La cultura como magia. Avatares de la reducción de la violencia

Redacción Animal Político · 18 de mayo de 2024

La cultura como magia. Avatares de la reducción de la violencia

Aprender a tocar la guitarra es aprender a tocar la guitarra. Podría ser algo más y seguramente tampoco es menos, pero la cultura no hace magia. El comentario es necesario por más que parezca simplón, en una época en la que se espera que los espacios culturales cumplan con otras labores ciertamente encomiables, pero que la mayoría de las veces los rebasan, como la reducción de la violencia o la consolidación de la cultura de la paz. Lo cierto es que ninguno de esos componentes educativos extra emana fácil o directamente de la aparición de un nuevo encuadre artístico o cultural. No se materializan ni son efectos automáticos de contar con un buen docente, del equipo y la infraestructura adecuados e incluso de un conjunto de estudiantes con buena disposición.

Una suerte de lugar común de la educación social contemporánea estipula que esa clase de espacios movilicen algunas demandas de la agenda democrática, de formación ciudadana o de construcción de comunidad. Por supuesto, ninguno de esos puntos está libre de debate, ¿qué clase de democracia queremos construir? ¿Cómo concebimos a sus ciudadanos? ¿Qué entendemos por participar? ¿Qué entendemos por ser y hacer comunidad? Después de alcanzar algún acuerdo, provisorio como todo buen acuerdo que se precie de serlo, está el problema de saber hasta qué punto los docentes participan del mismo. Luego otro gran misterio, saber cómo se traduce esa agenda a un nivel práctico y discursivo dentro de un espacio educativo que puede o no ofertar de manera directa esos contenidos; y más tarde la locura, caer en la cuenta de que los participantes muchas veces pueden no querer todo lo que afanosamente les damos. Escenario más común de lo que estamos dispuestos a admitir.

Aprender baile de salón es aprender baile de salón. Podría ser algo más y seguramente tampoco es menos, pero la cultura no hace magia. En lo que toca a la reducción de la violencia hay que romper con algunos supuestos que ya rayan en el etnocentrismo. Por ejemplo, la idea francamente colonial de que la alta cultura y la violencia son mutuamente excluyentes; que ahí donde florece una, la otra no tiene cabida. Esa evocación francamente anacrónica de los imaginarios de civilización vs. barbarie pasa por alto la historia de nuestro país y sus bellas artes en general. Aunque esta ciudad ha sido muchas veces un balcón seguro desde el que observar el zafarrancho, es violenta e insegura como las más; y al mismo tiempo, es una de las capitales culturales del mundo. Como me gusta decir a mis estudiantes: en la realidad social todo está revuelto.

Por otra parte, este tipo de política cultural llama a rebasar la condescendencia en por lo menos dos sentidos. En el cultural y artístico al desechar el supuesto de que nadie crea, aprende o enseña arte en los lugares típicamente estigmatizados de la ciudad. Obviamente, contar con espacios dignos para que lo hagan y con el reconocimiento de su labor puede (y quizá ya es un avance). En lo que toca a la reducción de la violencia, al abandonar la idea de que las personas sólo padecen o reproducen las prácticas violentas de su entorno. Aquí y allá hay siempre gente que resiste, pero también que apuesta por subvertir ese orden. Una vez más, son el reconocimiento y la posibilidad de dotarlos de recursos materiales y simbólicos, lo que puede ayudar a que esas apuestas devengan proyectos para afrontar las problemáticas locales con la perspectiva más adecuada.

En realidad, es todavía un enigma para nosotros cómo, esta clase de proyectos culturales pueden captar y sostener de manera duradera a los agentes que quieren dislocar de la violencia (por lo menos en contextos en los que no están como tal en cautiverio). Lo que normalmente hemos visto en las unidades culturales realmente existentes es la predominancia de ciertos sectores de la población, como las usuarias (sobre todo jóvenes o adultas mayores). Una participación que claramente es deseable desde el punto de vista del acceso a la cultura e incluso a la ciudad. Sin embargo, sólo por medio de una extraña contorsión podría adjudicarse al trabajo constante con una población, la pacificación de otra.

Aprender a tomar una buena fotografía es aprender a tomar una buena fotografía. Podría ser algo más y seguramente tampoco es menos, pero la cultura no hace magia. Hay una serie de preguntas importantes a plantear con respecto a los docentes de los espacios culturales y artísticos. Muchas veces invisibilizados de estas conversaciones por la fetichización de la cultura. Una magia que incluso prescinde de su mago. Para ser claros, condenar a un buen segmento del sector artístico y cultural a un estatus de becario eterno o al permanente devenir maquinaria de proselitismo político, llama a pensar en cuál es la representación que tenemos quienes viven de ejercer y enseñar arte, por lo menos a nivel de calle.

Por extensión de esas críticas se puede pensar también en cuál es la estrategia más adecuada para romper con la limitada idea de las unidades culturales como espacios de contención. Si queremos o esperamos algo más de los jóvenes que se insertan en esta clase de espacios, debería producirse un andamiaje institucional que permita que una persona pueda desplazarse efectivamente de un punto x a uno y, con efectos reales en su trayectoria personal. Es decir, de una clase de pintura en su colonia, a una escuela de bellas artes, para más tarde ser un profesional en la materia, ya sea un creador o un docente. Este punto despliega un espejeo entre docentes y participantes, una posible identificación acerca de lo que es posible esperar del arte como un proyecto personal. Pese a ello, parece que la expectativa todavía es que las chicas y chicos practiquen arte y cultura en lugar de meterse en problemas, pasar simplemente el rato para después regresar a lo de siempre.

Aprender a pintar murales es aprender a pintar murales. Podría ser algo más y seguramente tampoco es menos, pero la cultura no hace magia o no la hace así. La aclaración no está de más cuando se atisba la inminente pilarización de la cultura.

* Jovani J. Rivera es Doctor en Ciencias Políticas y Sociales con campo disciplinario en Sociología por el Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Es profesor del Sistema de Universidad Abierta y Educación a Distancia de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Desde 2017 ha prestado sus servicios como etnógrafo especializado en lugares difíciles al Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México. (@SViolenciayPaz)