blogeditor · 11 de febrero de 2013
No tenemos la piel lo suficientemente gruesa para tanta diferencia.
¿Será?
Lo cierto es que andamos enredados en nuestras libertades. Y en los alcances de las mismas. O en la calidad de nuestra ciudadanía. De la civilidad, pues. Y los que corren parecen no ser tiempos para celebrar las diferencias. Así que andamos como mulas ariscas, con el pelambre erizado.
Confieso que no quise entrarle al debate. Los terrenos de la sensibilidad son pantanosos, o jabonosos. Pero me fue interpelando, y se enquistó la duda acerca de las realidades discursivas. ¿Qué se vale decir? ¿Qué no? Y, sobre todo, ¿con qué consecuencias? Nos abrazan las banderas de la libertad de expresión. Hay quienes viven de sobarlas. Hasta que la piedra en el zapato se hace evidente y la ampolla sangra.
No es lo mismo la proclama, que vivirla.
¿Será?
Hace unos días, el analista Leo Zuckermann (@LeoZuckermann) se quejaba: “nuestros impuestos financian actos antisemitas”. Refería a un acto celebrado en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Una señora de nombre Raquel Rodríguez niega el Holocausto y espeta al hilo una cantidad de barbaridades casi de antología vergonzante.
Pura bazofia atrapada en prejuicios de libro de autoayuda. Al analizar el acto, Zuckermann argumenta que más allá de sólo cuestionar las lamentables opiniones de la Sra. Rodríguez, lo que tendríamos que preguntarnos es si una universidad que vive de recursos públicos (como la UACM) debería promover o patrocinar este tipo de actos que “más que académicos son propagandísticos”.
A la provocación de Zuckermann se sucedieron respuestas y comenzó el debate. En un artículo publicado en Animal Político, Ricardo González (@Dr_Rigo_Mortis, Oficial de Protección y Seguridad de ARTICLE 19) argumentó a favor de confrontar antes que censurar, y señaló que una universidad (pública o privada) debe dar cabida a todos los debates, incluidas las voces que niegan el Holocausto. Termina diciendo: “En una democracia las ideas se debaten, no se judicializan. El disenso abre la posibilidad al diálogo. Tratar de censurar el contenido de expresiones rara vez es la solución adecuada”. Carlos Bravo Regidor (@carlosbravoreg), académico del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), le reviró a González con la aclaración de “criticar no equivale a censurar”, y al rato todo se trasladó al Twitter en un ir y venir de argumentaciones sobre un tema complejo y que exige –a final de cuentas– una enorme voluntad de ir más allá de la víscera encendida.
¿Qué se vale decir? ¿Qué no? Y, sobre todo, ¿con qué consecuencias?
Como sea, agradezco a los implicados el debate. Los tres argumentan desde la razón y en la convicción de que un México más plural es posible. Confrontan también posturas de libertarismo radical en materia de libertad de expresión con aquellas que apelan a ciertas sanciones sociales para contenidos inaceptables. O indeseables. O peligrosos porque atizan el odio y la discriminación. Yo diría: o vergonzantes porque evidencian nuestro enraizado desprecio por el otro.
Más allá del episodio en la UACM (que es delicado por lo que rezuma), lo que tendríamos que reconocer es que el México del momento –desde su larga historia y sus intríngulis narrativos–, sigue sin tener claridad sobre qué hacer con la otredad. Ese otro que lo es en serio (por preferencias, origen, religión, orientación y un enredado etcétera) y que se manifiesta en su amenazante desafío.
#YoConfieso que los dichos de la Sra. Rodríguez me parecen menos atendibles de lo que la pluma de Zuckermann y cia. consideraron. Y no por no merecer atención, sino porque soy una convencida de que debemos aprender a convivir incluso con los discursos que nos ofenden. Habiendo dicho esto, tampoco soy una radical libertaria de la expresión, y sí creo que hay límites que nos definen en nuestro vector civilizatorio. Pero mi preocupación es que la prohibición de discursos indeseables o de odio, no eliminan el odio. Sólo lo invisibilizan.
Estoy segura que la Sra. Rodríguez no dejará de articular su perorata negacionista sólo porque (tal vez) ya no le den espacio para hacerlo en las aulas de la UACM. Como estoy segura que quienes cultivan con estúpido fervor el hashtag #TREMENDAPINCHEPUTA, por ejemplo, no dejarán de ser sexistas y misóginos sólo porque alguien decida prohibirlo. Ni quienes gritan un sonoro puuuuuuuuuto al portero del equipo de enfrente repararán en lo discriminatorio del insulto ni aunque alguien lo prohíba a base de manazos exhibidos. Porque lo cierto es que somos una sociedad que discrimina y rechaza al otro (véase, para documentar nuestro “optimismo”, las últimas encuestas sobre discriminación del CONAPRED). Ahora, ¿qué hacemos?
Si sumamos a lo anterior las actuales condiciones comunicativas, pues se nos complica aún más el entuerto. En tiempo real, y a través también de las redes sociales del ciberespacio, nos hemos convertido en máquinas que exhiben, a golpe de teclazo, su irrefrenable irrespeto por lo diferente. Y como además podemos recluirnos en las burbujas de nuestro confort discursivo, pues menos incentivos para, por lo menos, intentar un lazo común: si no me gustas, te dejo de seguir y me encierro en la tranquilidad de los que insultan como yo. La burbujización de nuestra convivencia, o la fragmentación de nuestra vocación comunitaria.Y sí, muchas burbujas juntas hacen una bonita espuma. Pero la espuma sólo sirve para paliar ansiedades, no para unir a los diferentes. Ni para confrontarlos.
Con todo, sigo pensando que es mejor que se exhiban nuestras miserias (las discursivas incluidas), a ocultarlas. A prohibirlas. Prefiero que las declaraciones bárbaras de la Sra. Rodríguez nos obliguen a reconocer que existen, y a buscar cómo contrarrestarlas, más que encaminarnos a guardarlas en el silencioso cajón de nuestra conciencia tranquilizada. Y sí, es hora de que debatamos en serio el discurso de odio y sus alcances; que abordemos los límites de nuestras sensibilidades; que reconozcamos la necesaria protección de nuestras minorías (pero como entes vivos, no como trofeos folclorizantes). Creo que la discusión de si los recursos públicos deben pagar un acto de propaganda en una universidad no es tan importante. O no es el más importante. Más lo es analizar las dimensiones reales del discurso de odio y reconocer que, en ocasiones, el insulto es necesario para exhibirnos desde nuestros espejos más turbios.
No tenemos la piel lo suficientemente gruesa para tanta diferencia. El reto está en aprender a curtirla para abrazar la convivencia.
¿Será?
¿Qué se vale decir? ¿Qué no? Y, sobre todo, ¿con qué consecuencias? Sólo por estas preguntas y más, gracias Zuckermann, González y Bravo Regidor. Me hicieron entrarle al debate.