blogeditor · 2 de mayo de 2019
¿Cómo te sientes? ¿Cómo se sienten? La respuesta a estas preguntas es clave para entender lo que vendrá después. Es desde la tripa, desde el corazón, de donde salen las señales que determinarán la mayoría de nuestras acciones y decisiones.
La falsa pretensión de que los humanos somos seres racionales, que solamente actuamos y decidimos con base en hechos y análisis deliberados ha resbalado estrepitosamente no solamente por lo demostrado con los avances científicos de la economía del comportamiento (behavioral economics) como por los tsunamis políticos que recorren el mundo (Brexit, Trump, Bolsonaro, López Obrador, más lo que se acumule esta semana, etc.).
Quien descuide los sentimientos está condenado a perder ya sea en el mercado, en la política, en la religión, en las relaciones personales, en las empresas, en casi cualquier área de la vida social.
La aguda crisis sufrida por el capitalismo occidental y sus elites gobernantes tiene su raíz en el descuido de los sentimientos y emociones de las grandes mayorías. Decir fríamente que en la vida hay ganadores y perdedores olvidó que los que pierden no se quedarán de brazos cruzados y desearán venganza.
El maremoto de frustración y resentimiento está agarrando parejo y corremos el peligro de que no quede títere con cabeza. La desatención e indolencia de estas élites está trayendo consigo severos efectos secundarios. La ciencia, la ley, la verdad, los hechos físicos y económicos son los justos que están pagando por estos pecadores.
En efecto, dar rienda suelta al corazón nos está llevando a perder la cabeza. Estamos siendo testigos, y en ocasiones incluso hasta porristas y trolls, de insanos procesos destructivos encabezados por líderes que han sabido conectar con el hartazgo de los olvidados, ninguneados y maltratados por el sistema. Estos líderes siguen pegados a la ubre del resentimiento de sus bases y hacen poco más que eso, lo que les garantiza un enorme poder político.
En sí mismos, las emociones y los sentimientos no son buenos ni malos, cobran valor con base en la dirección a la que nos lleven: a la destrucción o a la construcción, al enfrentamiento o al encuentro, a la descalificación o al diálogo, a la guerra o la paz.
Es muy comprensible que un cuerpo social herido y enfermo como el cuerpo social mexicano esté tendiendo hacia los sentimientos y las emociones negativas. La catarsis del primero de julio que liberó la presión de una olla exprés a punto de estallar fue indispensable, pero no suficiente para iniciar el camino hacia la recuperación de la salud de la sociedad mexicana.
Es responsabilidad de todos, especialmente de los liderazgos políticos, económicos, sociales, comerciales, religiosos y mediáticos estar muy atentos a los sentimientos de la gente, a sus temores y esperanzas. a sus motivos de frustración, pero también a sus motivos de orgullo.
México está enfermo, lo que se refleja en su muy dañado ánimo y humor social. Lo responsable es dejar de negarlo y tomar medidas para recuperar la armonía perdida.
Quien aspire a construir cosas positivas desde su trinchera, debe evitar a toda costa el etiquetar como “irracionales” a quienes se dejan llevar por sus emociones y sentimientos. La irracionalidad que percibimos en la superficie tiene un origen y una causa que muy probablemente nos ayude a entender mejor lo que debemos modificar de raíz. Esa irracionalidad es hija del olvido, la discriminación, el clasismo, la exclusión, el ninguneo, la indiferencia y a veces hasta del sadismo.
Para sanar y salir del hospital, primero la empatía, luego la empatía y después la empatía. Solo la apertura y comprensión del otro, mediante una escucha profunda nos permitirá retomar el camino de la cordura, el progreso incluyente y la paz.