Joel Aguirre · 3 de septiembre de 2026
El envejecimiento no tiene fecha de arranque que alguien pueda recordar: corre sin interrupción desde que la primera célula se divide y queda apenas un poco más desgastada que la anterior. Cuatro siglos antes de que existiera la biología celular, Montaigne ya lo había intuido: “Quien enseñara a los hombres a morir, les enseñaría a vivir,” escribió en sus Ensayos, entendiendo que vivir y envejecer jamás fueron dos etapas separadas, sino un mismo proceso mirado desde ángulos distintos.
Lo único que sí tiene fecha es el momento en que ese trabajo silencioso sale a la superficie: una fotografía antigua junto al espejo, una rodilla que avisa antes de que llueva, una lista de medicamentos que creció sin pedirle permiso a nadie. Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿qué es, en rigor, lo que ha estado ocurriendo desde siempre?
Dos distinciones, construidas por caminos separados, buscan responder, y conviene mirarlas una a una antes de cruzarlas.
El psiquiatra Ewald Busse propuso, en 1969, dividir el envejecimiento en dos categorías. Todo cuerpo humano, por el simple hecho de vivir lo suficiente, atraviesa el envejecimiento primario: la piel pierde elasticidad, el cristalino se opaca, la masa muscular tiende a disminuir, y eso le ocurre a cualquiera, con buena o mala genética, lo mismo en Roma que en la sierra de Oaxaca.
A eso se le suma el envejecimiento secundario: la diabetes nunca controlada, dos décadas sin moverse, un entorno que desgasta más rápido de lo que el cuerpo logra reparar. Esta distinción no es un ejercicio académico, es una herramienta práctica. Lo primario traza un piso biológico innegociable (hasta ahora); lo secundario, en cambio, es casi enteramente terreno de intervención.
Esta segunda distinción tiene raíces más antiguas y despierta mayor controversia científica. Desde comienzos del siglo XX, los estudiosos del envejecimiento se dividen en dos bandos: para unos, envejecer responde a un programa; para otros, no es más que la acumulación de heridas. Tal y como los calvinistas defendían la predestinación (programa) frente a los arminianos, que defendían el libre albedrío moldeado por las obras (daño acumulado).
Según las teorías programadas, el organismo lleva instalado un reloj dirigente del declive con la misma disciplina con que dirigió el crecimiento: el sistema endocrino recorta hormonas en secuencias predecibles, el sistema inmune se debilita, y las células detienen su división al alcanzar el límite que Leonard Hayflick describió en 1961. Envejecer, desde esta óptica, no es una falla, es una orden que el organismo cumple.
Las teorías del daño acumulado dan vuelta el argumento: no existe libreto alguno, solo desgaste. Denham Harman propuso, en 1956, la formulación más influyente: los radicales libres, un subproducto metabólico, deterioran proteínas, membranas y ADN hasta que la célula deja de reparar al mismo ritmo en que se rompe. Se le sumaron ideas del mismo linaje: el entrecruzamiento de proteínas que endurece los tejidos, las mutaciones somáticas que nadie corrige, y el desgaste llano de un cuerpo que lleva décadas activo.

Ninguna teoría terminó por imponerse sobre la otra, y la senescencia celular es la prueba. Al llegar el daño en el ADN, la célula no colapsa sin más, ejecuta un programa genético que la frena. El accidente dispara el plan, y ese plan, si permanece activo demasiado tiempo, genera a su vez más daño alrededor. La ciencia sigue sin poder repartir, con precisión, cuánto le corresponde a cada mecanismo en cada año vivido.
Aquí es donde la biología, por precisa que sea, todavía no termina de resolver algo. Explicarle a alguien que su rodilla duele porque el cartílago perdió colágeno tipo II es, sin duda, cierto. Lo que esa verdad no explica es por qué esa misma rodilla envejece con dignidad en un cuerpo con hijos que la visitan y sin dinero para el médico, mientras otra, en un consultorio privado con todos los recursos y ninguna compañía, envejece con amargura.
En un trabajo reciente con el Dr. Suresh Rattan defendí que la salud, en esta etapa de la vida, no debería medirse solo contra un óptimo biológico (in)alcanzable, sino contra lo que cada persona, según sus propias circunstancias, puede considerar razonablemente suficiente. Aquí ocurre lo mismo: el mecanismo del envejecimiento primario es idéntico en todos, pero el terreno donde se despliega es profundamente desigual. Envejecer no se agota en que el cuerpo acumule daño o ejecute un programa. Es, sobre todo, la forma en que toda una vida de decisiones, vínculos, pérdidas y responsabilidades se deposita en ese mismo cuerpo, dándole un significado que ninguna teoría celular ha conseguido capturar.
Envejecer merece otra mirada: no como una pérdida que se gestiona, sino como el privilegio que efectivamente es, uno que la mayor parte de la humanidad, a lo largo de la historia, jamás alcanzó a ejercer. Ahí están los datos, contundentes: un estudio de Yale halló que una percepción positiva del propio envejecimiento suma, en promedio, 7.5 años de vida, más de lo que aportan la presión arterial baja o el colesterol controlado, y más de lo que suman no fumar, hacer ejercicio o cuidar el peso.
Esos estereotipos no se originan en la vejez, sino mucho antes: niños de apenas tres años ya describen a una persona mayor como indefensa y triste. El envejecimiento empieza entonces a parecer, más que un asunto geriátrico, uno pediátrico.
Quizá por eso nadie recuerda el día en que empezó a envejecer: nunca existió tal día, de la misma forma en que tampoco existe una fecha fija en la que alguien decide quererse a sí mismo. Si los estereotipos sobre la vejez germinan en la infancia, ahí mismo debería sembrarse su remedio. Envejecer bien no es una meta reservada para el final, es una actitud que se entrena desde el principio, con la misma paciencia con la que el cuerpo, sin pedir permiso, entrena la suya.♦