Ser para la muerte: los cuidados paliativos como acto de amor y autonomía

Herminia Miranda · 16 de julio de 2025

Ser para la muerte: los cuidados paliativos como acto de amor y autonomía

En 1968 Ramón Sampedro, marinero español, quedó tetrapléjico tras un accidente y durante casi tres décadas luchó por su derecho a morir con dignidad. Su caso, llevado al cine en Mar adentro (Alejandro Amenábar, director, 2004), puso en el centro del debate la cuestión de la autodeterminación. ¿Es la vida un derecho o una obligación? ¿Hasta qué punto la sociedad tiene el poder de decidir sobre el sufrimiento ajeno?

Hablar de la muerte sigue siendo un tabú. En muchos países los cuidados paliativos son insuficientes y el acceso a tratamientos para mitigar el dolor es desigual. En México, aunque la Ley General de Salud reconoce los derechos de los pacientes en fase terminal, la realidad es que miles de personas mueren en condiciones indignas, sin acceso a analgésicos adecuados ni acompañamiento médico ni psicológico. Se nos enseña a temer la muerte, pero rara vez se nos educa sobre cómo afrontarla con dignidad.

Es aquí donde la bioética emerge como un campo necesario para repensar el morir. Si bien esta disciplina se ha centrado históricamente en la prolongación de la vida y la preservación del bienestar, hoy enfrenta el desafío de asumir la muerte como parte integral del cuidado. Esto implica no sólo debatir sobre la eutanasia o el suicidio asistido, sino también garantizar que quienes transitan por enfermedades terminales lo hagan con el menor sufrimiento posible y con plena autonomía.

Heidegger como herramienta para la bioética

El pensamiento de Martin Heidegger en El Ser y El Tiempo ofrece una perspectiva profundamente valiosa para la bioética, a pesar de que él mismo no fue filósofo de la medicina ni de la ética aplicada. Su noción del ser-para-la-muerte (Sein-zum-Tode) nos invita a repensar el final de la vida no como un problema técnico o clínico, sino como una dimensión existencial que debe ser habitada con autenticidad y respeto.

Para Heidegger el ser humano no es simplemente un organismo biológico, sino Dasein, un “ser-aquí” que existe proyectándose hacia su propia finitud. La muerte no es sólo un evento biológico que ocurre al final del trayecto vital, sino una posibilidad constante que configura nuestra existencia desde el nacimiento. Morimos muchas veces: en cada pérdida, en cada despedida, en cada renuncia. Esta conciencia latente de nuestra finitud atraviesa todo el existir, moldeando la forma en que habitamos el mundo. Esta reflexión filosófica tiene profundas implicaciones para la bioética contemporánea: cuidar a una persona en su tránsito hacia la muerte no debería reducirse simplemente a la prolongación de su biología, sino a un acompañamiento respetuoso de su experiencia existencial.

En la práctica bioética surgen dilemas concretos sobre la intervención médica: ¿Debe la medicina centrarse exclusivamente en preservar la vida, incluso a costa de la calidad de ésta? ¿Es ético prolongar el sufrimiento cuando no hay posibilidad de curación? ¿Cómo se debe equilibrar el respeto por la autonomía con el principio de no maleficencia cuando los tratamientos resultan fútiles?

La bioética, entendida desde Heidegger, nos invita a reflexionar más allá de la mera prolongación de la vida biológica. Cuidar a alguien en sus últimos momentos no es sólo un acto médico; es un acompañamiento ontológico que implica reconocer al Dasein en su totalidad: su historia, su temporalidad, su derecho a decidir sobre su propio tiempo y su finitud. No se trata de apresurar la muerte, pero tampoco de alargarla sin sentido. Al contrario, se trata de sostener la vida hasta que pueda partir con dignidad, reconociendo que la muerte forma parte intrínseca de la existencia humana. En este sentido, el trabajo de la bioética es garantizar que las personas puedan morir como han vivido: con libertad, autenticidad y respeto por su ser integral.

El cuidado paliativo como ética del acompañamiento

En este contexto, los cuidados paliativos representan una respuesta bioética crucial, ya que buscan aliviar el sufrimiento físico, psicológico y existencial sin recurrir a intervenciones desproporcionadas. Lejos de ser un acto de abandono, son una forma ética de afirmar la dignidad humana hasta el último aliento. Esta perspectiva encuentra respaldo en la filosofía heideggeriana, donde el concepto de cura (Sorge) ofrece una base profunda para comprender el cuidado.

Para Heidegger el cuidado no debe confundirse con la “curación” médica, ya que no se trata sólo de sanar el cuerpo, sino de habitar la existencia del otro. El cuidado implica una preocupación por el ser completo del otro: su historia, su memoria, su vulnerabilidad. No es un acto puntual ni meramente funcional; es una forma de estar-en-el-mundo con el otro, acompañándolo en su proceso existencial.

En la práctica de los cuidados paliativos, esto se traduce en un acompañamiento que va más allá de la gestión de síntomas. No se trata sólo de aliviar el dolor físico, sino de reconocer y respetar la totalidad del ser del paciente. En este tramo final de la vida, la dignidad no reside en la prolongación artificial de la vida, sino en la posibilidad de decidir cómo se atraviesa ese umbral hacia la muerte. Cuidar a alguien en su tránsito hacia la muerte es, por tanto, un acto de amor ontológico, porque implica velar por su derecho a morir de manera libre, en coherencia con la forma en que asumió su existencia.

