Darwin, te necesito

blogeditor · 5 de abril de 2022

Darwin, te necesito

La visión creacionista del mundo es una distorsión morbosa del ambiente natural, una impostura dogmática que busca suplantar el ambiente natural por un ambiente cultural. La naturaleza inventada. La naturaleza se creó a partir de la voluntad de un poder superior. Es un proyecto cultural que mezcla en un caldero hirviente a la idiosincrasia colectiva y el poder político. Por qué el creacionismo busca siempre imponerse como la idea hegemónica en la vida pública del colectivo. Es un totalitarismo banal, más ampliamente, pretende ser una trivialización institucional del conocimiento. La historia del pensamiento creacionista es antigua, está omnipresente en todos los mitos fundacionales y cosmogonías de las culturas humanas, es anterior al pensamiento científico, anterior al conocimiento fáctico del mundo natural, anterior al método científico, anterior a la phýsis (naturaleza), esa dimensión física descrita preliminarmente por los griegos.

Actualmente, el creacionismo como dogma debate contra la ciencia, niega la ciencia, prohíbe la ciencia, ridiculiza o cancela el método científico. Pero el creacionismo de nuestros tiempos, contradictorio y falaz, pretende ser una ciencia, lo que es un oxímoron. En la cultura occidental, la tradición judeocristiana institucionalizó el pensamiento creacionista siguiendo un discurso medieval que inspiró a algunos de los mejores campeones naturalistas, como el santurrón Linnæus, el tierno Lamarck, el romántico Cuvier, el colérico Lord Kelvin,  y el racista Agassiz, todos excelentes y celosos padres de la Taxonomía Biológica, la Biología Evolutiva,  y el Naturalismo Mecanicista. El Humanismo bíblico. La Teología natural. La naturaleza catastrófica y antediluviana.

El pensamiento creacionista actual no se reduce a la antigua tradición de la religión institucionalizada, no es mera obsesión de sacristía: alegría contenida de sacerdotes o pastores o feligreses inspirados. Científicos profesionales, más bien tecnólogos sublimados, remisos de la academia, misioneros y activistas han fundado instituciones creacionistas seculares, como el Discovery Institute, un monolito americano fundado en la segunda mitad del siglo XX, que financia una agenda creacionista evangélica, provinciana, y clasista.  El científico creacionista (una incompatibilidad epistemológica) alienta el debate contra el pensamiento científico, son alegres esperpentos cuya misión es promover la tontería y el linchamiento de la ciencia evolutiva. Su golem es el “Diseño Inteligente”, una ideología negacionista que se define como una teoría científica, un oxímoron: una teoría científica anticientífica.

El “Diseño Inteligente” no es más que una suerte de refrito ramplón de la teología natural anglicana que define el canon de la naturaleza entre el siglo XVII y XVIII, una versión clerical del cosmos que predica el Diseño Creativo de John Ray y más tardíamente la Analogía del Relojero de William Paley. El pastor naturalista John Ray señala que la asombrosa adaptación de plantas y animales a su ambiente es solo evidencia de la sabiduría del Creador, un diseño creativo. Así, para el teólogo William Paley, la natura no es más que un mecanismo complejo y repetitivo, que semeja a un reloj, una máquina perpetúa que sugiere un diseñador: el Relojero. Pero estas analogías a su vez están basadas en las especulaciones metafísicas del Demiurgo (el Arquitecto) de Platón, que es aquél que crea la phýsis; más el esencialismo locuaz de la Ecología Providencial y la Scala Naturae de Aristóteles, que postula una nomenclatura y una estructura jerárquica de la naturaleza: arriba está el varón y abajo la mujer y el mono y las quimeras y todo lo demás. La naturaleza no da saltos. Natura ex Machina. La diversidad en la naturaleza es fija y repetitiva. La naturaleza no cambia. El Creador de la naturaleza es el Diseñador es el Arquitecto es el Relojero es el Hombre. Un galimatías negacionista. El Humanismo colosal.

El creacionismo contemporáneo simula ser una ciencia alternativa posmoderna. Imita también el formato de artículo científico, publica trabajos sesudos en revistas de su propio circuito, donde presenta su visión estereotipada de la naturaleza, charlatanería y  propaganda siempre van juntas. Nunca una revista científica legítima, que presenta trabajos de revisión por pares, ha publicado un artículo creacionista, excepto una vez. El Journal of the Biological Society of Washington, de rancia alcurnia, establecido desde 1882, publicó en su número de agosto de 2005 un artículo de la “Explosión cámbrica” firmado por Stephen Meyer, un creacionista contumaz. La Explosión del Cámbrico es la segunda radiación animal que hace unos 540 millones de años dio origen a la mayoría de las formas animales actuales, incluyendo el linaje de los vertebrados. Un hito de la disparidad biológica y la macroevolución. Una excepción al gradualismo evolutivo darwiniano. Pero para Meyer, el “Diseño inteligente” explica perfectamente la “Explosión cámbrica” por la premisa falsa del creacionismo. La revisión por pares rechazó el manuscrito. A pesar del dictamen, se publicó en el Journal por instancias del editor Richard Sternberg, un creacionista de closet, que violó la política de revisión por pares al invalidar el dictamen de los revisores. Hubo protestas del comité editorial, que incluyó a la comunidad científica del Instituto Smithsoniano, base de la Sociedad Biológica de Washington. Finalmente, se repudió el artículo, y el travieso Sternberg dejó de ser editor de la revista.

El científico profesional activo tiene pensamientos creacionistas sobre el mundo natural. ¿Cuántos científicos son? ¿Son muchos o pocos? ¿Dónde están? No se sabe. Para algunos científicos profesionales su pensamiento creacionista puede ser solo un pecado venial inconfesable, o una cursilería, o un encogerse de hombros ante la incertidumbre del conocimiento del mundo natural, que es la base de su praxis. El científico trabaja con la incertidumbre como aquel que golpea un telón de dura lava humeante que oculta la realidad del mundo natural. Es un obrero babeante con el rostro carbonizado y unos gruesos puños sudorosos. Escudriña el misterio como el que rasca su alergia. El científico profesional nunca confesaría sus pensamientos creacionistas en público, es un revés  que invariablemente deja pasar, sigue adelante.

El creacionismo de nuestros tiempos no está constreñido al lúgubre ambiente de las religiones institucionalizadas o al evangelismo seudointelectual, es también un proyecto cultural demagógico, solapado por las academias, es una posverdad. El creacionismo contemporáneo celebra la sinfonía absurda del terraplanismo, el festival dionisíaco del primitivismo agrícola, el aquelarre maravilloso de la Pachamama, la borrachera cósmica del indigenismo decimonónico, el  eterno carnaval del antivacunas, el espectáculo sublime del  estalinismo ecológico, el bullicio perenne del vegetarianismo rural, el baile perpetuo de la transmutación energética, la mascarada feliz del guadalupanismo genómico, la comparsa sensible del esoterismo cuántico,  y otros tantas celebraciones, dogmas, y  liturgias, como la idolatría al dulce señorón de los elotes en México, cielo e infierno, alma del inframundo, enigma, territorio encarnado, dios de enormes dientes púrpuras.

El creacionismo de nuestros tiempos en nuestro país es casi cómico, pero es trágico.  Al suplantar el ambiente natural por otro ambiente cultural, uno creado a priori, imaginado, fantasioso, se limita la capacidad de conocer el entorno en que se vive, de entender los hechos y procesos del mundo natural.  Y al desconocerlos, al comprenderlos solo parcialmente, al malinterpretarlos, se limita la capacidad de relacionarse razonablemente con ese entorno natural, y se tiende a formar interacciones  irracionales y patológicas. Existe una inclinación deliberada a destruir el entorno natural, el cual se desconoce, se infravalora. Al negar la naturaleza tal como es, considerándola una mera extensión de su imaginación, el creacionista en nuestro país se relaciona mal con la naturaleza. Los recursos naturales se consumen de manera desordenada y eufórica, acomplejado frente al mundo natural por una infancia feroz del pensamiento. En México, nuestra relación con el ambiente natural es generalmente abusiva y destructiva. Un antropocentrismo mezquino.

El creacionismo religioso disperso en el territorio mexicano parece más tolerante a la ciencia que el creacionismo militante de la demagogia cultural. La ciencia en México es cuestionada, denostada, cancelada, no tanto por su ateísmo distraído o por su escepticismo rutinario o por su agnosticismo biológico o por su positivismo materialista, sino más bien por la imposición de una agenda política creacionista que de manera programática cancela la ciencia y ensalza el pensamiento mágico en el mundo natural. El creacionismo es un proyecto vigente de la demagogia cultural. Tradicionalistas pantagruélicos y verborreicos que suplantan el ambiente natural por un ambiente cultural, artificial, fijo, a priori, acomodaticio, la naturaleza inventada, una posverdad, una mentira emocional, un narcisismo sensible, una clase de esoterismo doctrinario y delirante. Su dogma: El Creador de la naturaleza es el Diseñador es el Arquitecto es el Relojero es el Hombre es el Maíz es el Espagueti Volador. Un galimatías negacionista. Antropocentrismo virreinal. El Humanismo cursi.

* Francisco Riquelme es Profesor Investigador, UAEM.