Dale chichi cougar woman…

blogeditor · 11 de abril de 2011

Dale chichi cougar woman…

(conversaciones con mi Psicólogo #547)

Doctor, he pecado. Yo sé que a usted poco le pueden interesar mis errores metafísicos desde el punto de vista espiritual, pero lo que me acontece en el panorama es realmente preocupante. Es antireligioso y amoral, casi ilegal.

Una persona puede violar cada uno de los pecados capitales sin perturbar a la justicia. Podemos comer en exceso, ver pornografía, dormir hasta las doce del día. Con dos mandamientos es distinto, mientras que los ocho restantes son indiferentes a jueces y federales: a ellos no les importa si alguien es ateo o no va a la Iglesia. ¿Pero qué hay de robar y matar? Si alguien roba y mata, se condena tanto en una fría celda como en un sofocante infierno. Y aunque ese alguien escape de la justicia, al morir enfrentará El Juicio y un Castigo.

No ponga esa cara, doctor, solo divagaba, tratando de encontrar el punto de encuentro entre autoridades eclesiásticas y federales.

Bueno, desde hace tiempo he notado que me gustan los chicos. Podrá decir que es normal, puesto que soy una chica… pero, cómo le explico. Me gustan los chicos… pequeños. ¡No, no llame a la policía! ¡No imagine abominaciones! Tengo más de 30 años, pero he notado que chicos de 18 no me son indiferentes. Entiéndame que no es por elección ¡En algunos casos ellos me provocan! Bueno, está bien, accederé a su petición de dejar de excusarme para detallarle los cuerpos del delito.

Al principio fue solo un muchacho un poco musculoso, pero muy seguro de sí mismo. Guapo, claro. Tendría unos 18 años. Estaba tan convencido de su galanura que no dudaba en desplazar su encanto por doquier. Recuerdo la ternura que sentí de ese chico, bromeando y sonriendo para mí, sabiéndose irresistible. Y al final lo fue. ¡Suelte ese teléfono, sí sí, seguro ya tenía 18 años! Nuestro idilio, por supuesto, no se consumó en ningún aspecto, ya que no cesaban las voces: Es casi-ilegal, es amoral, es casi-ilegal, es amoral, es casi-ilegal.

No podría vivir si me aprovechara de un inocente chiquillo de 18 años del Distrito Federal. Sí, doctor, estoy bromeando. Pero de todas formas no podría hacer nada con un chico de esa edad, sencillamente porque lo que quieren es lo que creen que quieren, más no lo quieren: es pura presión social. No están seguros, son vulnerables. Y luego vienen los traumas para ellos y el karma para mí.

El muchacho desapareció. Pero llegaron más. Tenían las mismas cosas en común: piel clara, no muy morenos, delgados y hasta atléticos, con caras ingenuas o perversas (como el primero), los dos extremos.

Pero, sí, fue gradual. Cuando el primero me dejó de frecuentar llegó otro, como si siempre tuviera que existir uno de estos perturbadores faunos.

Un día le llamé la atención debido a su comportamiento. Él colocó sus ojos color avellana sobre mí, sonrió y me pidió disculpas. Le juro que hubiera preferido no decirle nada, pues a partir de entonces cuando se llega a cruzar por mi camino dedica un poco de tiempo a hablar conmigo y hacer bromas. Entonces no me quedaba otro remedio que reír bobamente y la ingenua era yo, porque creía dentro de los límites normales que ese muchacho de 18 años (espero no menos) fuera amistoso. Sin embargo una noche, en la calle, lo encontré. O más bien dicho, él me encontró a mí. Sonreía tan pícaramente. Me saludó, me recordó el frío penetrante del infierno… es decir… el frío que hacía fuera y siguió su camino. Me quedé de piedra, abstraída. El taxi que esperaba pasó de largo.

Entonces estuve segura que su acercamiento no era normal, que él lo sabía y lo peor y más torturante: le gustaba la situación.