Heidegger también advierte que la modernidad tiende a generar una forma inauténtica de ser: el individuo se refugia en la cotidianidad para huir de la muerte. En el ámbito médico esta inautenticidad se refleja en la tecnificación excesiva: el enfermo terminal se convierte en un objeto de intervención clínica, un cúmulo de síntomas que son prolongados, sin ser considerado en su totalidad como Dasein, como ser-para-la-muerte. La bioética de los cuidados paliativos, en cambio, se enfrenta a este riesgo al valorar al paciente como un ser completo, cuya autonomía debe ser respetada hasta el último momento, reconociendo que el verdadero cuidado implica acompañar la muerte con la misma dignidad con que se acompañó la vida.

Tiempo, temporalidad y el derecho a decidir

Para Heidegger la temporalidad no es sólo una sucesión lineal, sino la estructura fundamental del ser. El Dasein se proyecta hacia su finitud: la muerte no es un evento aislado, sino una posibilidad constante que configura la existencia.

En el contexto de los cuidados paliativos esta comprensión tiene profundas implicaciones bioéticas. Acompañar a alguien en su proceso de morir no es sólo atender su presente físico, sino también reconocer su historia, sus vínculos y la forma en que desea despedirse. Negar esta dimensión temporal, reduciendo la atención únicamente a lo biológico, despoja al individuo de su propia narrativa existencial.

Así, la bioética debe abogar por una temporalidad digna, en la que el enfermo pueda anticipar su muerte desde la autonomía, decidiendo cómo vivir sus últimos momentos. Este derecho no se limita a morir, sino a habitar la propia muerte con autenticidad, reconociendo la totalidad del ser humano incluso en su último aliento.

Bioética y la crisis de derechos humanos: morir con dignidad

Hoy en día, la falta de acceso a cuidados paliativos representa una crisis de derechos humanos. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, más de 40 millones de personas requieren cuidados paliativos anualmente, pero sólo 14 % los recibe. A pesar de ser esenciales, los opioides para el dolor siguen siendo de difícil acceso en muchos países, lo que agrava esta disparidad.

Este déficit pone de manifiesto una desigualdad bioética estructural, que convierte la muerte digna en un privilegio en vez de un derecho. La bioética debe abogar por el acceso universal a los cuidados paliativos, no sólo como un deber médico, sino como una cuestión fundamental de justicia social.

Esta crisis también refleja cómo la medicalización excesiva del final de la vida ha despojado a la muerte de su dimensión existencial. El paciente se convierte en un objeto de intervención y su vida en un problema técnico; sin embargo, morir con dignidad es tan esencial como vivir con plenitud. No se trata de un acto de abandono, sino de un reconocimiento profundo del ser, donde la autonomía y la calidad de la vida se mantienen hasta el último aliento.

Ser-para-la-muerte es también ser-para-el-amor: la bioética de dejar partir

Ser-para-la-muerte es también ser-para-el-amor: la bioética de dejar partir no se reduce a la intervención médica, sino que implica habitar la finitud con autenticidad. Desde la perspectiva heideggeriana la muerte no es un suceso único ni un desenlace abrupto; es una posibilidad constante que configura nuestra existencia. Morimos muchas veces: en cada pérdida, en cada despedida, en cada renuncia. Por ello, acompañar a alguien en el tránsito hacia la muerte no es un gesto final, sino la continuación de un cuidado que ha sostenido su vulnerabilidad a lo largo del tiempo.

En la bioética contemporánea, la autonomía ha sido defendida como un principio fundamental. Desde Beauchamp y Childress, el derecho a decidir sobre el propio cuerpo y la propia vida ha guiado debates sobre eutanasia y suicidio asistido. Sin embargo, morir no es sólo un acto de autonomía: es también un acto de amor radical. Cuidar a alguien en su fase terminal no es únicamente un gesto clínico; es un acompañamiento ético y afectivo. Implica sostener la libertad del otro incluso en la muerte: permitirle decidir cuándo y cómo partir, sin que su voluntad sea cooptada por normas que priorizan la biología sobre la dignidad.

En este contexto, la muerte y el amor se entrelazan. En palabras de Carlos Gurméndez: “Vivo la muerte como el amor, una presencia que me atormenta; es tan silenciosa y discreta que cuando va llegando al corazón parece que detiene sus pasos y, aunque próxima, espera”. Este fragmento expresa la intimidad radical del morir: no es un evento externo, sino un tránsito que se vive desde el corazón, desde la vulnerabilidad compartida. Amar al otro hasta su último suspiro es aceptar su finitud sin poseerlo; es permitir que sea libre incluso en la despedida.

La bioética, entonces, debe asumir la muerte no como un fracaso médico, sino como parte intrínseca de la existencia. Morir con dignidad no es sólo ejercer un derecho, sino habitar la propia muerte con autenticidad, amparados por un amor que libera. Sólo entonces la medicina dejará de temer la muerte para empezar a acompañarla con humanidad.

* Luan Daniel Toledo Ruiz estudia Filosofía en la UNAM y es pasante de Laboratorista Químico de la Escuela Nacional Preparatoria Plantel 2 Erasmo Castellanos Quinto. Ha impartido conferencias sobre inclusión en universidades de Chiapas y Brasil. Fue consejero de la Comisión Interna para la Igualdad de Género de la Escuela Nacional Preparatoria Plantel 7 Ezequiel A. Chávez. En 2021 fue reconocido en Paraguay por su promoción de lenguas y saberes indígenas.

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Referencias:

Martin Heidegger, El Ser y El Tiempo. Trad. de José Gaos (Fondo de Cultura Económica, 1962), 39-42, 201-220.

Carlos Gurméndez, Estudios sobre el Amor (Anthropos Editorial del Hombre, 1985), 164.