Cultura de la imagen

Redacción Animal Político · 3 de julio de 2024

Cultura de la imagen

Una de las mayores revoluciones del siglo XX fue, sin duda, el surgimiento del cine que permitió expresar con imágenes lo que antes sólo eran palabras escritas. Esto dio paso a la cultura de la imagen que prevalece hoy en día.

La imagen tiene el poder de cautivarnos desde el principio, pues apela directamente a la emoción dejando a la razón en un segundo plano. De esta manera, la imagen permite la identificación inmediata del espectador y hasta la imitación de conductas o modos de ser.

Desde la pantalla grande hasta las tabletas, teléfonos móviles, computadoras portátiles, pantallas de televisión, etcétera, las imágenes -hoy- tienen primacía por encima de los mensajes o escritos que usan palabras para expresar una idea. Un ejemplo de lo anterior se encuentra en las películas de Charles Chaplin. El llamado cine mudo despierta lo mismo una lágrima que una carcajada o ambas sin la necesidad ni la mediación de la palabra. Otro ejemplo es la aclamada película La strada, de Federico Fellini, que con muy poco diálogo hace que el autor sienta compasión inmediata por Gelsomina y que odie a Zampano. Sólo con las escenas, sólo con los gestos de los personajes, sólo con eso, el espectador se siente parte de la trama.

En nuestro tiempo, el poder de las imágenes se advierte con facilidad en las redes sociales. Los muros de Facebook ya no tienen el impacto de los contenidos de Tik Tok, a menos que, en lugar de compartir ideas o textos, compartan imágenes de paisajes, monumentos o cualquier otra que apele más a la emoción y que logre que, quienes las ven, den un like o lo compartan en sus respectivos muros. Poco o nada importa la descripción o el sentir que acompañe la imagen, sólo ésta logra conectar y empatizar. Por lo que las redes sociales pueden ser un espacio creativo y comunitario sano, o bien uno incendiario que, ante la menor provocación percibida, haga que se enciendan las emociones y se “linche” al enemigo (sugiero “al otro”).

En cualquier caso, un contenido que muestra imágenes en alguna red social siempre tendrá más likes y seguidores que uno que carece de ellas.

Un ejemplo más lo vemos en las figuras políticas. Hoy convence más una imagen fresca, juvenil, incluso un tanto rebelde, que una clásica y acartonada. El discurso, las ideas y propuestas de cambio no importan; menos aún la preparación, la trayectoria y la experiencia. Lo que atrae es la vitalidad, la espontaneidad, la capacidad para reinventar al país y reinventarse saliéndose del molde que sólo genera repulsión. Un candidato sin corbata y con tenis genera más atracción que uno con traje y zapatos lustrados, aunque el segundo tenga mejores propuestas y más solidez en su plan de trabajo. El primero conecta, el segundo aleja, el primero divierte, el segundo aburre.

Vivimos en una cultura de la imagen donde lo visual es lo más inmediato y ha ido desplazando al raciocinio. La palabra escrita exige entenderla, lleva detrás un contenido que requiere la ardua tarea de pensar. Es, entonces, como si el tiempo actual pidiera más forma que fondo y se empeñara en enviar al exilio el mundo de la narrativa y la expresión oral y escrita para sustituirla por emojis. Nos hemos ido olvidando de la palabra como expresión humana y la hemos enterrado para dar paso a la imagen que puede conectar de inmediato, pero también que es altamente ambigua.

La imagen no es clara ni unívoca, no expresa sólo una idea, sino que puede expresar muchas y, por eso mismo, invita a la pluralidad de interpretaciones que a menudo provocan malentendidos, discrepancias innecesarias, quiebres familiares o hasta imitaciones erróneas de la verdad.

El poder de la imagen radica en que conecta con contenidos de nuestra psique o experiencias previas que son singulares y, por ende, abiertas a múltiples significados demostrando percepciones varias que, lejos de generar puentes de diálogo, polarizan emociones y llevan a la confrontación o, en situaciones extremas, a discursos de odio.

Ante esto, también existe la posibilidad de aprovechar el impacto de las imágenes para mostrar contenidos apegados a la realidad y a los hechos objetivos, que inviten a vivir sanamente o a buscar condiciones de paz y justicia, entre otros.

De esto se deduce que las imágenes se complementan con las palabras y que nuestra comunicación no puede sólo usar las primeras o las segundas, sino que necesita ambas.

Recuperar la palabra, su importancia para nombrar y comunicar, su trascendencia en la cultura humana y su capacidad para generar nuevas posibilidades es una tarea que no podemos olvidar. La comunicación humana necesita tanto de las palabras como de las imágenes y, cada una, en su singularidad y potencia simbólica, enriquece el entendimiento humano y las relaciones sociales que derivan de éste.

No olvidemos que somos seres comunicativos. Simbólicos como afirmaba Ernst Cassirer y narrativos como pensaba Walter Benjamin. Necesitamos tanto de las imágenes como de la palabra para comunicarnos, prescindir de alguna de ellas sería negar lo más rico y fundamental que tenemos: nuestra natural sociabilidad que se expresa en el diálogo, pero también en nuestros gestos.

* María Elizabeth de los Ríos Uriarte es profesora e investigadora del Instituto de Humanismo en Ciencias de la Salud, de la Facultad de Bioética de la Universidad Anáhuac, México. Es licenciada y doctora en Filosofía por la Universidad Iberoamericana y maestra en Bioética por la Universidad Anáhuac. Es Research scholar de la Cátedra Unesco en Bioética y Derechos Humanos.

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