Joel Aguirre · 1 de septiembre de 2026
Por Paulina Urbieta*
Cuando en redes sociales se habla de juventud, la imagen es siempre la misma: conciertos, campus, aventuras. Esa representación no es inocente: excluye deliberadamente a quienes maternan en la precariedad, cuidan a la abuela que las crió mientras sus padres migraban o sortean un espacio público hostil a sus cuerpos con discapacidad.
La representación estereotípica y hegemónica de “la juventud” (en singular) es el resultado de una construcción arraigada en las expectativas que las personas adultas tienen de ella: una etapa de transición al ser adulto. Esta es mayormente masculina, hetero-cis, dependiente económica de sus padres, sin discapacidad y universitaria. De ahí que temas como el embarazo adolescente, los cuidados y la violencia sexual ocupen un lugar periférico en la construcción de la agenda de juventudes.
Cuando la institucionalidad no puede reconocer esa diversidad, estamos frente a una violencia simbólica que busca controlar cuerpos y proyectos de vida.
Las políticas antifecundativas prefieren ignorar que la juventud es el pico reproductivo biológico de los seres humanos. No existe contradicción biológica alguna en ejercer el deseo y la sexualidad a los veinte. Tratar la capacidad reproductiva de las juventudes como un mal a neutralizar es una decisión adultocentrista.
El embarazo temprano es una realidad que agudiza las condiciones de vulnerabilidad para las mujeres y personas gestantes jóvenes. En este escenario, son ellas quienes asumen el rol de cuidadoras principales de la población infantil, esta división del trabajo se encuentra estrechamente relacionada con su capacidad reproductiva.
Pero esto no agota la relación entre juventud y cuidados: muchas jóvenes cuidan sin ser madres, y todas, independientemente de ese rol, son también población que requiere ser cuidada, no controlada.
El control sobre las juventudes trasciende sus cuerpos y también encarna sus proyectos de vida y expectativas laborales y económicas frente a un sistema en colapso. La seguridad social está condicionada al empleo formal, lo que deja a millones de jóvenes sin acceso a servicios de salud. Consecuentemente son mujeres jóvenes quienes no pueden costear cuidados privados y aceptan condiciones laborales más precarias para conciliar. El círculo se cierra solo.
En México la seguridad social está condicionada por el empleo formal, no obstante, más del 50 % de la población económicamente activa forma parte del sector informal y esta realidad se agudiza cuando se intersecciona con la juventud.
Asimismo, los servicios de cuidado infantil proporcionados por el Estado también dependen del trabajo formal, y este representa solo una arista de la dependencia; el inminente envejecimiento de la población proyecta escenarios donde la necesidad de cuidados aumentará drásticamente, delegando esta responsabilidad de manera mayoritaria en las mujeres, incluidas a las más jóvenes.
Llamar a esto “generación de cristal” es la inversión cínica de una realidad, no son las jóvenes las que son frágiles; es el sistema de bienestar el que está cristaleado.
Las transferencias monetarias directas no son políticas de cuidados: son programas asistencialistas que profundizan la feminización y familiarización del trabajo de cuidados. El reto es construir sistemas integrales de cuidados con perspectiva interseccional, pertinencia territorial y participación real de las juventudes en su diseño.
Asimismo, los gobiernos locales se han limitado al reconocimiento del derecho a cuidar, ser cuidado y el autocuidado, dejando de lado la perspectiva de política pública. Esta última permite que diferentes agentes tomen en consideración el contexto local, institucional y social para la creación de políticas públicas de cuidados con pertinencia territorial, cultural y con perspectiva interseccional.
Las instituciones de educación media y superior representan espacios idóneos para problematizar la intersección entre las juventudes y los cuidados. Sin embargo, este debate debe partir del reconocimiento de que no todas las juventudes acceden al ámbito universitario, y de que su relación con los cuidados no se limita a la maternidad o a ser proveedoras.
Medidas aisladas como becas para madres o salas de lactancia, sin un marco integral, no transforman nada y contribuyen a perpetuar la feminización del cuidado, eximiendo a los hombres de la corresponsabilidad.
Efectivamente, la juventud radica en la rebeldía; las personas jóvenes tienen la posibilidad de generar su propia construcción, lo cual se manifiesta cuando desafían las expectativas de los adultos, reafirmando así lo que son: jóvenes y no adultos.
Incluir las juventudes en la agenda de los cuidados es un gesto político de esa naturaleza, afirma que maternar, cuidar y requerir cuidados son experiencias juveniles legítimas, no excepciones a gestionar.
La participación de las juventudes en la agenda de los cuidados implica reafirmar la existencia de una diversidad de experiencias juveniles, que maternan, cuidan o requieren cuidados. La evidencia señala que la garantía actual de múltiples derechos responde directamente a la articulación del activismo joven, tal es el caso de espacios como REDefine México, la red de activistas jóvenes del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir por los derechos sexuales y reproductivos, un espacio de acción colectiva desde donde seguramente será posible articular incidencia política en la construcción de sistemas y políticas de cuidados que tomen en cuenta las experiencias juveniles en su diversidad.
Así cuando decimos que “la maternidad será deseada y digna o no será”, lo hacemos desde un paradigma de justicia reproductiva, que reconoce y abarca desde el derecho a la educación sexual integral, la interrupción legal del embarazo, hasta el ejercicio libre y digno de la maternidad y el derecho a cuidar y ser cuidadas.
Es evidente que las realidades de las juventudes generan incomodidad en las instituciones, las cuales prefieren perpetuar una visión risible y romantizada de esta etapa. Sin embargo, ejercer el cuidado en la juventud es, en sí mismo, un acto político que desmiente la narrativa que nos pide esperar porque somos el “el futuro”. Al contrario, reafirma que somos nosotras quienes ya estamos sosteniendo el presente.♦
*Paulina Urbieta es activista e integrante de REDefine Guanajuato, la red de activistas por los derechos sexuales y reproductivos del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir.