Redacción Animal Político · 23 de abril de 2025
A Ceci, cuidadora de corazón infinito.
Circulan por ahí un par de canciones cuya letra dice: “Mi corazón es delicado, trátalo bien (…) quiero que sientas conmigo la calma cuando llegue la noche, cuidarte el alma”. De acuerdo con el diccionario, cuidar significa poner diligencia, atención y solicitud en la ejecución de algo, asistir, guardar, conservar. Desde una perspectiva bioética, el cuidado señalado por Sara T. Fry se refiere a “mantener la vida asegurando la satisfacción de un conjunto de necesidades indispensables, las cuales son diversas en su manifestación”; a ello se puede añadir el cuidado de la vida hacia el final de la muerte o el cuidar el bien morir.
La enfermería se asocia como la profesión propia del cuidado y la atención. Para atender a una persona, los profesionales de enfermería realizan primero un modelo teórico y después, en acciones muy específicas, la valoración, el diagnóstico, la planeación de cuidados, la ejecución y la evaluación de aspectos nutrimentales, los movimientos, las evacuaciones, la sexualidad, las necesidades familiares, el crecimiento, el desarrollo, el confort, los valores y las creencias. Cada una involucra el respeto hacia la otra persona, por lo que las y los profesionales son, además, promotores de la dignidad de quien recibe los cuidados.
La labor de cuidados que realiza el personal de enfermería en el ámbito clínico comienza desde la identificación del paciente por su nombre, sin considerarlo un número de cama o expediente; también involucra ser sensibles a su entorno familiar para conocer cuál es el rol del enfermo dentro de esa dinámica y las actividades que desempeña, identificando si éstas pudieran ser benéficas para su recuperación o, por el contrario, causantes de su enfermedad.
Intervenciones de enfermería como el cambio de cama, el baño diario, la comida caliente, la administración de medicamentos, la curación de heridas, la colocación y preparación de material médico, el apoyo para la movilidad, la conversación, la toma de signos vitales, la promoción de educación sexual, la orientación al paciente y su familia, y muchas otras más son actividades relacionadas directamente con las decisiones que un paciente toma sobre su tratamiento. Mediante ese ejercicio ejecuta su autonomía y su derecho a ser informado sobre los beneficios y riesgos de éste, lo que constituye el consentimiento informado. Dentro de la atención médica, el personal de enfermería tiene un acercamiento mayor a los pacientes y es capaz de conocer los deseos, miedos, angustias y voluntades de ellos. Por eso, sus cuidados son fundamentales para respetar la autodeterminación y, con ello, la dignidad.
Enfermeras y teóricas del cuidado como Carol Gilligan, Vera Regina Waldow y Milton Mayeroff coinciden en la moralidad existente en las acciones de asistir. Valores como el respeto, la humanidad, el aprecio y la compasión son actos de bondad; realizarlos no sólo genera bienestar a quien los recibe, sino también a quien los ejerce. Entre ambas personas se establece un vínculo de empatía y (re)conocimiento de sí.
Emmanuel Levinas —filósofo lituano quien fuera recluido en un campo de concentración por su origen judío— desarrolló, como eje de su pensamiento, la relación con el Otro, aquel diferente, distinto a mí y cuyo encuentro cara a cara genera un vínculo ético en el que es posible percibir cercanía y afecto. El trato con el otro nos permite encontrarnos, transformarnos y reconocernos a nosotros mismos. El acto de cuidar es el encuentro con el otro, donde proviene “una sabiduría que nace del amor”. Leonardo Boff, filósofo y teólogo de la liberación, se refiere al cuidado como un acto amoroso, de preocupación, apoyo y protección para el otro, de precaución y entendimiento. Destaca la prevención como un lazo de respeto al otro y a uno mismo.
Por otro lado, Kari Martinsen y Vera Regina Waldow absorben el pensamiento de Levinas y entienden el nexo entre el cuidador y quien es cuidado como un binomio en el que se respeta la vida, la libertad y las creencias, para hacer de esa dupla un acto bueno, ético, donde existe cooperación y un ejercicio solidario. Martinsen, quien reflexionó sobre la asistencia, amplió el arte de cuidar más allá del ejercicio de la enfermería para trasladarlo a las acciones de todos los seres humanos: “cuidar a veces, ayudar a menudo, consolar siempre”. 1 Con ella, el cuidado se vuelve entonces una actividad de la sociedad, en la que procurarnos unos a otros es una responsabilidad social. Un ejemplo de ello fue el aislamiento y el uso de cubrebocas durante la pandemia.
Madeleine Leininger respalda esta situación al exponernos la necesidad de cuidados transculturales: aquellos que respetan los valores y creencias de otras sociedades; encontrar factores globales cuyo desarrollo atente contra los cuidados. Como ejemplos consideramos la falta de agua, la extinción de especies, las sequías.
