vislumbrar un horizonte.
De ahí el Diálogo Nacional por la Paz que tendrá lugar en septiembre en Puebla. Es un diálogo plural, incluyente, abierto a cada voz que pretenda sumar, dispuesto a construir, a articular, a concretar. En él se recuperarán las memorias de cada foro, de cada conversatorio, retomando las voces de quienes participaron en ellos.
El Diálogo, como la paz, no es una meta o un destino, es un punto de partida en el camino hacia la construcción de una agenda de paz y de una red nacional de paz. Una agenda que, a partir de lo que ya se hace y funciona a nivel local, trace rutas viables que nos permitan en lo local y lo nacional, encontrar no solo los qués o los porqués, sino los cómos ante la violencia y la inseguridad. Una agenda que permita no solo imaginar sino construir un futuro deseable y compartido en términos de seguridad y estrategias frente a la violencia. Un futuro que, lejos de atizar el fuego de la polarización y el discurso enajenante o partidista, busque tender puentes y agruparnos en torno a objetivos comunes.
Y una red nacional de paz que articule las iniciativas que ya existen y que motive a las que, como la semilla, están incipientes, esperando encontrar un suelo fértil. Una red nacional que permita reconocer la responsabilidad que, como individuos, tenemos ante la construcción social de la paz; una red nacional que dimensione que el rumbo solo podrá ser corregido con la participación de cada comunidad, de cada mirada, de cada voz. Eso es el diálogo. La apuesta no solo por la palabra compartida, sino por la acción individual y colectiva. Y a eso apunta el Diálogo Nacional por la Paz, a acciones que resignifiquen las tragedias, que reparen la confianza, que nos permitan mirarnos a los ojos y tener la certeza de que estamos trabajando por un México más amable, más vivible, más habitable.
* Ana Paula Hernández Romano (@ensusmarcas) es coordinadora del Diálogo nacional por la Paz.