Perdone, me quedé viendo al vacío un rato, recordando. Aunque en realidad esto le conviene a usted: menos que analizar, el tiempo corre y de todas formas cobra. Es una profesión interesante la del psicoanalista, ¿no lo cree usted?

Pensaba que en esa ocasión también me di cuenta que me agradaban (quizá con exceso) algunos otros muchachos menores que yo. Pero debe usted saber que yo los trato con normalidad hasta que alguno intenta… no sé qué intentan hacer, francamente. Sonreír mucho, tratar de hacerme reír, hablar un rato. Empecé a cuestionarme por qué no podía encontrar chicos de mi edad, o un poco mayores, con estas características.

Llegué a evitar a los chicos adolescentes por miedo a notar que alguno me gustara. Pasó una semana, hasta que una noche le resté importancia al asunto para poder dormir. Es casi-ilegal, es amoral, es casi-ilegal, es amoral, es casi-ilegal.

Llegué a la conclusión de que a los adolescentes guapos les gusta hacer ese tipo de cosas con cualquier fémina de cualquier edad, que son juegos, etcétera. Estuve tranquila dos semanas enteras, hasta que el segundo chico, el pícaro, se empeñó en acompañarme gran parte del trayecto a mi casa: aquello estaba saliéndose de control y del área de trabajo, donde estos juegos debían quedarse. Me inventé un novio celosísimo para evitar que esto volviera a ocurrir, pero resultó peor: empezó a preguntarme qué tan celoso era y si se pondría celoso por esto o aquello.

Lo trágico es que todo ese asunto no era incómodo para mí, al contrario, pero las voces no me dejaban tranquila. Es casi-ilegal, es amoral, es casi-ilegal, es amoral, es casi-ilegal. Definitivamente no podía considerar el establecer una relación más que amistosa con aquél chico. Comienzo a preguntarme si ayudaría darle un susto, como pedirle que formalizáramos, preguntarle cuándo va a conocer a mi madre… Manosearlo o besarlo, no, que eso empeoraría las cosas totalmente.

Tal vez es una mezcla de ternura con diversión lo que me perturba tanto en este tipo de criaturas.

¿Me voy a curar, doctor?

¿Ficción o realidad?

A pesar de haber centenares de consejos que refieren a tematizar un blog para una apropiada segmentación de contenido y lectores, a mi no me agrada circunscribirme a un sólo eje.

Si bien en este espacio se pueden encontrar temas unificados por la reflexión – la productiva y la improductiva- la caocidad de mi ser, y mi definitivo anclaje se encuentra limitado por la entropía de la información. Si, así es.

Los medios de información son alienantes, persuasivos y, lo peor de todo, es que se creen los paladines de la cultura. Concretamente lo son. Cada día que pasa nos enteramos más atrocidades que se cometen en el mundo. Nos enteramos de más suciedades y estrategias que se planean en las altas esferas y luego van bajando a nuestra consciencia y a nuestro vivir cotidiano. Es claro que el conocimiento popular atañe veracidad a todo lo que aparece en la tele.

Dándole vueltas a estos temas, hoy ya considero que la misma preocupación y estado de angustia por la salud del planeta, por los niños desprotegidos en cualquier esfera, por la corrupción política global, las matanzas, la escasez de agua, los terroristas, la guerra por el petróleo, la trata de blancas y todo lo que se te venga a la cabeza, es parte de una apatía mayor y una indiferencia “noble”. Cuando algo crece demasiado hay dos caminos, o se revoluciona o se aliena. Como toda la basura se alienó en nuestras consciencias sólo nos queda encontrar nuevos temas para el espectáculo que siempre necesitamos vivir. Hoy podemos ver una matanza en el norte de nuestro país o leer un devastador informe de trata de blancas y apenas si nos conmueve.

Ya está más que dicho que la realidad supera la ficción… allí está la clave para que los constantes desastres producidos y elucubrados por nuestros pares no sean otros que una peliculita que ya nos acostumbramos a ver.

Espero que no sientas estas palabras como negativas, sino más bien que puedas palparlas como trailers hacia un nuevo género informativo.

¿Te diste cuenta que no dije nada?