En una realidad donde la escasez de insumos y personal de enfermería arriesgan la labor humanitaria de esta profesión, es inminente reflexionar sobre algunos datos: con información del Inegi, apenas 2.3 enfermeras(os) están disponibles para cada mil habitantes, con una media de trabajo de 41.5 horas semanales. Sin embargo, la cotidianidad señala una jornada de 35 a 48 horas a la semana cuyos efectos resultan en desgaste emocional, físico y mental, el denominado síndrome burnout. Cabe preguntarnos: ¿quién cuida al cuidador? ¿Realmente estamos respetando la dignidad del otro cuando, debido a la falta de personal y recursos, no podemos atender sus necesidades de manera adecuada?
Ahora bien, cuando nuestro modelo de ética y humanismo se abre fuera del ámbito de la enfermería, tal como lo propone Martinsen, y cruza con la esfera de las estadísticas y mediciones, éstas nos arrojan un panorama incómodo, aquello justo que atenta con los cuidados como lo expone Leininger. De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, las mujeres no sólo absorben la carga mayor de los cuidados en un promedio de 22 a 42 horas semanales, sino que su participación en el mercado laboral y la posibilidad de percibir ingresos, se ve mermada al reducirse de 51.8 % a 47.6 %. La brecha profesional y salarial respecto a los hombres se ha ampliado cada vez más desde la pandemia.
De acuerdo con la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados, con información hasta 2022, las mujeres son las cuidadoras principales: en una muestra de 28.3 millones de personas encuestadas, las mujeres representan 40.9 % frente a 14.2 % de hombres. Ellas procuran atención para los diferentes grupos que requieren cuidados, los cuales están divididos en estratos de personas de 0-5 años, de 6-17 años, personas con discapacidad o dependencia y el último grupo conformado por adultos de 60 años y más. Esta participación implica un tiempo promedio de 37.9 horas semanales para las mujeres, mientras para los hombres es de 25.6 horas; es decir, casi una jornada laboral para el sector femenino sin remuneración alguna, pero ciertamente con un mismo síntoma de burnout.
El desgaste en el personal de enfermería tiene consecuencias que pueden ir desde la omisión de una toma correcta de signos vitales, cambio de venoclisis, datos incorrectos del paciente, retrasos en la atención médica, equivocaciones en el tratamiento o maltrato. Desde la perspectiva del cuidador los efectos pueden ser más significativos, incluyendo afectaciones físicas, falta de concentración, alteraciones en las relaciones personales, ausencias laborales debido al desgaste, ingesta de medicamentos no permitidos y en un caso extremo, el suicidio.
A todas estas consecuencias, las implicaciones legales asociadas a la institución sanitaria son un riesgo cuya observación acarrea costos adicionales. El burnout es resultado en buena parte de la carencia de recursos humanos y materiales, así como una sobrecarga en la repartición de las funciones de cuidado.
Al inicio de esta nueva administración, encabezada por primera vez por una mujer, se ha considerado la aportación de recursos al Sistema Nacional de Cuidados para aminorar el desequilibrio en ingresos. Sin embargo, esto implicaría un coste adicional de 1.4 % al PIB que, no obstante, no subsanaría las carencias existentes en el sistema de salud. Desde la economía, los recursos siempre son insuficientes y en el ámbito sanitario cada vez implican mayores costos debido a una serie de fenómenos demográficos. A pesar de ello, estos escenarios pueden ser menos pesimistas si, además de las políticas públicas, se fomenta el autocuidado y la mejora de las condiciones que conducen a la atención médica en una etapa de enfermedad. La prevención siempre es menos onerosa que el tratamiento.
La complejidad de los cuidados para las distintas poblaciones requiere de la participación colectiva, de una mejor distribución de las cargas de atención, así como de dotar de recursos humanos y materiales, no sólo para evitar el desgaste de las personas cuidadoras, también para procurar una atención digna, de respeto y humanismo hacia quienes la necesitan.
El cuidado es promover y proteger la dignidad; es cuidarnos no sólo desde el corazón en los aspectos físico-biológicos, sino desde el interior en nuestras necesidades afectivas, espirituales, familiares; es procurarnos y ser cautos en lo individual (autocuidado), en la relación con el otro y en sociedad.
* Itza Nahomy Fonseca es economista, bioeticista y docente en la Escuela de Enfermería de la Cruz Roja Mexicana. Ha publicado en la revista Medicina y Cine de la Universidad de Salamanca, España. En el suplemento de salud “Letra S”, así como en la revista de Medicina y Cultura de la Facultad de Medicina de la UNAM.
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1 Herdis Alvsvåg. “Kari Martinsen: Filosofía de la asistencia”, en Alligood, Martha Raile. Modelos y teorías en enfermería. Elsevier, 2011: 120-139.